El mayor desafío del profesor Pedro Castillo es «no defraudar a quienes le dieron la victoria» escribe el antropólogo Rodrigo Montoya Rojas. «En su camino, el gobierno irá descubriendo cuántas de sus promesas son posibles o no, y tendrá que aprender “a corregir a tiempo los errores” como aconseja la sabiduría popular.»

Para ello recomienda que el profesor y sus compañeros de gobierno vuelvan a oír con atención los consejos que le dio el sabio uruguayo José Mujica, ex guerrillero, –presidente de Uruguay, competente, limpio y honrado– que escuchó a su pueblo, lo representó con dignidad, se retiró a tiempo, convirtiéndose en un compañero venerable y ejemplar.

Profesor Castillo, una semana en el gobierno: del encanto de los símbolos a la dura realidad política

Por: Rodrigo Montoya Rojas*

Fuente: Servindi

“Votaré por el sombrero”, dijo la señora Victoria Nicolaza Vargas, al final del primer debate televisado de los candidatos presidenciales. Ella es trabajadora del hogar en mi casa desde hace 21 años, migrante apurimeña quechua hablante, con buen dominio del castellano. Ella no había visto nunca ni había oído hablar del profesor. Ese fue para mí el punto de partida para entender la importancia del campesino profesor y su novedad política en Perú. El sombrero, su condición de sencillo profesor cajamarquino con un lenguaje sencillo, signos y maneras, que ella entendió perfectamente. Después de los primeros resultados anunciando su victoria, en una conferencia a solicitud del Dr. Modesto Montoya, en su canal de YouTube, traté de entender su triunfo apelando a un nuevo encuentro de ficción entre los zorros de arriba y de abajo, de Huarochirí y de Arguedas, luego de haberse visto en Chimbote hace dos mil años después de Huarochirí, y después de los encuentros que el grupo teatral Yuyachkani, nuestros yuyas, y del diálogo en Villa el Salvador por el grupo de teatristas Arena y Esteras.

En el universo mítico de Huarochirí, corresponde a los zorros de arriba y de abajo, la tarea de proteger a los habitantes yungas en los valles de Lima y a los quechuas de las tierras tibias y pastores de las punas. Suben y bajan los zorros para saber cómo están. En Chimbote y Lima, los zorros fueron llamados para proteger a los migrantes de la voracidad de los empresarios pesqueros y su mundo de corrupción; de la violencia política, en particular de las fuerzas armadas sobre los migrantes ayacuchanos acusados de terroristas y, ahora, para favorecer y defender la victoria del profesor Castillo sobre la señora K.

En el análisis antropológico el universo mítico mágico de los pueblos es parte de lo que llamamos realidad, palabra que representa el complejo mundo de las vidas cotidianas de ayer, de hoy y de mañana. En un país como el nuestro, la política y el universo mítico tienen espacios comunes, compartidos de manera diferente. En la orilla de las derechas, lo mítico-mágico y místico corre principalmente por cuenta del mito cristiano de la creación del mundo, de la vida y la especie humana, el valle de lágrimas y sufrimiento por tener que pagar el pecado original de tentación de la carne de Adán y Eva, y la esperanza de encontrar la felicidad en el cielo. En la orilla del profesor y sobre todo de sus votantes andinos y amazónicos, cuentan: de un lado, parte de ese universo cristiano católico y los grupos protestantes y; de otro, la realidad llena de encantos en los Andes, la Amazonía y también en la Costa escondida, más allá de las grandes ciudades. El notable espectáculo de la juramentación llamada oficialmente “simbólica” del presidente Castillos en la Pampa de la Quinua, es un ejemplo visible, audible y sensible de ese mundo mágico.

Uno, los símbolos como Cara visible de la luna.

El campesino profesor, tiene el color andino de la tierra, lleva siempre su sombrero chotano, su escuela está en medio del campo; el profesor y su familia trabajan la tierra, arando, cosechando, cuidando de las vacas, corderos, gallinas, cuyes; Lilia, su esposa es campesina profesora como él. En su campaña están presentes la escuela, el lápiz, las primeras letras, el recuerdo del viejo mito contemporáneo de la escuela:

“Porque somos quechuas, porque hablamos nuestra lengua y vivimos de acuerdo a nuestras costumbres y no sabemos leer y escribir, vivimos en el mundo de la noche. No tenemos ojos y somos desvalidos como los ciegos. En cambio, quienes saben leer y escribir viven en el mundo del día, tienen ojos. No tiene sentido quedarse en el mundo de la noche porque debemos progresar para ser como los que van la escuela y tienen ojos. Yendo a la escuela abrimos los ojos, despertamos” (Mito recogido en los ayllus de Puquio en 1975, citado en el libro de R. Montoya, Por una educación bilingüe en el Perú, Cepes, Moscas Azul Editores, Lima, 1990, p. 94).

