Ni el renegau de Inodoro Pereyra, ni don Segundo Sombra, ni el Martín Fierro, ni el Hormiga Negra, ni el recordado Facón Grande de la Patagonia, ni el vago y mal entretenido de Moreira, ni casi ninguno de esos destacados y recordados gauchos argentinos hubiesen sido dueños de un pedazo de tierra con un rancho y algo de ganado de lo que trabajar y vivir en paz.

Su aspiración era la libertad y quizás la hayan logrado, pero nunca fueron autónomos. Siempre dependían del empleo, del conchabo ajeno y hasta, a muchos de ellos, no les venía mal la injusticia y el sometimiento para abrazar la causa de la libertad. La historia de sus vidas estaba ligada a la intolerable y hasta despectiva tiranía de sus patrones y fue esta condición lo que los empujó a la búsqueda de la libertad.

Como el país, eran libres; pero, también como el país, no eran autónomos y su carácter jamás se los hubiese permitido. Podían correr libremente por las praderas de la pampa con esa impronta romántica que les daba el caballo galopando con su poncho flameando al viento, pero todo se acababa en la dura realidad del próximo alambrado. Podían arrear miles de cabezas de ganado de una provincia a otra, pero nunca hubiesen sido sus vacas… como aquel épico y famoso arreo de más de 32.500 gallinas batarazas que entre Inodoro y Mendieta debieron arrear a una estancia, hecho que quedará inmortalizado con aquella metafórica frase de su perro hispano parlante cuando dijo: “Las penas son de nosotros, las gallinas son ajenas”.

Eran, para los demás, fuertes, corajudos e indómitos; de hecho, fueron los principales protagonistas de gestas libertarias de la patria, cuando no se los reclutaba al ejército para correr y arrinconar al indio o esas guerras intestinas que terminaron forjando la nación, pero, pese a tanta valentía, no podían consigo mismos.

Necesitaban del salario, magro y lejano, y su única esperanza era poder cobrarlo para solamente subsistir en su tapera. El gaucho era un hombre pobre y desigual. “Apenas me pago el vino, yo nunca puedo invitar” le cantaba el queridísimo Piero a “Juan Boliche”.

Eran costumbristas y con arraigadas tradiciones, pero carecían de una cultura que les diera identidad y los contuviera tanto como debían cuidar de ella.

El gaucho es, como decía le negro Fontanarrosa refiriéndose a don Inodoro: “Es un tipo como tantos, que hace lo que puede, pero no lo que quiere”.

Y mientras todo esto sucedía, antes inclusive que existiera la Nación y el propio gaucho, los chiveros del norte de la cordillera neuquina, ya hacía unas cuantas generaciones que estaban forjando una cultura que, además de albergarlos, dotarlos de valores y darles autonomía, los llenaba de la dignidad propia de quien está haciendo lo que quiere. Al margen de todo lo que sucedía y, además, ajenos a ello, los trashumantes forjaban la identidad de quien no necesita de nadie para poder vivir en la mayor dignidad sin mayores aspiraciones y tampoco privaciones.

No eran solamente libres, eran autónomos y lo siguen siendo. Su campo, sus animales y su vida le son propios. Eran y siguen siendo una sola e indivisible cuestión. Una sola estampa.

Sin jerarquías ni patrones. Sin líderes, ni mártires, ni jefes, ni héroes a quienes recordar, emular, honrar u obedecer. Sin estatuas que momifiquen el pasado de nadie. Son todos igual de iguales. Sin dependencia económicas ni laborales, les permitía seguir viviendo, aunque el mundo se viniese abajo. Su sustento está asegurado.

Ese que va ahí es don Hernández, es Lazcano, es Jorquera, es Cáceres… arreando su piño con su perro, su caballo y su burro. Está volviendo de su campo en la veranada de las altas cumbres de esta cordillera a su esteparia invernada a esperar la primavera. Es Homo trashumante, un ser más, mucho más indómito que el renegau de Inodoro Pereyra y más, mucho más guapo que Facón Grande. Tan noble y bueno como Sombra. Un tipo que no aspira a la libertad, porque su autonomía le ha dado todo y la ha incluido.

Y, mientras que Don Inodoro parece estar más satisfecho con lo que es que con lo que hace, Don Hernández evidencia un placer en lo que hace, tanto como siendo lo que es.