De paseo por la ciudad

Magnus Hirschfeld y el tercer sexo de Berlín

Años antes de las conocidas libertades de la República de Weimar, el estudio de 1904 Berlins Drittes Geschlecht (El tercer sexo de Berlín) describía una subcultura asombrosamente diversa de marginados sexuales en la capital alemana. James J. Conway nos presenta un texto fundacional de la identidad queer en que el médico germano Magnus Hirschfeld -el «Einstein del sexo»- busca llegar a través de una ciencia comprometida a las emociones de un amplio público lector.

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por James Conway

Esta es la segunda parte de un artículo más amplio. Para leer la primera parte, pulse aquí

(PARTE 2)

Hay sufrimiento, sí, hay desesperación, autolesiones y ostracismo. Pero el tercer sexo de Berlín también ofrece algo que no se espera de la Berlin del Segundo Reich: diversión. Encontrar el informe de Hirschfeld hoy en día es experimentar una carga eléctrica de reconocimiento. Con sus fiestas nocturnas, sus drags pansexuales y sus estrafalarios personajes escénicos, con sus elaborados códigos de comunicación, sus capas de ironía y sus referencias a la cultura pop, parece un ensayo general, con cuellos almidonados, de la vida queer occidental moderna. Y para los lectores heterosexuales de la época, todos estos elementos exóticos y disidentes situaban la subcultura de los «invertidos» a una cómoda distancia.

Conocí a un abogado uraniano que, al salir de su despacho cerca de la Potsdamer Platz una noche, o al despedirse de una reunión de sus socios, iba a una taberna en el extremo sur de Friedrichstadt, un bar de mala muerte donde apostaba, bebía y se divertía toda la noche con «Revólver Heini», » Carnicero Herrmann», «Yanqui Franzi», «Perro Loco» y otros apaches berlineses. La crudeza de estos criminales ejercía sobre él una atracción irresistible.

El delgado volumen de Hirschfeld contiene una astuta alquimia. Tomó la aleación básica de la mojigatería y el desprecio y la transformó en el noble metal de la ilustración. A medida que Hirschfeld pasa de los encuentros sin aliento en bares sin ventanas a las relaciones amorosas entre personas del mismo sexo en entornos domésticos banales, cambia el enfoque del exotismo a la familiaridad. Las parejas de El tercer sexo de Berlín mantienen una comprensible discreción, pero, por lo demás, el hecho de su género queda relegado a los márgenes hasta casi no tener importancia. Es como si Hirschfeld hubiera tentado al público a un espectáculo de freaks sólo para mostrar que la mujer barbuda se cepilla los dientes. En el libro se muestra poco de la extensa investigación de Hirschfeld sobre las prácticas sexuales, lo que parece ser una decisión consciente del autor, que alineó su trabajo potencialmente explosivo más estrechamente con la literatura popular de la época.

Eldorado en Nollendorfkiez, Berlín, hacia 1932, uno de los clubes berlineses con el nombre de Eldorado que servían como espacios para maricas y contaban con un cabaret de travestis – Fuente.

Cuando Hirschfeld saca a relucir la tragedia que ensombrecía muchas vidas de homosexuales en aquella época, su despliegue del patetismo puede parecer demasiado exagerado para la sensibilidad actual. En una sección sobre una reunión navideña de homosexuales, relata las lúgubres reflexiones de los asistentes:

Muchos piensan en sus esperanzas destrozadas, en lo que podrían haber conseguido si los viejos prejuicios no hubieran impedido su progreso, y otros que desempeñan posiciones respetables reflexionan sobre la pesada mentira que deben vivir. Muchos piensan en sus padres muertos -o para los que están muertos- y todos, con el más profundo dolor, piensan en la mujer que más amaron y que más los amó: su madre.

Pero este tono marcadamente sentimental y ligeramente amanerado hacía que su relato fuera mucho más accesible para el lector medio. También reflejaba el interés emocional de Hirschfeld por el tema. El único otro volumen que el médico escribió para la serie de Ostwald –Die Gurgel Berlins (El barranco de Berlín, 1907)- ofrece un contraste instructivo. En él se aborda el problema del alcohol en la ciudad, sustituyendo los relatos anecdóticos de El Tercer Sexo de Berlín por datos empíricos y una sensación general de distanciamiento del tema en cuestión (el propio Hirschfeld era en gran medida abstemio).

Aunque gran parte de El tercer sexo de Berlin se ocupa de las expresiones de atracción hacia el mismo sexo, también aborda a quienes viven de forma contraria a su género asignado, como el individuo al que Hirschfeld se refiere como «Miss X»: legalmente mujer, lo suficientemente masculina como para llamar la atención en público, y viviendo completamente como un hombre en casa. Hirschfeld vio que la negación de su identidad llevaba a los hombres y mujeres trans (como los y las llamamos ahora) a la depresión, e incluso al suicidio. Una de las contribuciones más potentes de Hirschfeld en este caso -incluso antes de la asistencia clínica que ofrecería más tarde- fue reconocer que las personas trans existen, y que siempre lo han hecho.

