Por estos días, luego de que la participación en Chile en las últimas elecciones primarias de candidatos presidenciales fuera muy baja, en donde el foco crítico estuvo sobre la elección de Gabriel Boric del conglomerado Frente Amplio (diverso, de la izquierda hacia el centro pero catalogado por la izquierda popular y sin partido como «neo derecha o social demócrata de jovencitos burgueses bien intencionados de la elite»), que venció por amplia mayoría a Daniel Jadue, el candidato del Partido Comunista, y tal vez uno de los muy pocos políticos que fueron «aceptados» por el pueblo en general (siempre y cuando llegara sin la bandera de su partido), para pisar la Plaza de la Dignidad en plenas manifestaciones sin ser empapelado a insultos, escupitajos y acusaciones de «traidor» (tal como ocurrió con Boric), la discusión pública ha ido retornando hacia los aconteceres del devenir de la Convención Constitucional, en la cual la mayoría de los constituyentes electos pertenecen a la izquierda y de ahí un tercio al pueblo que se movilizó en las calles desde el estallido social.

En ese marco surgió la discusión acerca de los símbolos «patrios», cuando representantes de la ultraderecha -que a diferencia del resto y en particular a diferencia del pueblo, ni siquiera se cuestionan el concepto de «patria»-, comenzaron a agredir y despreciar verbal y públicamente a representantes de los pueblos originarios de Chile, en especial al pueblo Mapuche, sus símbolos y lenguaje ancestral, aunque la misma Presidenta electa por los constituyentes para dirigir al organismo que redactará una nueva Constitución para Chile, sea Elisa Loncón, una mujer mapuche.

El caso es que la polémica no es menor, toda vez que dicha Convención Constituyente es el resultado de la presión popular por una nueva Constitución Política, presión ejercida desde las calles mismas en el proceso de rebelión popular que comenzó con el estallido social de octubre del 2019.

Vaya fecha. Y es curioso, o resulta hasta poético que en Chile estemos en esta etapa inédita (la República jamás tuvo una carta magna emanada, reflexionada y redactada por el mismo pueblo), nacida desde literalmente una «revolución de octubre», pero que no se identifica desde ninguna hoz con el martillo ni desde situarse como proletariado de nadie (por lo cual Jadue no tuvo mayor apoyo en las urnas, aunque sin duda aprecio y respeto popular), sino que se identifica y moviliza desde la representación de una bandera Mapuche (pueblo originario y el único que nunca se rindió a los españoles y que hoy sigue en su lucha por sus tierras y por defender su cultura e identidad), así como desde la representación del símbolo de un «quiltro», el Negro Matapaco, perro mestizo callejero que es de todos y de nadie a la vez y que es «filosofía de la libertad», como reza un canto popular, es decir, representa al pueblo mismo que llegó al colmo de su tolerancia con el abuso.

Por qué el grueso del pueblo movilizado no fue a votar por el único candidato posible hasta ahora y más a la izquierda posible también, y justo en un momento político clave y crítico, creo que no tiene que ver con lo que Daniel Jadue es, sino con lo que no es o deja de ser al ser funcional al Comité Central de un partido, y al levantar una bandera que aunque genera aprecio (para los que somos revolucionarios más viejos) no es la Mapuche, y porque su situación de político de elite o partido que ya gobernó en el conglomerado de «elite política», con los privilegios que aquello presume, lo alejan del perro callejero que somos todos.

Ya no sé cuántas veces le sugerí a amigos de dicho partido político que revisaran esta costumbre de hablar de «nosotros y el pueblo» porque el paradigma dejaba claro que lo único válido para el pueblo se enmarca en todo lo que considere un «nosotros el pueblo». Pero no se puede insistir respecto de lo que no se es, y el simbólico popular del pueblo de Chile es propiedad de todos y de nadie, como el perro callejero del barrio. Un símbolo. Una idea indentitaria. Y que se vive como un orgullo además.

Por eso es que la discusión del simbólico es tan relevante. Es clave, en realidad. Porque algunos en esa Convención Constitucional están sentados solos sobre sus nalgas. Y otros -y un porcentaje decisivo-, lo está junto a todo el pueblo y van desde los constituyentes de la Lista del Pueblo hasta algunos independientes de pactos políticos de centro izquierda más tradicionales pero que salieron desde la validación pública y habiéndose ganado un lugar en la Plaza de la Dignidad de cualquier lugar de Chile.

Y a todos ellos y ellas además se suman las y los representantes se los pueblos originarios, escaños que no sólo son ocupados por indígenas de estas tierras, sino por todo el simbolismo e historia y cultura que conllevan, asunto que le ha puesto el pelo verde de ira a la elite oligárquica chilena y ha significado que hoy estemos insertos en una discusión pública acerca del discurso del odio, el racismo y, por sobre todo, acerca de nuestra identidad y sus símbolos.

