Hay días en que la muerte en Gaza parece avanzar en silencio, una vida hoy, otra mañana, como si el horror se administrara en dosis pequeñas para no perturbar demasiado la conciencia del mundo. Y hay otros días —como hoy— en que la violencia irrumpe con la fuerza de un tsunami, arrasándolo todo a su paso, recordando brutalmente que el genocidio no solo continúa, sino que nunca se ha detenido.

En las últimas horas, la Franja de Gaza ha vuelto a ser bombardeada con intensidad. Los ataques aéreos se dirigieron contra zonas donde se concentraban civiles desplazados: carpas de refugiados levantadas de forma precaria tras la destrucción de barrios enteros, así como edificios habitados por familias que no tienen otro lugar al que ir. No se trata de instalaciones militares ni de enfrentamientos armados. Se trata de espacios de supervivencia mínima, golpeados pese a estar llenos de población civil.

Las explosiones alcanzaron campamentos improvisados de desplazados y edificios residenciales ya dañados, provocando la muerte de decenas de personas, entre ellas niños y mujeres. Familias enteras fueron sepultadas bajo los escombros o calcinadas dentro de carpas que nunca estuvieron pensadas para resistir un bombardeo. La escena se repite: gritos, cuerpos mutilados, hospitales desbordados o inutilizados, médicos obligados a elegir a quién intentar salvar.

Hablar de “escaladas” puntuales o de “recrudecimientos” ocasionales es una forma de distorsión. Lo que ocurre en Gaza no es una suma de episodios inconexos, sino un proceso continuo de destrucción de una población civil. A veces la violencia baja de intensidad, pero no cesa. Otras veces, como hoy, se intensifica de forma brutal, como una ola que vuelve a golpear cuando el cuerpo aún no se ha recuperado del impacto anterior.

Las cifras oficiales disponibles deben ser leídas con una precisión que rara vez aparece en los titulares. Más de setenta mil palestinos han sido registrados como muertos solo entre aquellos cuyos cuerpos han podido ser recuperados, identificados y contados por las autoridades sanitarias. Pero esa cifra no refleja la magnitud real de la catástrofe. Bajo los escombros de Gaza permanecen desaparecidas alrededor de seiscientas mil personas, sepultadas en barrios enteros reducidos a polvo, sin posibilidad de rescate, sin registro, sin nombre en ninguna estadística.

Esta distinción es crucial. No se trata de una corrección menor, sino de la diferencia entre una tragedia visible y una aniquilación masiva en curso. Gaza es hoy un territorio donde la muerte no siempre deja cuerpo, y donde la desaparición forzada se produce a escala urbana.

El genocidio no se expresa solo en los bombardeos. Se manifiesta también en el bloqueo sistemático de alimentos, agua potable, electricidad y medicamentos; en la destrucción deliberada de hospitales, escuelas y sistemas de saneamiento; en la imposición de condiciones de vida incompatibles con la supervivencia humana. El derecho internacional es claro: causar deliberadamente condiciones de existencia destinadas a provocar la destrucción total o parcial de un grupo humano constituye genocidio. No es una opinión política. Es una definición jurídica.

La alternancia entre días de violencia “administrada” y jornadas de matanza abierta no es señal de contención, sino de una estrategia de desgaste. El dolor llega a veces gota a gota, erosionando lentamente, y otras veces cae con violencia descomunal, como un tsunami que se lleva barrios enteros en cuestión de minutos. En ambos casos, el resultado es el mismo: una población civil atrapada, sin refugio real, sin protección efectiva, sin horizonte.

Mientras tanto, una parte de la comunidad internacional sigue hablando de procesos de paz, de negociaciones futuras, de equilibrios diplomáticos. Cada una de esas palabras suena obscena cuando se pronuncia al mismo tiempo que se bombardean carpas de desplazados y edificios habitados por familias que ya lo han perdido todo. No hay proceso de paz posible mientras la aniquilación continúa. No hay tregua real cuando los muertos siguen sumándose, visibles o enterrados bajo toneladas de concreto.

Este genocidio ocurre ante los ojos del mundo. No es un secreto, ni un exceso puntual, ni una tragedia inevitable. Es un crimen prolongado, documentado y sostenido en el tiempo. La diferencia entre los días de silencio relativo y los días de masacre abierta no cambia su naturaleza. Cambia solo la intensidad con la que el dolor se hace audible.

Hoy, Gaza vuelve a ser golpeada como por un tsunami imparable. Mañana, quizá, el horror vuelva a dosificarse. Pero mientras no se detenga de raíz esta maquinaria de muerte, cada día será parte del mismo crimen. Y cada silencio, cada relativización, cada eufemismo, seguirá siendo una forma de complicidad histórica.