Por Hugo Behm Rosas*

FRATERNIDAD EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACION DE LA DICTADURA

Del prólogo de Miguel Lawner:

Este es un canto de fraternidad por encima del odio.

No abundan los libros escritos sobre las experiencias que sufrieron decenas de miles de chilenos, confinados por la dictadura militar en centros clandestinos de prisión, tortura y/o desaparición.

La mayoría describe, con mayor o menor detalle, los crueles tormentos a los que fueron sometidos.

El libro del doctor Hugo Behm es algo diferente. Pone énfasis en el sentimiento de solidaridad, de confraternidad y ayuda mutua entre los prisioneros políticos, que ayudan a superar las adversidades a que están expuestos. El autor destaca los lazos de compañerismo, que según afirma, no alcanza ningún momento fuera de la prisión.


SOLIDARIDAD ENTRE REJAS

Me preocupaba la moral del grupo y entonces inventé que podíamos contarnos nuestros oficios. Pasamos así a vivir los oficios de cada uno. Ahí estaba el obrero de MADECO diciéndonos como trabajaba el metal, como salía rojo de la máquina, lo tomaba con las pinzas y le daba vueltas en el aire y lo introducía de nuevo a otra trefiladora, que lo empequeñecía cada vez más. Y nosotros llegábamos a ver en nuestra imaginación ese hilo rojo que pasaba por las manos de los obreros, se transformaba en alambre, iba a ser de nuevo útil al hombre. El estucador nos hablaba como se levantaban las casas, cómo se hacían los cimientos, cómo se preparaba la mezcla, y ahora veíamos en nuestra imaginación como se elevaban las murallas que protegerían al hombre y a su familia.
Así cada uno hablaba de sus cosas.

En otra ocasión decidimos que teníamos que hacer ejercicio físico, mantenernos en buen estado, pero el sitio era tan estrecho que apenas podíamos movernos. Entonces acumulamos los dos camarotes en el centro, quedó a su alrededor un pasillo de unos 50 centímetros de ancho y nos pusimos en fila, caminábamos y cantábamos, yendo en un sentido y después en el otro. Otra tarde hablábamos de viajes, y yo les contaba de los míos, de tierras extrañas e inalcanzables para ellos, de otros hombres y mujeres, de cómo vivían en otras latitudes, como luchaban, de los museos.
Al hablarles de otros idiomas, se interesaron por aprender inglés y así fue como empezamos a hacer un curso de inglés en esa celda de incomunicados – pues lo estábamos respecto del exterior, de nuestras familias y de los demás prisioneros – o sea en plena brutalidad de la represión. Era emocionante ver a uno de esos obreros analfabetas repitiendo “good morning”, “good morning”. No escribíamos, la enseñanza era simplemente fonética y a base de hablar de las cosas más elementales.

Así nació en ese grupo en el lapso de tres semanas, tanto afecto, tanta emoción. Nos tuteábamos, nos llamábamos por nuestros nombres, sabíamos los nombres de las compañeras, imaginábamos qué estarían haciendo por nosotros, cuántas angustias estarían pasando nuestras compañeras. Pues sabíamos que se nos tenía por “desaparecidos”, o sea, ese período en que el sistema de represión no reconoce al prisionero como detenido suyo, el período más peligroso de la detención, pues se puede ser asesinado impunemente. Como imaginábamos la angustia de nuestras compañeras, nos comprometimos a que el primero que saliera llamaría a las casas; tenía yo por eso, disimulado y metido en el forro de mi vestón, los nombres y los teléfonos directos e indirectos a los que habría de llamar para dar la buena noticia de que ese compañero estaba vivo, estaba bien, estaba incomunicado en “Cuatro Álamos”, que ya saldría de la incomunicación y tomaría contacto. No sabíamos en
ese momento que todo aquello sería una vana ilusión por lo que relataré más adelante, pues antes de proseguir quiero dejar constancia de otra remembranza importante.

A todos los prisioneros que no estaban en nuestra celda los conocíamos solamente por sus respectivos nombres; cada uno se había caracterizado, cada uno contaba algo, de manera que estas voces amigas no tenían cara pero tenían nombre, uno era Joel, otro Arturo, el de más allá Ismael, el más lejano Juan. Un día, en la madrugada, a las 5:20 de la mañana abrieron la puerta y nos dijeron: ¡A la ducha! Y salimos todos a una ducha espantosamente helada que nos hizo doler la cabeza, pero que era antes que todo una ducha, la primera ducha. Era la primera vez que nos podíamos lavar y lo más importante que, por fin, podíamos ver a los otros compañeros. Ahí desnudos en la ducha nos encontrábamos. Las voces tenían cara: yo soy Joel, decía uno; yo soy Arturo, exclama otro, yo soy Hugo contestaba, y nos abrazábamos, nos tocábamos en los hombros y nos reíamos. Volvimos desnudos, mojados y enfriados, pero con la sensación de que nuestra familia había crecido, que las voces eran de hombres verdaderamente amigos de nosotros. Nos hablaron de que ahí podíamos estar mucho tiempo, pero generalmente si pasaban un mes o dos, era uno liberado. ¡Uno o dos meses nos parecía un tiempo horriblemente largo, pues nuestro tiempo era medido entonces en días o a lo sumo en semanas!

 

ESPORA EDICIONES, Santiago de Chile 2019

*Hugo Behm · Después de obtener su título de médico cirujano en 1936, a partir de 1953, se dedica a la bioestadística, formándose en la Escuela de Salubridad de Chile y en la Johns Hopkins University, profundizando sus estudios en la Columbia University, en Nueva York. Colaboró en temas de salud pública con Salvador Allende, desde los años en que el futuro Presidente era senador de la República. En 1974 es hecho prisionero por el régimen militar. En septiembre de 1975 es trasladado desde el campo de concentración de Ritoque y expulsado del país, gracias a las gestiones realizadas por la Asociación Americana de Salud Pública (APHA) en pro de la liberación de seis trabajadores de la salud detenidos y encarcelados.