Y por lo mismo, ya que está la polémica de los «símbolos patrios», quisiera precisar que me parece que el simbólico suele emanar en dos direcciones opuestas: una es desde el pueblo o de un grupo humano, es identitario y por lo tanto legítimo y legitimado y de alguna forma convoca en torno a principios, pactos, sueños en común, discurso y retórica, lugares, vínculos y amores.

Como el perrito Negro Matapacos, que identifica al pueblo porque el perrito matapacos es el pueblo mismo, es la calle, son los aperraos, los en micro, los que las pelan, los que comparten un sinfín de códigos en común, un lenguaje, penas, luchas, sueños y un gran enemigo en común, claramente. Nadie vino a imponerlo. Se validó solito entre todes. Y es de todes. No puede ser raptado para una bandera específica en particular. Y lo vemos en todas partes además. Matapaco no «está en». Matapacos «es».

¿Captan el poder de eso? Por ello es que convoca y de ahí el peligro. Porque el simbólico siempre siempre moviliza, lo cual me lleva al segundo caso.

Pues bien, el otro simbólico viene en dirección opuesta. Es impuesto o a fuerza o por persuasión por un grupo específico de gente a otra gran mayoría para justamente poder manipular y movilizar o desmovilizar al antojo a esa gran mayoría, a antojo del grupito que impuso el símbolo.

Unificar al cristianismo bajo un sólo símbolo y sus sub-símbolos para dominar Occidente por casi dos mil años… o bajo una svástica nazi para tratar de dominar el mundo por seis años y en la pasada hacer que una nación completa y tan normal como cualquier otra se convirtiera en una nación de psicópatas en distintos grados de letalidad… o una bandera que borrara del mapa a la otra… o un idioma que borrara del mapa a otro idioma… o un discurso con palabras que representan supuestos «valores y principios» que son símbolo de la «civilidad y la evolución» bajo el cual se justificaron los miles y miles de asesinatos, violaciones, torturas y todo el proceso de desarraigo cultural perpetuado por el gobierno de Canadá, la Santa Iglesia Católica, y la sociedad en contra de la niñez indígena de esa nación y que acaba de terminar de salir a la luz frente a un mundo que ya no se banca fácilmente estas atrocidades, porque comienza a cuestionarlo todo en medio de una suerte de ola planetaria de cuestionarlo todo.

El poder de lo simbólico es tan fuerte e incontrolable que contra el primero es que se creó el segundo. Este «contra-símbolo» que los poderosos tratan de imponer todo el tiempo para dominar y claro, vender.

El consumismo, el símbolo monetario, el brillo, el distinguirse de otros y no ser parte de un todo, el valor de lo material, de los bienes que se poseen, el valor de la posesión en sí misma. Todo ello confluye en un universo simbólico que nos fue impuesto en el sentido opuesto, es decir, hacia el pueblo y no desde el pueblo para establecer un comportamiento determinado y control social mediante la ruptura de los lazos que naturalmente como especie tenderíamos a establecer para estar todos mejor, para cuidarnos entre todes, para colaborarnos en lugar de competir. Eso que se llama justamente humanismo.

En definitiva, para esclavizarnos, ya no a fuerza, sino que persuadiendo, para lograr que seamos nosotros mismos los que voluntariamente estiremos nuestros brazos al frente para que nos pongan las esposas y nos quedemos quietecitos para que nos engrillen los pies.

La bandera Mapuche representa para todos los que no pertenecemos del todo a dicha cultura y Nación, justamente algo de la cultura arrebatada, así como nuestro respeto y reconocimiento al orgullo del que no se doblegó al Imperio. Representa dignidad y resistencia y una voluntad de romper en alguna medida con todo aquello que nos ha sido impuesto y con estas cadenas de esclavitud que hemos comenzado a reconocer que llevamos encima, pues este país ya no puede con el peso de arrastrarlas.

Reivindica lo que de mapuche llevamos dentro y es tan potente que nos convoca a todos a la hora de vencer los miedos, tomar las calles y gritar a todo pulmón. Ha sido esta bandera y no la tricolor, por lejos, la más flameada y graffiteada desde el estallido social y durante todo este proceso de rebelión popular.

Y ya que lo menciono, son precisamente estas palabras «rebelión popular» las que resumen a cabalidad el símbolo del perrito Negro Matapacos. Ni más ni menos. Tal cual.

