Por estos días se ha revelado una millonaria compraventa, en el paraíso fiscal de las Islas vírgenes Británicas, de la empresa Minera Dominga por parte de la familia del mandatario chileno, Sebastián Piñera, y Carlos Délano, uno de sus amigos de infancia. Carlos Délano junto con Carlos Lavín es uno de los famosos “hermanos Carlos”, a quienes por operaciones financieras fraudulentas en lo que se llamó caso PENTA, en su oportunidad no hallaron nada mejor que darles clases de ética en calidad de castigo. Millonaria compraventa que se realizó bajo la modalidad de tres cuotas, donde el pago de la última cuota estaba condicionada a que no se declarara la zona como santuario de la naturaleza, lo que impediría las actividades de la minera. Decisión que “casualmente”, al final del día, dependería del gobierno encabezado por el mismísimo Piñera.

La razón por la cual muchos recurren a paraísos fiscales para efectuar este tipo de operaciones, así como para depositar sus fortunas, apunta a eludir el pago de impuestos. Los paraísos fiscales son espacios, lugares, países, zonas, caracterizados por su discreción y seguridad, donde a nadie se le pregunta de dónde vienen esas fortunas. De allí que quienes tienen ingresos mal habidos y/o bien habidos pero que no quieren pagar los impuestos vigentes en sus países, opten por este camino. Para ello suelen recurrir a testaferros o palos blancos, amigos de fiar así como familiares.

De esto se sabía, o sospechaba al menos, desde hace su buen tiempo. Existe un refrán que dice que cuando el río suena, piedras trae. En el caso de nuestro presidente es algo que se arrastra desde hace su buen tiempo, desde que alcanzó su primera presidencia, en el 2010. Un factor que debe haber incidido en su elección fue su fortuna. Mal que mal se asume que una persona de fortuna no tiene necesidad de incurrir en malas prácticas.

Craso error. No es difícil identificar a quien le gusta jugar al borde de la cornisa, a quien no se aguanta de jugar sobre la raya, espacio donde se sienten más cómodos. La lista está conformada por conspicuos personajes de todos los pelajes y en todos los rubros. Desde el político hasta el artístico. El innombrable también cayó en esta tentación, en la que probablemente muchos de nosotros caeríamos sin tuviésemos las fortunas que logran amasar en vida en buena y mala lid. La codicia no tiene límites. Los límites los impone la moral, y en los tiempos que vivimos –de neoliberalismo ramplón y rampante- la vara de la moralidad está por los suelos. Por lo tanto no debiera extrañarnos lo que estamos viendo.

Ahí tenemos al actual presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, quien en calidad de candidato tuvo la desfachatez de prometer una reforma tributaria para incrementar los impuestos a los más ricos mientras resguardaba su patrimonio en paraísos fiscales. El mismísimo Piñera, nuestro presidente, declaraba en Ecuador, hace un lustro, en el 2016, que es muy importante que los paraísos fiscales desaparezcan porque muchas veces se utilizan para actividades reñidas con la ley y con la moral, como lavado u ocultamiento de dineros que provienen del narcotráfico o del crimen organizado, o se utilizan para evadir impuestos. Tal cual. Un doble discurso que ya no resiste más.

Podrán darnos muchas explicaciones. Que no estamos ante delito alguno, que se trata de hechos ya conocidos y juzgados, que no se ha incurrido en ilegalidad alguna, o que no se tenía conocimiento de lo que se tejía. El entramado trasciende lo legal cuando de personajes que ostentan altos cargos públicos se trata. Por eso se habla de Pandora Papers, porque se abrió una caja de Pandora que destapó lo que estaba guardado bajo siete llaves por más que se diga que todo es “de conocimiento público”.

Al igual que los ciudadanos de a pie, no me manejo para nada en el pirotécnico lenguaje de los expertos en operaciones financieras off-shore que parecen conocerlas de nacimiento. Mientras nosotros nos acalambramos enteros cuando no extendemos una boleta o cuando no declaramos algún ingreso, vemos como al más alto nivel se birlan recursos al por mayor.

El país ya no resiste más abusos ni corrupción legal por parte de quienes tienen la manija. Se trata de un tema que se arrastra desde hace tiempo y que está en la génesis de la explosión social de hace dos años, en octubre del 2019. Es imperativo decir basta, dejar atrás todo asomo de corrupción “legal” y retomar la senda de la probidad.

 

Foto por Katrina Mulfati en Unsplash