Su hablar simple y sencillo, plenamente entendible, es del castellano andino diferente al castellano estándar, más o menos común a todos los que lo hablamos y, lejos, de la llamada lengua culta, de escritores y poetas. Quienes se sienten dueños de la cultura en singular se indignan cuando los migrantes confunden la e con la i y la o con la u, los llaman motosos, los desprecian y no quieren saber nada de las culturas en plural, que pertenecen a los pueblos, naciones, patrias y sangres en los Andes, la Amazonía, la Costa, en eso que se llama Lima metropolitana, más allá de la Lima de los señores, agrupada entre San Isidro, Surco y San Borja, lejos también de los cinturones de clases medias y populares de esa vieja Lima que comienza a ser parte del pasado. El profesor no es quechua ni aimara, es un campesino de Puña-Chugur-TacabambaChota-Cajamarca, pero lo vimos identificado con los pueblos indígenas, los afrodescendientes, y acompañado de símbolos de esa búsqueda del Inca, que brotó desde Túpac Amaru I de 1572 y salió a la superficie con Santos Atahualpa en 1742, Túpac Amaru II 1781. Tito Flores Galindo llamó utopía andina a ese ideal andino basado en el Inca y la reciprocidad de la sociedad inca.

Dos, encanto de los símbolos, votos y esperanza.

Los símbolos tienen la particularidad de condensar, sintetizar, reducir segmentos de la realidad, por ejemplo: en una bandera, una prenda de vestir, un verso, una canción. Por eso los símbolos encantan, parecen fragmentos de magia, fácilmente entendibles. Recuerden las frescas imágenes de esa preciosa ceremonia en la Pampa de la Quinua, su cielo azul, sus nubes viajeras, los danzantes reproduciendo la belleza del arco iris al compás de la música, de la melodía de las tijeras, y el frustrado esfuerzo de un joven pintor ayacuchano por entregar al profesor un retrato con la banda presidencial al viento, con gratitud y admiración. En política los símbolos encarnan esperanzas que se traducen en votos y en victorias; también en derrotas, es cierto.

Para ganar el voto popular en 1990, Alberto Fujimori se presentó como “el chinito igual que tú”, despertó simpatías porque el Perú está lleno de chinitos que muchas veces no tienen ni un cinco por ciento de chinos y menos de japoneses. Después, Alejando Toledo, en 2001, tenía un rostro más andino que Pedro Castillo, había nacido en Cabana Norte, contó el cuento bonito de haber sido lustrabotas, de ser en un error de la estadística porque hombres como él no llegan “a la universidad de Harvard”, y fue visto como un triunfador por haberse casado dos veces con la misma señora europea. Fujimori y Toledo ganaron, gobernaron, se sirvieron del pueblo para ganar las elecciones, olvidaron luego y se dedicaron a robar en dólares; más, el primero, porque mientras acumulaba una gran fortuna (de la que casi no se habla), dio órdenes para matar a centenares de peruanos y peruanas acusadas de terrorismo, sin decir una palabra sobre su terrorismo de estado. Vinieron después, Alan García Pérez, su gran fortuna y su suicidio minutos antes de ser llevado preso, por orden de un fiscal sin escapatoria alguna; siguió la serie con los señores Humala, Kuczynski y la señora K, Keiko Fujimori, cuyos juicios son inevitables. En dos palabras, una vergüenza para las derechas que se enriquecieron gracias a ellos y ella, y mil vergüenzas para el Perú entero.

Tres, victoria frente a todas las derechas unidas.

