¡El Rey ha muerto! ¡Viva el Rey! es la conocida frase que usaban en Francia al deceso de un monarca para anunciar la entronización de su sucesor. El lema, usado desde 1422 en ocasión de la muerte de Carlos VI y desde el siglo XIII ya en Inglaterra, significaba la continuidad de la institución monárquica, la legitimación automática de quien era proclamado soberano, pero también el intento de terminar con las intrigas y querellas habituales al término de cada reinado.

Suponía también la ratificación de la unidad del reino, la conminación al pueblo a aceptar el vasallaje al nuevo titular y a renunciar a intentos secesionistas o rebeldes.

¿Puede decirse hoy “¡La democracia ha muerto! ¡Viva la democracia!”? Es lo que pareciera suceder en cada nueva elección de representantes, en la que cada vez menos importan e interesan ideas o programas y cada vez más la estética publicitaria y la táctica de guerra sucia que las acompañan. Una estrategia que presupone y fomenta la idiotización colectiva pero cuyo poder de seducción es cada vez menor.

Tal es así, que en los eventos electorales de las últimas décadas la facción mayoritaria suele ser aquella que prefiere abstenerse de participar, hecho apareado de innúmeras muestras de escepticismo popular sobre la confiabilidad de las opciones en liza.

Y no es para menos: la repetida traición a las promesas preelectorales, la banalidad de las rencillas cortesanas, la difamación de conglomerados mediáticos junto a la porción de corrupción realmente existente, el cada vez menor espacio que deja el poder fáctico a las transformaciones de raíz, la carencia de democracia interna y la desafección militante en los partidos, la similitud de postulados y la obediencia al capital de la mayor parte de los candidatos, el esquema turbio de financiación de campañas, son aspectos que entre otros, explican y justifican el alejamiento popular.

Claro está que la magnificación del desvencije de los mecanismos democráticos sirve al poder concentrado, que la amplifica convenientemente, alimentando la desesperanza con la ideología de la antipolítica para que el verdadero protagonista, el pueblo, no ambicione cambio alguno.

Por contraste, cuando ocasionalmente surge algún líder con cierto grado de coherencia entre propuesta y concreción, cuando el pueblo siente un cambio efectivo en sus condiciones de vida y, sobre todo, un reconocimiento de su inherente dignidad, emerge una relación de devoción y lealtad en muchas ocasiones similar a una veneración de tipo religioso. Las derechas políticas, los sectores de poder y sus medios acólitos hablan entonces de “populismo”, sin lograr con ello quebrar el vínculo.

Pero la desazón popular por la tibieza y el centrismo inocuo, la supuesta “racionalidad” de muchos dirigentes, hace también crecer figuras irracionales que destilan odio concitando la adhesión desde falsas proclamas inmediatistas.

Son los monstruos que tocan fibras de necesidad en medio de la asfixia, no solo económica, sino también existencial de individuos angustiados por la soledad, la fragmentación del tejido social, la desorientación y el fracaso de sentidos de vida ilusorios o provisionales. Estos ogros, engendrados por el sistema con el fin de correr las agendas a la derecha sin que sus representantes políticamente más “correctos” queden en falta, diciendo aquellos lo que éstos no pueden decir, constituyen además la personificación de la resistencia a la transformación y a la velocidad que los cambios han tomado en tiempos vertiginosos.

Allí también incuban sus huevos las corrientes confesionales fundamentalistas, que en un dualismo exacerbado prometen trocar el “infierno terrenal” en que se vive, por un dudoso paraíso transmundano, ofreciendo una ética férrea y contención emotiva ante el naufragio generalizado, a cambio de algunos dineros. Así es cómo estos nuevos protestantes – denominados hoy neopentecostales, (del griego pentekostés, quincuagésimo día después de pésaj(pascua) en la tradición hebrea en el que se festeja shavuot (fiesta de las primicias), o descenso/bautismo del espíritu santo a los apóstoles en la interpretación cristiana) – vuelven a las viejas prácticas de las indulgencias que tanto criticó Lutero, recibiendo de sus fieles moneda constante y sonante a cambio de la bendición de sus pastores.

Claro está que no debe reducirse el fenómeno simplemente a un embuste cuyo mercadeo combina alternativamente figuras míticas, rostros sonrientes o sentencias apocalípticas. Por otro lado, explicar el impacto de estas corrientes aduciendo que se trata exclusivamente de maniobras de dominación geopolítica desde los Estados Unidos, contraponiendo sus cultos predominantes para debilitar a la grey católica y acallar el eco – sobre todo en los años 70’ y 80’-de las corrientes juveniles contestatarias que abrevaban en la Teología de la Liberación, puede llevar a una comprensión restringida de la cuestión. Aunque esto último es un factor que debe incluirse en el análisis, en vista de de la acelerada expansión de estas iglesias en las periferias pobres de América Latina y el Caribe, lo que seguramente, en una suerte de contragolpe contrareformista motivó a la iglesia de Roma a elegir un papa argentino y latinoamericano para intentar recuperar la adhesión de los sectores sociales postergados.

