Hay quienes opinan que votar no sirve para nada. Que ningún candidato cumple sus promesas, que el poder real impide que se lleve a cabo un programa de cambio real, que una vez “arriba”, la amnesia borra todo compromiso moral con la mayoría que lo puso en ese sitial…

Por: Javier Tolcachier

Quienes optan por la abstención suelen además agregar que el poder corrompe, abatiendo las buenas intenciones previas; que la oposición hará todo lo posible por bloquear las medidas del gobierno; que la prensa de propiedad concentrada ordenará lo que el gobierno debe hacer desde sus titulares; que la política imperial no permitirá desalinearse de sus mandatos; que, en definitiva, el modelo supuestamente democrático ya está caduco y no responde a los intereses del pueblo.

Y desde cierto punto de vista, no les asiste poca razón a quienes señalan esto. Y no son pocos los que así piensan… o sienten, que para el caso, da lo mismo.

Los números hablan por sí solos.

Padrón y abstención electoral en Colombia

En las elecciones presidenciales de 2002, en las que Álvaro Uribe Vélez ganó en segunda vuelta contra Horacio Serpa, la abstención orilló el 54 por ciento sobre un padrón electoral de 24 millones doscientos mil habilitados. En esa oportunidad, cerca de 400 mil personas eligieron rechazar con voto nulo o blanco. Cuatro años después, el padrón aumentó en más de 2 millones y medio. Sin embargo, acudieron a las urnas solo 700 mil votantes más que en la anterior, elevando la abstención un punto. Y el mismo número volvió a decir que no a cualquiera de los contrincantes.

En 2010, con casi 30 millones de colombianas y colombianos inscritos (11 por ciento más que el padrón anterior), se abstuvo de votar un 51 por ciento en primera vuelta y más de un 55 por ciento en segunda, siendo electo como sucesor de Uribe, Juan Manuel Santos. Los blancos, anulados y no marcados sumaron cerca de 700 mil, reafirmando el rechazo mayoritario a las opciones en pugna.

En 2014, las cosas empeoraron. Más del sesenta por ciento del padrón de posibles votantes (unos 33 millones) en primera vuelta y 52 por ciento en la segunda, no concurrió a la cita, a lo que deben agregarse un millón de votos blancos o nulos en ambas. En la última elección (2018), en la que también un ungido por Uribe y su partido resultó presidente, la abstención se redujo al 46 por ciento, quizás porque los electores percibieron que esta vez sí podría “darse vuelta la tortilla”. El candidato perdedor entonces, Gustavo Petro, aparece ahora como favorito en la inminente contienda.

¿Por qué votar entonces?

Con la regularidad cuatrienal habitual (sospechosa en un país con tanta irregularidad), el 29 de mayo habrá nuevos comicios presidenciales con un padrón que, tal como en anteriores oportunidades, ha aumentado nuevamente en 3 millones de electores.

¿Cuántos, entre los 39 millones de inscritos, participarán de esta lid? ¿Acaso ha variado algo en la percepción del pueblo sobre la democracia o la política en general? ¿Es que ha disminuido la violencia fomentada desde adentro y desde afuera por intereses ajenos al bienestar popular?

Claro que esto no ha sucedido. Por el contrario, el malestar ha aumentado y este es precisamente el motivo, junto a la posibilidad de un candidato creíble y opositor a Uribe y su clan, por el que quizás el porcentaje de votantes sea mayor esta vez.

Lo que sí ha sucedido es que el pueblo ha hecho oír su voz en las calles. A lo largo de 3 meses, entre noviembre de 2019 y febrero de 2020 primero y luego a partir del 28 de abril 2021 de manera ininterrumpido, un Paro Nacional movilizó a vastos sectores del país contra las políticas del gobierno de Duque en una protesta extendida y generalizada. Plantones, bloqueos, asambleas populares y gigantescas manifestaciones sucedieron; a pesar de la represión, la pandemia, y de la seguidilla de asesinatos y masacres. El malestar mudó en rebelión y ésta caló hondo en el sentir popular a la espera de la oportunidad de cambiar de rumbo.

¿De qué otro modo, luego de una movilización contundente el pueblo habría de señalizar su descontento contra 20 años de políticas represivas y regresivas, sino también con su voto? ¿De qué otra manera podría evitarse que un nuevo sustituto del viejo régimen coloque las riendas del poder político en las manos de la oligarquía?

