Más allá de los graves incidentes que empañaron la reciente conmemoración del día del trabajo, es momento propicio para volver a poner sobre la mesa un tema crucial, no resuelto en el país: el deterioro del factor trabajo en relación al factor capital. Luego de un período de creciente participación del factor trabajo en el quehacer nacional, desde las primeras décadas del siglo pasado, a partir del golpe del 73, este proceso es revertido violentamente. De la mano de las FF.AA., de los Chicago Boys que trajeron el neoliberalismo, y de los fuertes avances científico-tecnológicos, se inicia una fase en la que los trabajadores van perdiendo bruscamente terreno en beneficio del empresariado, los dueños del capital. Esta fase, a pesar de los esfuerzos desplegados desde el término de la dictadura, no ha logrado ser revertida. A lo más se ha detenido la pérdida de peso del mundo laboral sin que a la fecha logre recuperar el sitial que su propia dignidad exige. No se trata de un fenómeno meramente local. Basta mirar más allá para darnos cuenta que se trata de algo que afecta a no pocos países.

Creo que aquí está la esencia del malestar que recorre al país y si observamos con atención lo que ocurre en el mundo, se extiende a muchos otros países. La efervescencia y descontento se están apreciando tanto en países desarrollados como subdesarrollados, signo de que se trata de un fenómeno que trasciende nuestras fronteras.

El desafío es mayúsculo. ¿Cómo compatibilizar los intereses empresariales con los de los y las trabajadores? ¿Cómo lograr que lo que ganen unos no sea a costa de los otros? ¿Cómo hacer para que capital y trabajo dejen de darse la espalda?

Es imperativo concebir toda empresa como un espacio de producción cooperativo en el que todos sus actores –empresarios y trabajadores- la sientan suya y actúen colaborativamente. Históricamente, las decisiones más relevantes son adoptadas por los dueños del capital y existe la percepción de que cuando las cosas van bien, las utilidades tienden a beneficiar al empresariado, en tanto que si las cosas van mal, gran parte de las pérdidas las sufren los trabajadores. Esto tiene consecuencias en el clima laboral. Las relaciones se verticalizan. Unos mandan y otros obedecen.

El mundo de hoy abre espacio a otra visión. Las organizaciones tienden a ser más planas, sin tantos niveles, sin tanto verticalismo. Por otra parte los trabajadores de hoy tienen mayor nivel educacional. La tasa de profesionales al interior de las empresas está aumentando con fuerza. El grueso de los trabajadores de las empresas son personas pensantes, no autómatas dispuestos a recibir órdenes. Exigen explicaciones, razones, participación, fundamentos de lo que se decide y ordena.

De allí que hoy, con mayor razón que nunca, es posible aspirar a que los trabajadores participen en la propiedad y en las decisiones de las empresas. Incluso es necesario abrirse a una eventual participación de la comunidad en que se localiza una empresa. Es necesario vincular las remuneraciones mínimas y máximas al interior de ellas de modo que se establezca un rango de ingresos en el que nadie pueda ganar más de 10, 15 o 20 veces que el que gana menos. Es necesario que tanto las utilidades como las pérdidas sean compartidas por empresarios y trabajadores.

En materia de participación, recientemente se ha dado un gran paso en esta dirección con la nominación del periodista y dirigente sindical Rodrigo Cid al directorio de Televisión Nacional (TVN). Es primera vez que un trabajador del canal tendrá derecho a voz y voto en el directorio. Todo un signo de los tiempos que corren.

Toda empresa es un barco que navega en aguas no siempre calmas, pues surcará mares tempestuosos. Pasará momentos difíciles y toda su tripulación –los trabajadores- deben sentirse responsables, cada uno en su rol, de salir airoso. Nadie debe tener derecho a lanzar a alguien al mar en medio de una tempestad.

Es imperativo abrirse a nuevas formas de propiedad y participación que nos permitan salir del juego de suma cero en el que estamos entrampados, y donde lo que gana una de las partes es lo que pierde la otra. Tenemos que apuntar a un mundo de suma positiva, donde todos ganemos. ¿Es mucho pedir?