Los cultos religiosos que proliferaron en la región luego de la mutilación social que segó la vida de miles de cuadros dirigenciales de la izquierda a manos de dictaduras militares, tienen como común característica el regreso a cierto tipo de experiencia directa, a la usanza de antiguos místicos que preconizaban el contacto extático con lo inefable, en rechazo al formulismo incomprensible de rituales ahistóricos. De allí que, más allá de su vistosidad y su interpretación en clave cristiana y conservadora, debe reconocerse que a ojos del creyente, contienen una cuota de beneficio espiritual y la renovación de una fe sepultada por el anquilosamiento y burocracia centralista aliada habitualmente con los poderosos.

Creencia que por lo demás, en muchos grupos pertenecientes a estas iglesias, viene ligada a una especie de “teología de la prosperidad”,  según la cual la aceptación por la fe deviene en riquezas y éxitos mundanos. Como se comprenderá, este credo, del que se desprende un “emprendedurismo de la pobreza”, se adapta con precisión por una parte a las acuciantes carencias que genera la exclusión capitalista y por otra, al sentido individualista de un salvacionismo en el que solo tienen lugar los ganadores, orbitando en los parámetros habituales que rigen la ley de la selva estadounidense.

De esta manera, tanto el justificado alejamiento y descreimiento popular sobre esquemas políticos vaciados de significado como también el sicariato del orden conservador actúan en complicidad no consensuada en el asesinato de la democracia. Sin embargo, cabe preguntarse ¿es que la democracia, más allá del profuso aparato conceptual que suele destilar, ha existido en algún momento, o es que el gobierno del pueblo, el auto-gobierno continúa siendo un sueño, una utopía, una aspiración?

La democracia como parte del proceso histórico de ampliación de la libertad

Ningún fenómeno surge completo, puro, ni de un día para otro. La historia humana puede ser considerada un matraz en el que sucesivas acciones y reacciones, activadas por relaciones de diferenciación y complementación, dan lugar a síntesis provisorias e inestables, algunas más extendidas en el tiempo que otras, pero finalmente y siempre, pasibles de ser modificadas.

Al hablar de democracia, suele utilizarse un muestreo reducido e incompleto, dirigiendo la mirada a un modelo específico y reciente desarrollado en el transcurso de la civilización occidental y, en particular, al tipo impuesto por la potencia hegemónica de turno, hoy ya en aprietos. Muy posiblemente, la decadencia de la atracción que en su momento ejercieron las luces de Hollywood y sus instituciones asociadas se proyecten hoy como decaída sombra del otrora declamado poema de la libertad y la democracia.

Una democracia que, sin embargo, en suelo propio, nunca existió realmente, al menos para las mayoritarias minorías que habitaron y habitan ese país. ¿O es que acaso los pueblos indígenas, los negros, las mujeres o los inmigrantes disfrutaron de iguales derechos y oportunidades desde y posteriormente a la revolución de 1776? ¿O es que el ciudadano estadounidense decidió someterse voluntariamente a la negación del derecho a la salud, la vivienda y la educación universal sin distinciones, al incesante e insano incremento del armamentismo, a la ilusión de un exitismo extremo y al fracaso permanente que aquella imagen binaria de ganadores y perdedores conlleva?

Aún así, el modelo de democracia aludido, en íntima relación a la idea de “estado nacional”, inspiró un desacoplamiento relativo de muchos pueblos de la explotación unilateral por parte de los poderes coloniales europeos, sin que por ello se abandonaran los esquemas de dominación cultural.

Escenario al que con demasiada euforia se llamó “independencia” e incluso “descolonización”, sentando las bases para que las gentes adquirieran percepción de posibles derechos individuales y colectivos, pero también abriendo la puerta a una concentración multinacional de poder idéntica a la de antiguos imperios, solo que sin visibilizar del todo a los que movían los hilos del sistema.

