Escribo sobre un papel,
escribo sobre la tierra,
y también escribo sobre una hoja drive,
Vivo en la ciudad
y padezco su hacinamiento,
el patio chico de baldosas rotas
que más de una vez e intentado levantar
como buscando las raíces
que un día nos intentaron cortar.
Soy todo lo que una sociedad puede despreciar:
escribo poesías,
investigo a aquellos que han hecho mal,
y estoy del lado de aquellas personas que
ya no pueden ni pronunciar su nombre
sin intentar romper la memoria
del pasado que no pueden contener.
Por el alcohol,
la locura,
las deudas,
el desamor,
las constantes imposibilidad que están y seguirán estando
incluso cuando ya no estemos más.
Por todas aquellas vidas que han arrebatado injustamente frente a sus ojos
descorazonados.
No tengo bienes materiales,
ni casa,
ni auto,
tampoco olvido.
Mucho menos olvido.
No olvido absolutamente nada de lo que he visto,
y he pronunciado:
recuerdo la sonrisa de Kallfulikan
y las lágrimas de Asunción.
Recuerdo el día que mataron a Rafael,
y la primera vez que toque una pifilka y un kultrún,
Tengo muy presente la ciudad de General Roca y la de Bariloche,
El fortín de la primera y el desprecio de la segunda.
Recuerdo a la mamá de Facundo diciendo:
“¡Plata y miedo nunca tuve!”,
Y recuerdo a la mamá de Luciano afirmando:
“Hasta que no te tocan el culo a vos, nadie hace nada”.
Así como también recuerdo a la mamá de Brian diciendo:
“Todo lo que hacemos, lo hacemos por amor”.
Soy una piedra en el zapato,
una cámara gatillando cien veces en la cara de un verdugo,
un celular sonando en cárceles y barriadas,
una lapicera escribiendo
en una hoja en blanco:
“¡El color de piel no es una herencia de clase!”.
¡Nunca olvido!
Y detesto la hipocresía,
De quienes me saludan sin querer hacerlo,
de quienes dicen educar, pero sólo evangelizan,
De los que dicen defender al pueblo, pero sólo defienden su puestito
de cómplices,
y sumisos,
de personas indecisas
y políticas.
¿Política para quién?
¡Nunca olvido!
Que la ciudad donde vivo es extractiva,
que sólo sueña comprar un auto último modelo,
y tener el sueldo de un petrolero.
Como tampoco olvidaré,
lo que opina mi familia,
los vecinos y
la impunidad de los internautas
cuando escuchan
o leen la
palabra “mapuche”.
“¡Vuelvan a Chile!”,
“¡Terroristas!”,
“¡Una bala y listo!”,
“¡Que vuelva Roca a cumplir lo que un día empezó!”.
“Esos no son mapuche”.
“Tendrían que volver a su país”.
“¡Planeros!”
“¡Cárcel y balas!”
Hay que aprenderlo,
de una vez por todas,
seas docente,
periodista
o vendedor de alquitrán.
“El racismo o ser racista,
nunca será una virtud,
ni un don,
mucho menos una declaración de amor”.
Al racista como al fascista se lo combate,
todo el tiempo,
en donde sea,
y con lo que sea.
Nunca una flor,
o un río,
o un pichiwentru
podrá crecer
y seguir su curso
sin padecer
las múltiples
formas
de dolor
que
puede
inventar
un asesino
un exterminador
de hojas,
de ojos,
de tayil,
y rakizuam.
Santiago no se ahogó solo,
como tampoco se ahogó solo Facundo,
Ni Carlos se fue por propia voluntad,
Tampoco Sergio, ni Daniel.
A todos ellos los mataron.
A plena luz del día,
durante la noche,
y en el transcurso de la madrugada.
Los castigaron,
y los verduguearon,
Los ocultaron
y desaparecieron como se desaparece una sonrisa en la lejanía.
Santiago no se ahogó sólo,
ni estaba perdido,
tampoco desorientado.
No era una persona que no sabía qué hacer con su vida,
ni era un perturbado,
Creía en algo
y no tenía olvido.
Fundamentalmente no podía olvidar
que en estas tierras
hombre con winchester en mano,
mataron de la misma forma que lo intentaron
matar a él.
Cortaron testículos y orejas
como seguramente lo hubieran hecho con él.
Si no se hubieran dado cuenta
a tiempo
de que se equivocaron,
que no era él,
el que debía padecer
la sinrazón
de
la
patria.
“¡Haga patria y mate un chileno!”
vociferan los energúmenos,
“¡La patria está en juego!”,
reclaman los insolados.
Son una tempestad inducida,
una mina estallando sobre un cerro,
el fracking fractura el centro de la tierra,
la sequía de una laguna.
Son la muerte y el olvido.
La risa del castigo.
La picana en el calabozo,
un cuerpo congelado.
Diez mujeres ahorcadas en una celda,
cien niñas violadas en una comisaría,
mil mujeres desaparecidas en los caminos de la trata.
A un racista,
así como a un fascista
se lo combate
todo el tiempo,
como sea,
y con lo que sea.
Inclusive con una poesía,
un teleobjetivo de 400 mm,
un dron ingresando a los campos que usurpó Benetton,
una semilla de pehuén.
Un cartel con la palabra:
“¡Brujo!”