La conclusión de El tercer sexo de Berlín, la declaración de intenciones de su cruzada, corona el sentimiento y la ciencia con simple justicia: «Subrayo, para evitar cualquier confusión, que estas reivindicaciones en nombre de los homosexuales no se refieren más que a lo que los adultos de libre acuerdo hacen entre sí»; a continuación, condena explícitamente la violencia y la violación de los derechos de terceros, incluidos los menores. En El tercer sexo de Berlín, Hirschfeld no sólo ofrece una pieza vital de la historia queer, a la vez panorámica e íntima: pone una chincheta en el mapa que marca el punto en el que el consenso occidental mayoritario sólo llegaría aproximadamente un siglo después.

Alrededor de la época de El Tercer Sexo de Berlín, una escisión en el termprano movimiento gay enfrentó a Hirschfeld con el irascible activista Adolf Brand, que se basó en la «anarquía individual» de Max Stirner (un primer acercamiento del libertarismo) y -aún más atrás- en un modelo de tutoría erótica inspirado en la antigua Grecia. En 1896, Brand había lanzado la primera revista gay del mundo, Der Eigene, que no era tanto el órgano de un movimiento de liberación como una invitación a una sociedad secreta formada por una élite clásica y exclusivamente masculina.

Portada de un número de 1924 de Der Eigene de Adolf Brand, a la izquierda, y cubierta de Inseln des Eros (Islas de Eros) de 1905, a la derecha – Fuentes: izquierda, derecha.

En su disputa, Brand oponía su propia pureza «nórdica» a la decadencia «oriental» de Hirschfeld, un motivo que se repitió cuando aumentó el perfil de Hirschfeld como autoridad en materia de minorías sexuales. El cuestionamiento por parte de Hirschfeld de verdades largamente acariciadas incomodó a la sociedad en general, y los fanáticos confundieron su campaña con las revoluciones externas e internas de Marx y Freud como una gran conspiración judía para deshacer todo lo que el ciudadano honrado apreciaba. El abuso antisemita alcanzó un pico provisional en 1907, cuando Hirschfeld fue llamado como testigo clave en los juicios que constituyeron el «Asunto Harden-Eulenburg», centrado en la homosexualidad en los más altos círculos imperiales. Una caricatura de esa época muestra a Hirschfeld gritando y tocando un tambor; su delito a los ojos de la corriente guillermina era llamar la atención sobre la homosexualidad, calificándola de identidad más que de actividad, de destino más que de decisión, y -como August Bebel- revelando que era mucho más común de lo que se suponía. La sociedad se despojó de la ficción consoladora de que la diferencia sexual era una anomalía extraña, un acto vil fruto de la debilidad del carácter, llevado a cabo en algún lugar sin problemas. Magnus Hirschfeld se convirtió en el pararrayos de las ansiedades de todo un país sobre la sexualidad y el género. Sin inmutarse, Hirschfeld profundizó en la disforia de género y el fenómeno del travestismo erótico en su libro de 1910 Die Transvestiten, que introdujo el término «travesti» en el mundo. Al año siguiente, unió sus fuerzas a las de la feminista Helene Stöcker para impedir -con éxito- que se ampliara el alcance del párrafo 175 para incluir a las lesbianas.

 

Portada del ejemplar personal de James J. Conway de Berlins Drittes Geschlecht (El tercer sexo de Berlín) de Magnus Hirschfeld, a la izquierda, y reproducción de anuncios clasificados encriptados, a la derecha.

Aunque abogaba por la aceptación de la diferencia en los ámbitos de la sexualidad y la raza, Hirschfeld tuvo, al menos durante un tiempo, opiniones menos abiertas cuando se trataba de individuos que se consideraba que tenían una herencia genética «inferior». En 1913, Hirschfeld ayudó a fundar la Sociedad Médica de Sexología y Eugenesia (Ärztliche Gesellschaft für Sexualwissenschaft und Eugenik), abrazando esta última teoría como una forma de combatir las enfermedades hereditarias y como una herramienta para el supuesto bienestar social. El enfoque de Hirschfield no era tan extremo como el de algunos de sus colegas, que abogaban por certificados de salud emitidos por el gobierno que verificasen la «idoneidad» de una persona para la paternidad, excluyendo a los alcohólicos, por ejemplo, que podrían transmitir su condición a las generaciones futuras. Para Hirschfeld, un mejor enfoque era el libre intercambio de antecedentes médicos entre parejas que hubiesen establecido un compromiso. Más desafortunada y equivocada fue su investigación sobre los «signos degenerativos», rasgos corporales, como la asimetría facial, que creía que podían utilizarse para detectar enfermedades hereditarias, con el objetivo de desalentar su transmisión a la siguiente generación. Más tarde, cuando los nazis defendieron la eugenesia, Hirschfeld acabó reconociendo los peligros potenciales y reales de esta idea y se opuso a ella.