De tal modo, luego de sufrir los pueblos milenios de enajenación y ser entrenados en hábitos de servidumbre acuñados por élites desalmadas, cimentados con códigos morales y legales y defendidos con la violencia de instituciones armadas y religiosas, ¿cómo podría pensarse en sujetos sociales decididos a hacer valer su libertad? Lejos de provocar el arrepentimiento de las minorías por tales vejaciones, ese fue el principal argumento de las élites para negar derechos de ciudadanía plenos durante largas décadas, proscribiendo o condicionando el voto de las mayorías. De este modo, recién luego de prolongadas luchas por el derecho al sufragio, se arriba a sistemas de votación universal en el siglo XX, principio que desde entonces fue subvertido de continuo, siendo incluso suspendido y prohibido por los sectores dominantes.

Todavía en la actualidad continúa el bombardeo a través de los intentos de manipulación mediática omnipresente y de la propaganda personalizada, para que las personas no consigan optar sin condicionamiento alguno por lo mejor para sus vidas. Y aunque tal demolición de elementales principios democráticos no fuera producida de modo persistente, ¿puede asegurarse que los pueblos, ahogados y oprimidos por una cruel realidad que los obliga a desangrarse para sobrevivir a duras penas, están en condiciones óptimas de detenerse a reflexionar libremente acerca de cuál gobierno les conviene o si es que alguno les conviene? ¿De dónde sacar la energía necesaria para comprometerse, movilizar conciencias, comprender mejor la compleja telaraña en la que el sistema pretende atrapar a las multitudes?

¿Cómo es posible entonces, en este marco, dotar al transcurso histórico de un sentido evolutivo, si a cada paso que damos, el azote de la violencia, la miseria y la desigualdad,  amenazan con extinguir todo soplo de esperanza en la condición humana?

Es obvio que sin una distribución del poder económico, una mejora radical en las condiciones de vida de los pueblos, la democracia es y será una construcción quimérica sin fundamento sólido. Por lo que es preciso avanzar hacia una nueva concepción de democracia multidimensional, que garantice el avance proporcional de la equidad no solo en la dinámica de los mecanismos de decisión política, sino en todas las dimensiones sociales.

La lucha de la humanidad por alcanzar su emancipación es permanente y crece, a pesar y en virtud de cada revés y no se constituye – como es la creencia habitual- solo como reacción a la iniquidad de hechos externos, sino que, como detallaremos a continuación, refleja en el mundo un impulso que viene desde adentro, desde la interioridad de los seres humanos.

La democracia como impulso de liberación, expresión de la intencionalidad humana

En los últimos 200 a 300 años el desarrollo de la ciencia ha posibilitado mejorar la vida. Su hermana menor, la técnica, ha colaborado con la creación de numerosos artefactos útiles (y una gran variedad de objetos de dudosa utilidad también…), amplificando las capacidades de la especie.

El aumento de la comprensión y la utilización de principios más o menos fijos durante ciertos períodos (a lo que comúnmente se le llama “leyes de la ciencia”) junto a la profusión y vistosidad de los portentos tecnológicos derivados, han creado en la humanidad, a pesar de ser actora principal de su propia trama, la creencia en el determinismo de acontecimientos externos y en particular, de la prevalencia de la materialidad de los fenómenos sobre la vida humana.

Esta visión, que se ha desarrollado en clara y justa reacción a la dictadura eclesial de mil años en occidente y que por extensión ha tenido fuerte influencia en sus colonias, tiende a mirar el mundo desde una visión exclusivamente materialista y mecanicista, propia del período industrialista. Lo que impide componer la realidad desde la comprensión de la estructura de la vida humana, que se construye desde el mundo perceptual pero también desde la emoción, el intelecto y la profundidad inmaterial pero potente de la intencionalidad de la conciencia.

En esta interacción entre lo intangible y lo tangible, el colectivo humano va creando realidades, siguiendo un proceso de liberación que, no sin pocas resistencias, modifica esquemas sociales y políticos. Este impulso va operando a través de las distintas generaciones, que con frecuencia ponen en entredicho lo construido por las precedentes, tildándolo de caduco, incompleto o errado.

Es precisamente esa dinámica de la historia la que hoy pone en jaque a una democracia deforme, siendo la cohorte joven la primera línea de la denuncia, la no colaboración y un rechazo silencioso y ostensiblemente abstinente frente a la obstrucción del curso emancipador que hoy supone el falseamiento de la democracia.

Por lo que, la mejor óptica a asumir para salir del pantano político generando horizontes nuevos y revolucionarios, es sumar a la metodología de cambio social y político el análisis de la transformación de los paisajes vivos en la interioridad humana, considerando la dimensión existencial del sujeto colectivo, que en definitiva, es inescindible del sentido de esa práctica.

