La tregua acordada en el conflicto armado yemenita entre la coalición encabezada por Arabia Saudita y las fuerzas hutíes en el gobierno entra ya en su tercer semana de cumplimiento.

El cese de hostilidades mediado por Naciones Unidas, cuya duración inicial prevista, se extiende al menos durante dos meses, con posibilidad de renovación, entró en vigor el lunes 4 de Abril, coincidiendo con el inicio del mes del Ramadán de 1443 del calendario musulmán.

El enviado especial de Naciones Unidas, el sueco Hans Grundberg, manifestó este jueves ante el Consejo de Seguridad del organismo que esto constituye una “luz al final del túnel” y la posibilidad de una paz duradera.

Según la información del sitio de noticias de Naciones Unidas, el mediador indicó que ha habido en este lapso “señales alentadoras”, con una reducción significativa de la violencia.

“Todas las mujeres, hombres y niños yemenitas, que han sufrido inmensamente durante los más de siete años de guerra, esperan nada menos que el final de esta guerra. Las partes deben comprometerse a nada menos.”, expresó Grundberg al concretarse la tregua.

Por su parte, el Secretario General de Naciones Unidas Antonio Guterres puntualizó entonces que «el cese de los combates, junto con la entrada de buques de combustible y la flexibilización de las restricciones a la circulación de personas y mercancías dentro y fuera del país, contribuirá a fomentar la confianza y a crear un entorno propicio para reanudar las negociaciones con vistas a una solución pacífica del conflicto.»

El antecedente previo al inicio de la guerra fue la revuelta popular en 2011, en el marco de la Primavera Árabe, contra el dictador Alí Abdullah Saléh, quien había gobernado de manera continuada al país durante 30 años. Luego de abandonar el país hacia Estados Unidos en Enero de 2012, fue sucedido por su vicepresidente Abd Rabbuh Mansur Hadi, quien había sido anteriormente Comandante de las Fuerzas Armadas de Yemen.

Descontentos por la continuidad de las políticas anteriores, y nuevamente en el marco de masivas protestas populares, grupos hutíes de raigambre chiíta, en rebelión desde hacía una década, tomaron la capital Sanaá, obligando a Hadi a dimitir en Enero de 2015, luego de lo cual éste buscó refugio en Arabia Saudita. A partir de entonces, una coalición liderada por los saudíes con apoyo armamentista de Estados Unidos, Gran Bretaña y otras naciones de Occidente lanzó una ofensiva militar contra Yemen, desencadenando una nueva tragedia humana.

El trasfondo geopolítico del conflicto es la intención de la monarquía saudita y sus aliados occidentales por evitar que Irán, apoyo principal de la facción hutí y uno de los principales aliados de China y Rusia, tenga influencia decisiva sobre el territorio yemenita, al sur de la península arábiga, que tiene una posición estratégica sobre el Estrecho de Bab-El-Mandeb, que conecta el Golfo de Adén con el Mar Rojo.

Este estrecho, de unos 115 km. de longitud es una de las principales vías de tráfico marítimo de comercio y abastecimiento petrolífero, ya que más al Norte, a través del Canal de Suez, el Mar Rojo se conecta con el Mar Mediterráneo, completando así la conexión entre las costas del Asia y Europa y Norteamérica.

De allí también que, en la otra orilla del estrecho, Yibuti, una nación de algo menos de 1 millón de habitantes y una superficie de apenas 23200 kilómetros cuadrados, albergue bases militares de cinco países distintos: Francia, Estados Unidos, Italia, Japón y China.

Según cifras brindadas a finales de 2021 por la ONU, las víctimas del conflicto en Yemen llegarían ya a 377.00 y podrían llegar al millón como consecuencia de la severa crisis humanitaria ocasionada, que según ACNUR afectaría a más de 20 millones de personas. Más de cuatro millones han debido abandonar sus hogares estando hoy en situación de desplamiento interno, mientras que decenas de miles han salido del país. Un portavoz de UNICEF indicó además que el conflicto en Yemen ha provocado la muerte de más de diez mil niños.

No hay espacio para la duda: El único camino posible es transformar la tregua en un acuerdo de paz definitiva, que solo habrá de consolidarse con respeto a la diversidad, una política federativa, la emancipación de las presiones geopolíticas y un espíritu de reconciliación entre la población yemení, víctima, como en otros espacios del planeta, de las apetencias de control estratégico de poderes enfrentados.