El grito fue lacerante y contundente, nos sacó de nuestra aparente conformidad cotidiana. De todas maneras, no había sido un encuentro casual ni estaría siéndolo. Yo no sacaba la mirada gacha del celular contestando mensajes sin parar caminando hacia el Obelisco, vos me gritaste desde un bar donde estabas comiendo tres tostados al hilo porque no habías desayunado y ya era el mediodía. Por suerte, me gritaste. Me sacaste de la parálisis virtual de la que soy presa cada vez que abro este aparato bobo pero herramienta inteligente desde la que estoy escribiendo ahora. Caminamos con un rumbo aparente hacia esos papeles que teníamos que buscar; en el medio, una llave como excusa abrió mil conversaciones. Caminábamos como transeúntes del conurbano perdidas en una ciudad furiosa, que no paraba de chillar, sonar, agitar, golpear, tocar bocina. Personas pasaban a nuestro alrededor pero nuestra burbuja ya estaba hecha. Estaba armada de palabras, de tu boca ya se derramaban las anécdotas de ayer, las reflexiones del hoy. Eras un fueguito hecho de pensamientos. Yo te observaba, maravillada. Hasta el grito. Te mire la boca para ver si era un recuerdo del tuyo llamándome en medio de la calle pero no. Venía de lejos. No tenía puestos los anteojos para ver, pero vos sí. Corriste antes de que pudiera darme cuenta hacia donde te guiaba tu fuego. Me fui acercando, a paso lento, hacia la escena. Un tipo enorme le había estado pegando a una mujer, ahora tirada en el suelo con un niño con la cara sucia, que se restregaba las lágrimas, acurrucado como en una cuevita en los brazos de su mamá. Ella lo acariciaba y le pedía perdón al oído. Mis ojos borraron la escena, no podía soportar ver cómo la sangre le chorreaba de la comisura del labio a la mujer o cómo los ojos se le inyectaban en sangre y gritaba, esta vez, articulando palabras: ¡Me robó la plata del alquiler! Lloraba, gritaba la mujer. Vos ya estabas agachada, le preguntabas el nombre al nene, le decías a la mujer que no se preocupara por nada más que por limpiarse las heridas. Yo me desorienté, entré al local donde estaba apoyada la mujer; era un chino que vendía comida por peso, pedí agua y servilletas para ella. La mujer seguía llorando, vos ahora hablabas con la policía que –supuestamente, según te decían– iban a llamar a la ambulancia. Vos querías quedarte porque te lo habían pedido. Yo no confiaba en la policía. No confiaba en nadie: adentro del local había escuchado a un pibe que decía que él haría lo mismo en el lugar del marido, “pegarle hasta dejarla sangrando”. Miré al cielo, tal vez esperando que llegara la plegaria buscada. Vos no querías saber más nada con rezos. Bajé la mirada, la policía estaba trayendo a otra mujer con su hija, anda a saber para hacer qué. Otra vez, escuché un grito. Pero, esta vez, venía de otro lugar, de un espacio más hondo. Caminamos hacia el Congreso, queríamos comer nuestras galletitas en el paso, en el sol, relajadas. ¿Se podía vivir relajado en medio de una ciudad que se desangra? ¿Puede un humane relajarse plenamente y dejar de estar en un estado de alerta? ¿Puede realmente entregarse al fluir del tiempo sin sufrir consecuencias? Por un segundo, el grito se volvió a escuchar pero retumbaba en las paredes de mis venas, en los orificios de mi piel. Me ahogaba sabiendo que vos podías escucharlo, que tu fuego podía apagarse por ese grito. Contenía todo lo dolor del mundo, el nene llorando, la madre descalza sangrando, el tipo violentando su vida con la ajena, la gente mirando con morbo, nosotras –transeúntes de una ciudad sin corazón– nos miramos, gritando/ nos gritaba el corazón de tanto dolor, de tanta incapacidad de apoyar el peso del cuerpo en la tierra, de vivir entre la supervivencia y la lucha. Nosotras sabiendo que nunca podríamos callar todos los gritos que habitan en la ciudad, que se desprenden de las alcantarillas, que viajan por los aires, que piden libertad. Te acompañé a tomarte el subte. Toda la ciudad nos gritaba y nosotras, a ella, también.