Al decir del premio Nobel Ilya Prigogine, “las acciones humanas son como la intersección de la realidad y la posibilidad. Me gustaría destacar el rol de las utopías. Las utopías son ideas generales de nuevas posibilidades. Son importantes para el futuro de la humanidad.”[1]

Asesinato y renacimiento. Hacia una democracia real

Conocido en el Antiguo Egipto como Bennu, griegos y luego romanos re-denominaron al pájaro mitológico capaz de renacer de su propia incineración como Ave Fénix. ¿Será capaz la democracia de hacerlo?

El físico alemán Clausius, en su corolario derivado de la Segunda Ley de la Termodinámica estableció que “ningún proceso cíclico es tal que el sistema en el que ocurre y su entorno puedan volver a la vez al mismo estado del que partieron.”

Si tal ley física puede aplicarse al ideal democrático, es innegable que las premisas en las que surgió este sistema político, incluso en las distintas experiencias culturales, han variado y mucho. Hecho que, por lo demás, se agregaría a la explicación de su decadencia (o asesinato).

En el contexto actual y futuro, ¿qué condiciones tendría que tener el autogobierno popular (traducción literal de gobierno del “demos” griego, que no significaba otra cosa que un lugar o circunscripción junto a quienes habitaban en ella) para ajustarse a la aspiración humana de lograr mayor libertad y desarrollo colectivo?

Si pretendemos avizorar el futuro de la democracia – en el caso de que ésta siga llamándose así-, podemos utilizar dos miradas distintas. Una, que hipotice sobre un porvenir más o menos cercano, para lo cual tendremos que estudiar aquello que vive y se proyecta desde la fricción de los paisajes generacionales coexistentes en un mismo período histórico en lucha con la resistencia de los principales vectores del poder establecido.

La segunda, que levante la visión hacia un horizonte más lejano y permita entrever cierta constante en el ritmo creciente de la historia.

En relación a lo inmediato, las reivindicaciones que tenderá a proyectar buena parte de la generación (de entre 35 y 50 años aproximadamente) que hoy está asumiendo una posición preponderante en distintos campos del escenario social, son notables las exigencias de una relación paritaria entre los géneros, democracia directa, una mayor autonomía, descentralización y horizontalidad en las decisiones junto a proclamas ambientalistas y de cuidado animal, en un contexto de fuerte fetichismo tecnológico digital.

Podrá argumentarse que, aunque sean de la misma edad, no es el mismo sentir el de un joven de clase media urbana que el que vive en una favela o en el área rural, mucho más si estas diferencias se ven aumentadas por condiciones de género, cultura o situación socioeconómica. Tales reparos son por supuesto aceptables, así como también hay evidencia irrefutable a diario que no por pertenecer a un mismo estrato, personas de edades diferentes abracen las mismas causas.

Lo que se quiere destacar aquí, más allá de la dificultad de establecer categorías absolutas y mucho menos deterministas, es que la creciente interconexión intrageneracional va homogeneizando (o imponiendo) cierto núcleo de aspiraciones, que termina catapultándose a la superficie social en neta contraposición a la sensibilidad de otras épocas.

Por lo mismo, esta propuesta generacional encuentra una severa oposición en grupos etarios de mayor edad, segmentos retardatarios cuya proporción demográfica es significativa en lugares de Europa, Japón o el Cono Sur de América Latina por la relativa ancianización del colectivo social.

Lo cierto es que los movimientos transformadores, si quieren llevar la democracia a nuevos y buenos puertos, no podrán sino contar con el empuje de la nueva sensibilidad, para lo cual habrán de incluir su catálogo de demandas.

En cuanto al plazo más largo, solo es posible decir que más allá de los corsi y ricorsi, del progreso no lineal que planteara el historiador napolitano Vico, la dirección de la historia es ascendente y tiene como impulso motor la necesidad de liberación de los seres humanos de sus carencias fácticas, en un transcurso que va desde la determinación a la indeterminación, la humanización y la libertad.

De allí que, llevadas por esa fuerza incontenible que mueve a la historia, las sociedades futuras tenderán a descomponer la violenta concentración de poder hoy dominante en todas las esferas de la vida social (económica, cultural, política, comunicacional, etc.), creando modalidades descentralizadas y federativas, que proporcionen a la comunidad y los individuos una mayor potestad sobre sus vidas.

Sólo entonces, en una democracia cercana y real, se podrán ejercer, por primera vez, los tan mentados y hoy tan manipulados, derechos humanos.

 

[1] Conferencia en el Museo de La Plata, La Plata, Argentina, el 24 Octubre 1991. Incluida en la Revista Electrónica N°8 del Movimiento Humanista. (fecha y enlace)

Esta nota ha sido incluida en el libro «El asesinato de la democracia«, de Aram Aharonian, editado por Editorial Ciccus.