RELATO

 

 

 

 

A veces siento pánico de la soledad, un miedo profundo que me lleva a sentir cada momento como un nuevo desafío. Es en ese miedo placentero donde encuentro claridad y nace una reflexión profunda que me lleva a lejanos recuerdos. Allí está el viaje de Ulises y su regreso a Itaca; Robinson Crusoe en el interior de una isla, un náufrago superviviente, el capitán Ahab persiguiendo Moby Dick en medio de océanos helados y vientos huracanados.

Es el interior de cada página y recuerdo el que me hace comprender el viaje de los Tuareg en el desierto del Tenere. Una estrella, una luz los guía hacia las salinas de Fachi. Otro viaje al límite de la vida humana es el que hacen los Inuit desde Siberia hasta Alaska detrás de los caribús.

Todos estos viajes se recrean en mi interior cuando encuentro la soledad y siento la lejanía de la ciudad de mi infancia. Es esa pequeña urbe de Dajla asentada sobre la Ría de Oro, una ciudad que mira como el viento de arena desaparece en el pequeño poblado de Argub. Es la soledad de cada momento la que me hace revivir la nostalgia del pasado, en ese naufragio que me ha llevado por muchos lugares sin nunca olvidar aquellas calles. Esas paredes blancas donde se refleja el sol.

La casa de mi padre, la casa de mi abuelo siguen rodeadas del olor del mar. Aquel guiso de pescado que preparaba mi madre y luego me llevaba al colegio por una calle larga y ancha. Allí empezó mí viaje cuando aprendí las primeras letras, pequeños poemas escritos sobre una tabla de madera.

Aquellos versos estaban dedicados a mi abuelo, los que me enseñó mi primer maestro, el hombre de la túnica azul y el turbante negro.

Aquellos lejanos versos decían en hasanía:

يـا بابا فيك لمرو كيف حسنـ

كيف احمدبابا.

Oh Baba, eres altivo y generoso,

como Hasena

como Ahmed Baba.

Cuando volvía de aquella escuela tradicional en la que muchos niños aprendieron las primeras letras, yo siempre recordaba los versos dedicados a mi abuelo. En algún ocasión en un viaje por la tierra de las dunas blancas y las montañas negras, después de haber perdido la ciudad de mi infancia. Llegué a una jaima en el Tiris y nos recibió un hombre y una mujer que habían conocido a mí abuelo en el pequeño poblado de Auserd.

Después de tomar los tres tés tradicionales del Sahara y probar leche de cabra mezclada con agua y azúcar, el hombre de noventa años me miró a la cara y me dijo:

̶ Tú voz me recuerda a alguien, la mirada, esa forma tuya de hablar.

Yo le miré detenidamente y le dije:

̶ Yo soy de la parte sur del Sahara Occidental, de la zona de Río de Oro.

Luego le dije mi nombre, el de mis padres y abuelos. Aquel anciano longevo, le saltaron las lágrimas y me abrazó varias veces.

Luego dijo entre lágrimas.

̶ Tú abuelo era un hombre generoso, lleno de bondad.

Cuando escuché aquellas palabras, recordé los primeros versos que aprendí en hasania dedicados a mi abuelo Baba Uld Hasena. Salí solo a pasear acompañado de la soledad de las dunas del Tiris, miré hacia el oeste de forma desesperada. Quería volver al colegio donde aprendí aquellas estrofas.

Es esta soledad que me trae estos recuerdos y edifica los viajes que hay en mi interior. Una soledad llena de miedo y envuelta de esperanza.