Es incluso más que la rebelión de las masas. Es la de cada vecino y vecina de cada pobla, barrio, pueblo, condominio, toma, comunidad, etc., del país, piense como piense. Es sin bandera política. Es sin religión. No le sobra nadie. Ni la vieja momia (señora de derechas o de discurso fascistoide no muy racionalizado), de la pobla (población o. barrio popular), porque hasta esa vieja momia que vive con una pensión de mierda se fue a poner con pan amasado para la olla común de la parroquia, y estuvo picando cebolla junto con la vieja comunista con la que viven en la misma cuadra desde hace cincuenta años. Ella no es lo mismo que la vieja momia del barrio alto. Si hasta el término «facha o facho pobre» emana de un simbólico popular. «Será facho (neo fascista), pero es facho de mi pobla», es decir, es un esclavo que no ve aún sus cadenas. No es un esclavizador. Por último ya, «es gueona la vieja y qué le vamos a hacer, pero es la abuela del Maicol».

¿Se va entendiendo la diferencia?

Por eso hay que estar optimistas. Porque el pueblo que puso de cabeza este país (literal), y logró lo que ninguna rebelión anterior pudo y que nos tiene por primera vez en toda la historia de este lugar del mundo a punto de escribir quién somos, qué queremos y sobre todo, cómo nos vemos a nosotros mismos, plurinacionales, diversos y populares, lo hizo desde la máxima legitimidad, desde sí mismos con todo el desorden que aquello presume y requiere, y bajo los dos símbolos que levantamos con la fuerza de nuestra sangre: el Negro Matapaco que es un perro callejero que apaña al que protesta con fiereza y que es cariñoso y fiel como todo quiltro que se precie de tal, y la bandera que todos identificamos como Mapuche, nuestro pueblo ancestral y perseguido por siglos que literalmente sigue presentando batalla contra el invasor, contra el ladrón y usurpador, el opresor, el esclavista, contra «el poder y los poderosos», contra el Gran Mentiroso, el egoísta, el destructor. Contra la seducción del mal.

Sólo estos dos símbolos demuestran que Chile sí despertó y que explican que el grueso del pueblo no pesque ni en bajada cuando nuevamente viene quien sea a tratar de imponerle otros ejes simbólicos aunque el discurso reivindicatorio sea casi el mismo.

Por eso la gallada no acepta banderas de partidos, ni argumentos que mencionen «órdenes de partido» ni de comités centrales de la Cochinchina, por ejemplo. No pues, ahí el populacho no se mueve ni se gasta y claramente no se va a gastar en moverse nunca más. Es como en la consigna feminista: «No es No. Cuál parte no entendiste, la N o la O!».

No. Ni órdenes de partido, ni partidos, ni viejos himnos de luchas del siglo XX que no hayan sido validadas por el pueblo mismo en las calles. Un pueblo que dejó la zorra, Don Desmadre en las calles, y orilló al poder rapeando con flow, claros de quién es el enemigo y al que le da lo mismo el mal menor que el mal mayor porque ya vio que al final es igual, porque no tiene que ver con lo que me das, sino con la diferencia respecto de lo que tú tienes y te permites y que responde a lo que me robas, a la injusticia que ya no me banco más.

«Si no hay pan pal pobre, que tampoco haya pan pal rico», me dijo un cabro de la gloriosa Primera Línea en una entrevista que aquí en Pressenza fue traducida como a cinco idiomas, aunque esto signifique (o precisamente porque así será), que el total de la economía del país se vaya al carajo.

O sea, «si de partida no admiten que aquí la mayoría somos pobres y que tu oasis culiao, Piñera, existe más que para cuatro pelagatos inmorales, entonces vamos a ser todos pobres y en la pasada nos devuelven a todos nuestros recursos naturales», precisó alguien en la calle. Puesto en simple, hay para todos igual o nada para nadie. En serio, a fin de cuentas, ¿Qué esperaban que pasara en el país más desigual del mundo en distribución de la riqueza?

En suma, la gallada ya entendió que Chile sigue funcionando como un país-hacienda en que todo es propiedad de unos familiones que se casan entre primos y que además estos empresarios flojos mediocres y miopes no invierten mayormente en industrializar y generar empleos bien pagados y tecnología de avanzada e investigación, sino que se conforman con vivir prácticamente de la renta y de extraer nuestros recursos y venderlos al mejor postor. Corta. Y el resto que se joda. Total son rotos. Inquilinos.

Bueno, pues los inquilinos ya ni siquiera quieren jugar el juego del patrón y le han mandado a guardarse su circo electoral. Nuevamente: Sin partidos. No es No. Y será para el pueblo, desde el pueblo, o no será.

Y si no es un verdadero representante del pueblo mismo, entonces que el que salga de Presidente, es decir, tanto el mal mayor como el mal menor, se vaya agarrando bien de sus respectivos calzones, porque este pueblo se la va a dar con todo, en un viaje sin regreso, con un quiltro negro con pañoleta roja en el cuello ahí en la vanguardia, y con la bandera Mapuche a lo largo de toda la angosta faja de tierra que es Chile, mientras nos late con fuerza en el pecho el sonido de un kultrún.

Riccardo Marinai