Parecía imposible que un sencillo profesor ganase a la derecha confiada en su victoria en la primera vuelta con algunos de sus candidatos compitiendo con la Sra. K. Parecía inalcanzable aquel 20% su ventaja en la primera encuesta posterior. El miedo –viejo y nuevo de la clase política limeña conservadora y dueña del Perú– obligó a que todos sus segmentos se unan, apelando a todas las armas, mostrando a boca en cuello y pecho descubierto, todo su odio y sus racismos, dividiendo al país en peruanos demócratas, ellos y ellas, sus nosotros restringido; y, no-peruanos, terroristas, senderistas, enemigos de la democracia, precisamente los que tienen el color de la tierra, ellos y ellas que son parte de un nosotros mucho más grande y rico. El sr. López Aliaga pidió que mataran al profesor y el sr. Jorge Montoya (almirante retirado) prometió que las fuerzas armadas saldrían a resolver el problema para salvar la democracia. Hace 200 años que se oye ese discurso y no tienen como salvarla. Como siempre, quedaron atrás todas las preciosas palabras sobre la unidad peruana para resolver el problema de la pandemia, desmentidas por la aparición de un candidato que la derecha no conocía y escapaba a su control.

Mintieron, calumniaron, compraron votos; los burgueses que no conocen la promesa republicana amenazaron a sus trabajadores con despedirlos si votaban por Pedro Castillo y, para probar que no lo harían, debían presentar una foto de su cédula tomada con un celular; como si tuvieran alas, de los archivos judiciales y policiales salieron viejas acusaciones de presuntos delitos aún no probados para enlodar a los aliados del profesor; no dijeron una palabra sobre el pedido de 30 años de cárcel que la fiscalía propuso para la señora K acusada de dirigir una banda para delinquir. Es una vergüenza monumental para el Perú y su incipiente democracia que una mujer con ese prontuario sea admitida en una elección. Frente a ella, el profesor Castillo tenía y tiene las manos limpias. Conviene tener presente que el médico Cerrón Rojas secretario general el partido Perú libre, con una condena judicial, no fue candidato en las elecciones y fue reemplazado por el profesor Castillo.

Con el esfuerzo y el despliegue económico extraordinario, las derechas unidas creyeron que ganarían, apelaron a decenas de triquiñuelas abogadiles para anular los votos del profesor, pero perdieron, con una pequeña pero suficiente diferencia. De modo unánime, todas las delegaciones internacionales certificaron que las elecciones fueron limpias.

Cuatro, desencanto con la otra cara de la luna.

En la primera semana de gobierno del presidente Castillo, comenzaron sucesivas olas de decepción; de un lado, la oposición de todos los segmentos de la derecha y; de otro, de parte de quienes votaron por el profesor. A los primeros les causó horror el color de la tierra de buena parte de los ministros, sus apellidos, el capítulo de guerrillero en la vida de Héctor Béjar (ministro de Relaciones Exteriores) y el retiro de 24 horas de Pedro Francke y Aníbal Torres, quienes se negaron a ser ministros, minutos antes de la juramentación. Con sus garras y colmillos, las y los periodistas voceros de primera línea de las derechas, que se consideran sabios y parecen convertidos en expertos fiscales y jueces, exigieron la renuncia del presidente, del primer ministro y de muchos ministros. Como estas derechas no tienen hoy influencia alguna para sugerir y menos, para nombrar ministros, renuevan su odio mostrado en la segunda vuelta y no tienen rubor alguno en detestar a los ministros que no se parecens en cara ni en apellidos a los ex ministros que ellos conocen bien, tutean y tratan de hermanitos.

Solo en la incipiente república y democracia peruana ocurre que cuando las derechas pierden, hacen valer su derecho de sugerir y atreverse a recomendar nombres, dictarles las medidas que deben tomar, no tocar la eterna constitución del 93 y su sagrado capítulo económico. Esta vez insisten con lo mismo, sin darse cuenta que Castillo no es como ninguno de los ex presidentes.

Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala, Martín Vizcarra o el tal Merino. No se defienden aún los ministros atacados como debieran, para denunciar los racismos que reaparecen contra ellos, más allá de sus cuentas por pagar, ciertas o no, y de su competencia para asumir los cargos recibidos. Una semana después, ya se afirma y repite que “el sr Cerrón vacó en el cargo al presidente Castillo”. Si fuera cierta esta predicción, debería esperarse el final del flamante gobierno en muy corto tiempo. En el Congreso se preparan interpelaciones puntuales con el horizonte de dar un zarpazo final en el momento adecuado. Allí, las fuerzas de Castillo son minoritarias. Si todo esto ocurriera, vaya final sin gloria alguna de la celebración del Bicentenario, que parece haber quedado en un rincón, rumbo al olvido.

Cinco, Lo nuevo viene con lo viejo: sorpresa, improvisación, primeros errores (grande y pequeños).

