Dice la literatura que advenimos al mundo frágiles y dependientes y que por unos
otros nos hacemos humanos.

Por Claudia Mónica Garcia

Que luego internalizamos figuras parentales que serán el andamiaje (en el mejor de
los casos) de una “calcificación emocional” que nos acompañara en el derrotero de la
vida.
Que también tenemos «mecanismos de defensa» para lidiar cíclicamente con lo que
podemos, si…con lo que podemos….

Las demencias de nuestros padres, nos confronta con un paisaje emocional que nos
lleva a circunvalaciones emocionales y físicas y nos posiciona en el linaje, como un
espejo ante el desvalimiento.

El cuerpo, lugar que habitamos, se torna un espacio testigo del paso del tiempo y la
psiquis, “espacio intangible” hace lo propio.

Las demencias arrasan…arrasan lo vincular, el lugar que ocupamos, los tiempos, las
configuraciones familiares, la mirada subjetiva ante quien ya no es a quien visito.

En ese desencuentro ante quien veo y se esta yendo, a quien de a poco va partiendo,
puedo quedarme negando y no reconocer o resignificar el lazo originario, recuperarme
y estar con quien, dolorosamente para mí, se me presenta casi cotidianamente
expectante.

Agobio. Enojo. Culpa. Reparación. Llanto. Semi-orfandad. Gestión. Empatía.
Presencia.

A quienes nos toca acompañar, es noble saber que el abanico de emociones esta
legitimado y que es el momento de agradecer, acompañar, dialogar. Ellos saben de
nuestra presencia, sus ojos nos lo dicen y su piel recibe nuestra ternura.

Palabra y caricias son vías regias de comunicación, momentos que interiorizan
encuentros codificados de un pasaje teñido de amores y arrullos como cuando fuimos
frágiles sujetos nacientes.

 

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