Un escenario para la colonización etnorreligiosa del siglo XXI

Los censos realizados durante años en el distrito de Trincomalee, en la Provincia del Este de Sri Lanka, señalan una ligera mayoría numérica y una minoría en sus distintas comunidades. Sin embargo, cabe destacar que, desde la década de 1940, ninguna etnia ha sido mayoritaria en el distrito. «Es la franja más pluralista desde el punto de vista etnorreligioso de Sri Lanka», escribió la comentarista política Tisaranee Gunasekara en una de sus columnas. Habla de la identidad y el espíritu de la ciudad y del distrito, como multidimensional y multifacético, vibrante. Habla de la composición de las comunidades que salpican la zona y conforman su tejido sociocultural. Aunque alberga a tamiles, musulmanes y cingaleses, es una ciudad cuya identidad tiene fuertes raíces tamiles y saivitas.

Esta identidad es, por supuesto, la que se pretende borrar y considerar irrelevante, para luego reinterpretarla como objetos extraños y ajenos que suplantan un milenio de dogma budista ordenado en todos los rincones de Sri Lanka. Al igual que la estatua de Buda que se erigió espontáneamente una noche en el centro de la ciudad en 2005 (defendida militantemente por un monje budista entonces menos conocido, Galagoda Aththe Gnanasara Thero), los pasos dados por el Estado después de 2019, respaldados por un Grupo de Trabajo Presidencial sobre Arqueología en la Provincia del Este, muestran un esfuerzo concertado y contundente para cambiar las dimensiones, la demografía y la identidad de la provincia.

Un grupo de trabajo encabezado por un historiador que no conoce la lengua de los antiguos tamiles, limitado a la Provincia del Este y con la intención de documentar los rastros de las ruinas budistas, y silo de las ruinas budistas, en medio de una provincia históricamente diversa y sensible es, cuando menos, curioso. Hasta finales de 2021, el grupo de trabajo no contó con representación tamil y musulmana: solo dos miembros de los 18 que componen el comité, para representar el 70 % de la Provincia del Este.

Mientras que los militares y los magnates de los medios son nombramientos cuestionables en el grupo de trabajo, lo que más preocupa a las comunidades en Kinniya, Kuchchaveliya o Kannneiri son los poderes que el grupo de trabajo nombrado por el Estado ha concedido a personas como el venerable Panamure Thilakawansha Thero, titular principal del templo budista de Arisimale, sacerdote que ha estado en el centro de la invasión ilegal y de los asentamientos forzosos junto con el área divisional de Kuchchaveli. El Arisimale Viharaya y su titular principal reclamaron el terreno cuando a finales de la década de 1970 y principios de la década de 1980, Cyril Mathew, en calidad de ministro de Industria, se esforzó por asentar a una serie de comunidades cingalesas y construir templos budistas en la zona, con lo que el asentamiento cingalés se remonta a 1977. Como el aparente redescubrimiento de las ruinas budistas en estas zonas ha hecho que el Departamento de Arqueología acordone más secciones, se han concedido más terrenos a los viharayas o templos budistas, como el viharaya de Pichchamal, con estimaciones de entre 320 y 400 acres, según un habitante. El templo de Arisimale ha ampliado así su alcance y presencia, promoviendo a través de un sitio web muy detallado y profesional sus reivindicaciones históricas en la zona.

Captura de pantalla de la página web de Arisimale Viharaya.

Una selección de contenidos audiovisuales de alta definición revela una estrategia bien pensada para atender y llamar a la acción a la comunidad budista cingalesa para que se adhiera a la noble causa del templo, lo que desprende de paso una marca de turismo de peregrinación.

En el siguiente video de GroundViews (subítulos en inglés), dos miembros de las comunidades locales describen cómo se ven amenazados por los avances del Grupo de Trabajo para la Gestión del Patrimonio Arqueológico de la Provincia del Este.

El turismo local, por su parte, desempeña un papel más importante de lo que cabría esperar al desafiar la huella cultural establecida que otras comunidades han tenido desde que se asentaron por primera vez en la costa oriental a principios del siglo XIX. Tras emigrar a zonas más seguras durante las hostilidades de la guerra civil de Sri Lanka, que duró 30 años y comenzó a mediados de la década de 1980, descubrieron a su regreso tras la guerra que sus tierras habían sido tomadas. Si no por los militares, sí por los bosques y, por tanto, acordonados como zona protegida por el Departamento Forestal. Cuando eso resultó insuficiente, la perspectiva de los artefactos y las ruinas esparcidas por la zona que eran anteriores a estos asentamientos pareció atractiva para algunas partes. Se creó un grupo de trabajo. Los vlogs de viajes que se emiten desde la prístina costa oriental suelen señalar a los «extremistas extranjeros» que están destruyendo el patrimonio cultural budista menos conocido del este. El Ejército de Sri Lanka, que aún mantiene su control sobre la zona, no a través de las decenas de controles de carretera y bases sino a través de una fachada de hoteles del Ejército y campos de golf de la Fuerza Aérea, ahora también tiene presencia en lugares significativos pero polémicos como la playa de Arisimale o el Kuchchaveli Pichchamal Raja Maha Viharaya, cuya entrada requiere permiso previo de la Marina.

Las comunidades de la zona admiten que algunos tramos de tierra y de costa a lo largo de la carretera de Pulmoddai tienen un valor histórico y cultural para la identidad budista y, por lo tanto, deberían estar protegidos por la ley. Aun así, la ley no debería permitir nada de lo que ha estado ocurriendo; una reivindicación de una tierra, basada en la creencia de que se ofrecieron flores de jazmín de una viharaya a la estupa de Ruwanweliseya en el siglo I a.C., no debería suplantar a las comunidades existentes que se han asentado y han tenido derecho a la tierra durante dos siglos.

La filosofía budista no se basa en la propiedad histórica. En este video de GroundViews (subtítulos en inglés), Asik Mohamed Ibrahim, de la comunidad musulmana de Kuchchaveli, explica que sus antepasados empezaron a vivir allí hace más de dos siglos, pero que se ven amenazados por estas invasiones forzosas.

En una zona como la división de Kuchchaveli, que es y ha sido históricamente una zona poblada por musulmanes, el aumento de las tierras destinadas a los templos acaba provocando el asentamiento de devotos para rendir culto en los templos, lo que altera el tejido social existente. A esto hay que añadir el acordonamiento de terrenos privados y la denegación de acceso por parte del Departamento Forestal, el Departamento de Vida Silvestre y Conservación y las autoridades de Mahaweli, por motivos diversos y a veces irrazonables.

Las tensiones son elevadas, ya que la pretensión de Trincomalee de estar en el centro de la identidad pluralista y multicultural de Sri Lanka sigue siendo reinterpretada como un lugar homogéneo para una raza, una religión y una etnia.


Este artículo de Pranith WiraSinha apareció originalmente en Groundviews, premiado sitio web de medios ciudadanos de Sri Lanka. Reproducimos una versión editada como parte de un acuerdo de intercambio de contenidos con Global Voices.

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