Hacia finales del siglo XVIII, el economista Thomas Malthus publicó un estudio que vinculaba la dinámica demográfica y la dinámica de producción de alimentos.

Esa tesis, luego conocida como “catástrofe malthusiana”, preveía una situación de pauperización mundial para el año 1880.

Según su análisis, el crecimiento demográfico mostraba una progresión geométrica, mientras que la producción de alimentos lo hacía de un modo aritmético.

Como resulta evidente, la catástrofe no sólo no se produjo sino que, tanto el crecimiento de la población como el de la producción de alimentos han continuado su crecimiento.

Que aún perduren deficiencias nutricionales para vastos sectores de la población mundial no se vinculan a la disponibilidad de alimentos, sino a las diversas barreras para su acceso. Estas barreras son de índole político social.

Es interesante rescatar la intención de comprender y operar sobre la realidad social en aquellos años de un positivismo naciente, en los que se hacían notables esfuerzos por quitarse de encima la tapa de cemento de los siglos de oscurantismo medieval.

En las décadas siguientes se haría cada vez más evidente que todo aquello que apunta a comprender lo social y a plantearse hipótesis de intervención, difícilmente son reducibles a fórmulas matemáticas y abordables como si lo humano fuera un objeto de estudio natural en laboratorio.

La desnaturalización de lo humano, tanto en lo existencial como en su dimensión social fue profundizada por sucesivas corrientes y disciplinas teóricas, y en las discusiones epistemológicas, las ciencias sociales se enfocan más en el intento de comprensión del fenómeno humano que en el diseño de un corpus teórico del cual se derivan leyes naturales que habilitan la predicción de su desarrollo.

La noción sobre lo humano en particular y lo social en general, fue transformada desde una idea de fijeza hacia una concepción de permanente transformación.

Una derivación de este cambio de concepción se vincula con los estudios sobre pobreza

Si en un primer momento sólo se apuntó a entender la pobreza desde el análisis del nivel de ingreso, luego se sumaron nuevas dimensiones que estudian las condiciones de vida: son las llamadas necesidades básicas insatisfechas (NBI). Más recientemente, también se incluyen dimensiones cualitativas del tipo de capacidades y habilidades.

Al incluir diversas dimensiones, algunas cuantificables y otras de índole cualitativas, ya no hablamos más de pobreza, sino de “situación de pobreza”, enfatizando en que la pobreza no es una condición naturalizada y eterna, sino es una “situación” en la que una persona o familia o comunidad se encuentra y que es factible de ser transformada.

El mismo criterio vale para la riqueza (planteando aquí riqueza como opuesto a la pobreza).

Pero esto no se tiene en cuenta habitualmente. En una línea contracientífica y contraintuitiva, solemos considerar que los pobres seguirán siendo pobres y los ricos seguirán siendo ricos (con todo el abanico que esto implica).

Si la situación de pobreza es factible de ser transformada, deberíamos considerar lo mismo para la situación de riqueza.

Por poner un ejemplo, en la etapa neoliberal en Argentina iniciada en la década de los ´90, emergió un nuevo conjunto social al que se denominó “nuevos pobres”.

Esta nueva pobreza estaba integrada genéricamente por una clase media profesional, no propietaria y que la transformación del modelo expulsó de sus inserciones laborales y de sus pisos o casas alquiladas hacia una situación de desocupación y nueva modalidades de hábitat.

La renta básica (RB) es un excelente antídoto que permite compensar y contener los cambios sociales coyunturales y que en muy corto tiempo producen impactos importantes en las situaciones individuales, familiares y comunitarias

Usualmente, se asocia la RB con el interés de acabar con la pobreza.

La implementación de un ingreso monetario para todas las personas (universalidad), percibida por cada uno de nosotros (individual), sin ninguna contraprestación requerida (incondicionalidad), en montos que habiliten a adquirir los bienes y servicios esenciales para la vida (suficiencia), desde el nacimiento hasta la muerte (permanencia) acabaría rápidamente con la pobreza, sin lugar a dudas.

Al menos en aquella forma de medir la pobreza por ingresos.

Cuando se dice que los ricos no necesitan de una RB también es correcto, sólo si se cree que esa situación de riqueza está garantizada. Seguramente ciertos niveles de riqueza acumuladas pueden dar cierta apariencia de garantía en que la situación de riqueza es permanente.

Pero esto es sólo otra ilusión más que no tienen ningún sustento en la comprensión de que es el cambio y no la fijeza lo que caracteriza lo social.

Bastaría con una explosión del sistema financiera a una escala aún mayor que la del 2008. Bastaría que por alguna circunstancia se caiga el sistema de datos virtuales, bastaría con que nadie quiera recibir papel moneda a cambio de objetos, bastaría con una confrontación nuclear mundial, o con algún cataclismo a gran escala producto de la alteración del sistema ecológico.

La Renta Básica entonces no sólo es clave para las personas en situación de pobreza actual.

Por la condición de transformación permanente propio de lo existencial y lo social en lo humano, la Renta Básica Universal, Individual, Incondicional, Suficiente y Permanente debería ser una política social a implementar de inmediato y que mejoraría las condiciones de vida de toda la sociedad.

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