Aprendimos de la historia que lo nuevo nunca viene puro; está siempre cargado, envuelto y escondido por lo viejo. En el examen que intento hacer de la realidad –llena de misterio, con información insuficiente y cambiante– no dejo de tomar en cuenta dos hechos como punto de partida: la sorpresa y la inevitable improvisación. De ahí parten los grandes y pequeños errores, corregibles o no.

Ha sido ya compartida una información importante: el partido Perú Libre se presentó a las elecciones con el candidato profesor, con la esperanza de ganar unas cinco o seis curules en el Congreso para asegurar una presencia política nacional del partido regional-huancaíno y no limeño. Fue doble la sorpresa: el profesor Castillo pasó a la segunda vuelta y ganó el derecho de disputar la presidencia de la república; el partido obtuvo 37 curules. En los meses siguientes, los líderes consagraron todo su tiempo y fuerzas a ganar la segunda vuelta. ¿Tuvieron tiempo de pensar en la política a seguir si ganaban? Los planes formales presentados al organismo electoral eran insuficientes para responder a los problemas concretos del país. No tuvieron tiempo de formar equipos para ponerse de acuerdo sobre la política a seguir después de la victoria en cada uno de los ministerios como parte de un proyecto global de gobierno.

Fue inevitable la improvisación para encontrar “con el tiempo encima” a las personas que podrían ocupar los cargos mayores. Entre las grietas de la información conocida y los hechos sueltos que van apareciendo, presté especial importancia a una organización que parece creada recientemente, así como en los rostros, profesiones y apellidos de parte significativa de los ministros escogidos. No conocía que existiese una Organización Nacional de profesionales del Perú, o algo así. Con su banderola, llegó un grupo de sus miembros hasta la casa ocupada por el profesor en Breña (no en Miraflores o San Isidro, como casi siempre). Exigían puestos de dirección para los profesionales de provincias. Volvió a aparecer la liebre provinciana: la limeñitud en el banquillo de acusados, ¡basta de jefes limeños! En otras palabras, que los ministros sean como tú, profesor Castillo, “como nosotros, que tenemos el color de la tierra”. Si esta habría sido la línea a seguir, no es atrevido suponer que la competencia y calificación para los puestos no haya sido una exigencia de primer orden; habría bastado y bastaría un título universitario, haber trabajado por la victoria, ser amig@s del Profesor Castillo, del Dr. Cerrón, un poco de suerte, y un apoyo rogado a una virgencita o a uno de nuestros Apus, que en Los Andes son much@s.

En los últimos días el gobierno ha cometido muchos errores: perdió presencia en la Mesa directiva del Congreso dejando libre el camino para que las derechas organicen la oposición dura, ya visible; no tuvo cuidado alguno en escoger ministros con rostros de la tierra y títulos profesionales, sin la calificación y competencia debida para los cargos, sin averiguar sus antecedentes para evitar las embestidas fáciles de las derechas; sus marchas y contramarchas con fechas, horas y ministros que abandonan la sala sin juramentar y lo hacen 24 horas después; su decisión de volver a una peligrosa especie de servicio militar obligatorio de los jóvenes sin trabajo y sin estudios técnicos ni universitarios; su decisión de reconocer una nueva federación de profesores con el abierto propósito de dividir al Sindicato Único de Trabajadores de la Educación Peruana, SUTEP, (El gobierno de Velasco intentó lo mismo y fracasó), lo política y sindicalmente ético es ganar limpiamente la dirección del SUTEP y no dividirlo.

Con la juramentación sorpresiva de Pedro Francke como ministro de economía, las derechas recobran algo de calma, pero ese nombramiento –que representa un paso adelante– no será suficiente.

Seis, desafíos: no defraudar las promesas que le dieron la victoria, corregir a tiempo los errores, y no permitir la naciente esperanza se diluya antes de dar frutos.