A pesar de la desconfianza y el descrédito, ampliamente justificados por un sistema político excluyente, mentiroso y estructuralmente corrupto como el colombiano, y justamente por eso mismo, en esta oportunidad, cuando la balanza parece inclinarse hacia una nueva dirección, las razones para ir a votar pesan más.

¿Por quién votar?

No puede desligarse el masivo despertar del pueblo colombiano que encuadra la situación política del país, de acontecimientos similares sucedidos en Octubre 2019 en Chile y Ecuador, el primero inmerso en una dictadura neoliberal durante casi medio siglo, el segundo, en medio de políticas regresivas de la mano de un presidente traidor al mandato recibido en las urnas.

Es interesante visibilizar lo que sucedió en las elecciones de esos países con posterioridad a las expresiones mayoritarias de rechazo popular a políticas de ajuste. En Ecuador, el voto por Andrés Aráuz, que podría haber neutralizado el camino al abismo neoliberal iniciado por Lenin Moreno, se dispersó en primera vuelta con candidaturas como las de Yaku Pérez (Pachakutik) o Xavier Hervas (Izquierda Democrática), permitiendo que en segunda, la alianza de “todos contra Correa y su candidato”, catapultara al banquero de derechas Lasso al palacio de Carondelet.

Por el contrario, en Chile, una heterogénea coalición – tan heterogénea como el movimiento social que se levantó contra el gobierno de Piñera – logró vencer al fascismo, encumbrando en la función presidencial a Gabriel Boric, representante de una generación joven. Más allá del triunfo electoral, el pueblo chileno pudo encaminar en paralelo la largamente añorada y estratégica transformación constitucional que, de ser aprobada el 4 de septiembre próximo, disolverá los últimos grilletes formales del legado pinochetista.

Estos antecedentes constituyen una evidencia cierta para el pueblo colombiano, que ha sufrido la violencia sin interrupciones desde su época colonial, pero que ha exhibido su gallardía y desarrollado una gran capacidad de sobreponerse a la adversidad extrema.

Es por esto que, pese a las presiones, a la guerra sucia y las amenazas, y con la imprescindible distancia frente a las habituales manipulaciones de los sondeos de opinión pública, el vaticinio de las empresas encuestadoras previo a la elección del 29 respecto al vencedor, es muy similar, obteniendo Petro entre 36 y 45 por ciento de los votos válidos.

No es desatinado pensar, sin embargo, que las encuestas, casi en su totalidad encargadas por medios controlados por el poder económico, tengan como objetivo relajar la participación asegurando que, de cualquier modo, Petro saldrá primero y a su vez, crear la impresión de que habrá una segunda vuelta.

La suspicacia aumenta, cuando se observa que en los últimos sondeos dados a conocer, se está potenciando la candidatura de Rodolfo Hernández – supuestamente en la vereda de la “antipolítica”- en desmedro del candidato de las derechas Federico “Fico” Gutiérrez, quien inevitablemente perdería en segunda vuelta, según todas las consultoras.

Otra maniobra desesperada de última hora por parte del sector conservador, es poner en tela de juicio la honorabilidad y confiabilidad del registrador nacional, Alexander Vega, cuya remoción, alerta el Pacto Histórico, podría significar un aplazamiento electoral, posibilitando así nuevas estratagemas para evitar la victoria del progresismo.

En cuanto a la concurrencia electoral, las encuestas no ofrecen dato alguno, ya que todas utilizan la pregunta sobre la voluntad de participar en la elección como filtro, lo que no permite saber con anticipación la dimensión que podría tener la abstención.

Pero sí es posible encontrar referencias sobre el amplio apoyo de la juventud a Petro, barriendo en este segmento poblacional a los demás contendientes, lo que podría significar que en esta franja, más proclive al rechazo por abstención que otras, habría una mayor participación, lo que a su vez, haría aun más amplio el triunfo del senador y ex alcalde de Bogotá.

A pocos días de la cita electoral, de no mediar acontecimientos de barbarie política de último momento, es improbable que cambie la tendencia.

De este modo, las y los colombianos están ante una circunstancia infrecuente, la de unir el voto útil (a ganador) con el voto de conciencia, uniendo con el sufragio la acción, el corazón y la cabeza. Una oportunidad dorada de comenzar a cambiar su destino en unidad consigo mismo y con el futuro social.