En cambio, sus consultas en el Institut für Sexualwissenschaft (Instituto de Investigación Sexual), que dirigió en Berlín durante toda la República de Weimar, iban mucho más allá de la teoría. Aquí dotó a las minorías sexuales de un vocabulario, ayudando a eliminar el estigma y el tabú, además de ofrecer intervenciones totalmente prácticas a pacientes como Lili Elbe, la «chica danesa»: fue pionero en la cirugía, el tratamiento hormonal e incluso la depilación. Hirschfeld no creía en una liberación gay sin el reconocimiento de los hombres y mujeres trans (aunque no utilizara esos términos), y nada de esto debía lograrse a expensas del feminismo. Hirschfeld fue totalmente incansable en este activismo, tomando cualquier camino – peticiones, documentos académicos, libros, conferencias internacionales, incluso largometrajes – que pudiera conducir a la concienciación pública

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Páginas del segundo volumen de Die Transvestiten de Magnus Hirschfeld y Max Tilke de 1912. A la izquierda, dos fotografías del Sr. Joseph Meißauer, que recibió el permiso de la policía de Berlín y Múnich, tras la evaluación de Magnus Hirschfeld e Iwan Bloch, para «llevar ropa de mujer según su disposición». A la derecha, una fotografía de un «travesti» anónimo en ropa de calle – Fuente.

 

Fotograma de la película de 1919 Anders als die Andern (Diferentes a los demás), una película pro-gay y polémica contra el párrafo 175, coescrita por Richard Oswald y Magnus Hirschfeld, que interpretó al Doctor, pronunciando las siguientes líneas en los subtítulos: «No debes condenar a tu hijo porque sea homosexual, él no tiene la culpa de su orientación. No es algo malo, ni debe ser un delito. De hecho, ni siquiera es una enfermedad, simplemente una variación, y una que es común a toda la naturaleza» – Fuente,

Como revela Elena Mancini en Magnus Hirschfeld and the Quest for Sexual Freedom (2010), hay una constante de idealismo expansivo evidente a lo largo de la vida de Hirschfeld, lejos de sus preocupaciones más candentes; a los dieciséis años, por ejemplo, escribió un ensayo en el que proponía el «Sueño de una lengua mundial». En los albores del siglo XX, fue miembro de la Neue Gemeinschaft (Nueva Comunidad) anarco-utópica de Berlín, junto con Hans Ostwald y Else Lasker-Schüler, así como Gustav Landauer, Erich Mühsam y Martin Buber. El grupo ejemplificaba una corriente profunda, aunque raramente reconocida, de pensamiento radical en la Alemania guillermina. Estos visionarios eran exiliados del Zukunftsstaat (Estado del Futuro), un concepto que sugería que, como Shangri-La, la sociedad ideal era un lugar al que se podía llegar si se tenían las coordenadas correctas. Conocido sobre todo por su examen de la diferencia sexual, Hirschfeld acabó por defender la unidad a través de la pluralidad, la abolición de las jerarquías, en oposición diametral al darwinismo social.

Así pues, cuando el fascismo llegó a ser una fuerza política en Alemania, no era sólo la condición de judío de Hirschfeld o su defensa de la diferencia sexual lo que lo ponía en peligro; de hecho, había formulado una concepción de las relaciones humanas antitética al nazismo en casi todos los aspectos. Afortunadamente, Hirschfeld ya estaba en el extranjero cuando Hitler asumió el poder en 1933; nunca regresó, pero vivió lo suficiente para ver cómo los nazis endurecían el párrafo 175. Solo se eliminó definitivamente de los estatutos en 1994, tras la reunificación, casi sesenta años después de su muerte.

Mientras preparaba mi traducción de El Tercer Sexo de Berlín para su impresión en inglés en 2017, el parlamento alemán votó a favor de la igualdad matrimonial. Esto, sin duda, habría complacido a un Magnus Hirschfeld viajero en el tiempo. Sin embargo, como ciudadano del mundo, también notaría que ser gay en la actualidad puede significar ser primer ministro o ser apedreado hasta la muerte en la plaza del pueblo, dependiendo puramente del accidente del lugar de nacimiento. A medida que las fuerzas reaccionarias tratan de hacer retroceder los avances civiles que tanto costó conseguir en todo el mundo, los logros de Hirschfeld se hacen más evidentes, su mensaje de aceptación radical más urgente y su abrazo a la diversidad más inspirador.

 

James J. Conway was born in Sydney and now lives in Berlin where he is a translator from German to English, both commercial and literary. In the latter capacity he has translated and published eight books for Rixdorf Editions, most recently Three Prose Works by Else Lasker-Schüler. He has written for publications such as the Times Literary Supplement and the Los Angeles Review of Books, as well as his own repository of alternative cultural history, Strange Flowers.

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Traducido por David Meléndez Tormen