No defraudar a quienes le dieron la victoria, es el desafío mayor. Sería fatal que el gobierno mire solo hacia adelante y no vuelva los ojos sobre las consecuencias de las promesas frustradas en el pequeño tiempo de los últimos treinta años: el Apra desapareció en el horizonte, por responsabilidad de Haya de La Torre y Alan García, su discípulo preferido, Fujimori está preso, a Toledo y a su esposa les espera una prisión muy larga, ese sería también el camino de Ollanta Humala y Kuczynski. Si se ve en el espejo de estos antecesores, el presidente Castillo está obligado a ser fiel con sus promesas. Ya el pueblo mostró que su voto va por donde el viento de las promesas lo lleva y no es leal a partido o movimiento alguno. Para ser leal con su “palabra de maestro”, tendrá que cumplir algunas de sus promesas fundamentales. La Constituyente y una nueva constitución no tiene el camino fácil: en los casos de Bolivia y Ecuador, las constituciones fueron el fruto de coaliciones políticas previas, logradas en elecciones y en asambleas constituyentes con amplias mayorías a favor. Este es también el caso de la constituyente chilena, hoy en pleno trabajo; no es el de Perú; aquí, el gobierno como tal, no tiene la mayoría de una coalición que lo defienda; es posible el camino de la calle, pero es demasiado temprano para eso…

En su camino, el gobierno irá descubriendo cuántas de sus promesas son posibles o no, y tendrá que aprender “a corregir a tiempo los errores” como aconseja la sabiduría popular. Para esto conviene que el profesor y sus compañeros de gobierno vuelvan a oír con atención los consejos que le dio el sabio uruguayo José Mujica, ex guerrillero, –presidente de Uruguay, competente, limpio y honrado– que escuchó a su pueblo, lo representó con dignidad, se retiró a tiempo, convirtiéndose en un compañero venerable y ejemplar.

“Te pido por favor, yo sé que la lucha electoral es dura, pero no dejes que en tu corazón se acumule el rencor… cuando salgas de esto tendrás muchas canas… el odio lo único que hace es hacernos perder libertad, sobre todo hipotecar la esperanza… es muy fácil perder [la confianza]…

“Juégale limpio a tu pueblo, no lo engañes y cuando las fuerzas no te dan porque no tienes los recursos, diles la verdad… no es fácil torcer el curso de la realidad a favor de los más débiles”. (José Mujica y Pedro Castillo, Encuentro de maestros, 3 de mayo 2021, YouTube).

Si el presidente Castillo va por ese camino, es posible que la llama de esperanza que encendió en medio del páramo de la política peruana, de derecha y también de izquierda, se mantenga e ilumine el camino a seguir. De lado de la esperanza, están toda la parte andina, amazónica y en parte de la Lima metropolitana. que le dieron la victoria; también los cristianos que no han olvidado la Teología de la Liberación del padre Gustavo Gutiérrez; seguramente, otros intelectuales como yo, que sin perder su pensamiento crítico están en la orilla contraria de todas las derechas y en favor de los movimientos de izquierda que parten de las bases.

Hay en el territorio de la esperanza un ejemplo preciso: el discurso de Héctor Béjar al tomar el cargo de ministro de Relaciones exteriores. El ex guerrillero –nunca terrorista–, ha ofrecido una lección de lo que es una visión política de la situación internacional a partir de la profunda desigualdad peruana. Se trata de una propuesta para cambiar el rumbo de las relaciones exteriores del Perú. Los medios de comunicación, operadores de las derechas y afines, no dijeron nada sobre su discurso, tampoco los escondidos ideólogos de las derechas; solo pidieron su cabeza para que lo echen de ese Ministerio por haber sido guerrillero hace 56 años, olvidando sus años de cárcel en El Frontón, su apoyo al gobierno militar del general Velasco Alvarado, su trabajo profesional, sus estudios y su doctorado en San Marcos, su condición de hombre de izquierda. Ojalá salieran los ex embajadores a polemizar con él; con ideas, sin insultos y sin pedir también su cabeza, por citar parte de un hermoso poema de Javier Heraud:

Porque mi patria es hermosa

Como una espada en el aire

Y más grande ahora

Y más hermosa todavía

Yo la amo y la defiendo con la vida.

 


* Rodrigo Montoya Rojas es antropólogo y escritor peruano, nacido en Puquio, Ayacucho. Profesor Emérito de la Universidad de San Marcos, de Lima, por la que se doctoró en 1970. También obtuvo un doctorado en Sociología en la Universidad de París, y es profesor visitante en varias universidades de Europa y América.

—-
Fuente: Columna Navegar río arriba, portal La mula, publicado en Lima el 3 de agosto de 2021: https://navegarrioarriba.lamula.pe/2021/08/03/profesor-castillo-una-semana-en-el-gobierno-del-encanto-de-los-simbolos-a-la-dura-realidad-politica/rodrigomontoyar/

El artículo original se puede leer aquí