Esperar un reencuentro, una caminata por la plaza, el aroma a la esencia de vainilla en los dedos de su compañero Tehuel. 

 

Testimonio de Luciana Leyes

A Tehuel le gusta jugar al fútbol. Soñaba jugar en la primera de Boca Junior, pero una lesión en la rodilla le truncó el sueño a temprana edad. En la actualidad, Tehuel tiene 22 años. Le gusta escuchar a Romeo Santo y Luciano Pereira. Tehuel aprendió de chico a arreglar bicicletas con su padre Andrés y al poco tiempo de conocerse con su compañera Luciana se ganó el apodo de Oompa Loompa. Con Luciana se conocieron por las redes sociales. Intercambiaron por algunos meses mensajes por WhatsApp, hasta que finalmente decidieron conocerse. No pasó mucho tiempo más hasta que empezaron a convivir. Decidieron acompañarse. Seguir conociéndose en un mismo espacio, junto al bebé de Luciana, hasta que, entre los tres, formaron una familia. Pero conseguir un trabajo en época de aislamiento social y portando una identidad trans en la Argentina parecieran ser dos escenarios difíciles de conciliar. “Yo hacía rosquitas y bolitas de fraile y él las salía a vender”, me comenzó relatando Luciana desde su casa, mientras yo tomo nota de cada recuerdo, frase y palabra que me pronuncia. En ese camino de subsistencia y resistencia se movía Tehuel. No se resignaba ante el desprecio y las imposibilidades. Cuando la vida se ponía cuesta arriba, Tehuel decidía salir, insistir, buscar un camino de felicidad lejos de la angustia y la incertidumbre.

“Durante su adolescencia, en el secundario, estaban sus compañeras que lo apoyaban, pero él, por ejemplo, siempre al formarse se colocaba en la fila de hombres y era ahí cuando sus compañeros se burlaban de él”. Tehuel tenía que salir a trabajar porque la situación en la que estaba junto a Luciana era apremiante. Sin embargo, los encuentros con los gerentes y patrones no eran prometedores. “En una entrevista de  trabajo le dijeron que no lo podían tomar porque se podía arrepentir de ser trans y se podía quedar embarazada”. Lentamente comenzó a configurarse en la vida de Tehuel un patrón de violencia, un trato que sólo y aparentemente podía estar dirigido a una persona como él. Un historial de violencia que rápidamente nos explica por qué Tehuel debía elegir en la actualidad una actividad autogestiva y exigirse viajar durante la noche arriesgando su vida en un contexto y en una sociedad que no duda en colocar en tensión y peligro a personas como él, incluso a primera hora de la mañana, durante una entrevista laboral o paseando una mascota en una plaza familiar.

“Tehuel me avisó que su amigo Luis le había propuesto un trabajo de mozo para un evento. Así me lo dijo: ‘su amigo Luis’”. Con Luis, Tehuel no compartió mucho. Se habían conocido en una marcha. Y sólo se comunicaban de tanto en tanto por temas laborales. Luis ya le había ofrecido a Tehuel otro puesto como mozo. “Yo estaba preocupada por Tehuel porque era la primera vez que él salía solo de noche. Siempre salíamos juntos”. Tehuel y Luciana solían salir a pasear con su bebé a una plaza cercana. “¡Estamos complicados!”, le dijo Tehuel antes de decidirse a emprender viaje hacia la localidad de Alejandro Korn dentro del partido de San Vicente. Tenían que pagar la luz –que ya se había vencido–, comprar alimentos para los tres y el hijo de Luciana comenzaba el jardín. “¡Necesitamos el trabajo!”, sintetizó la conversación Tehuel. Tehuel salió de su casa a las 19 hs, pero como el teléfono de Luciana no andaba bien ella no podía captar señal wifi, por lo que Tehuel no le envió un mensaje cuando subió al colectivo y tampoco cuando llegó a su destino. Fue al otro día cuando Luciana intentó llamarlo. Pero no tuvo respuesta. El teléfono estaba apagado. Luciana lo llamó durante todo el día. Incluso le pidió el teléfono a la mamá de Tehuel para probar desde ese teléfono también. Pero el teléfono de Tehuel seguía apagado. El sábado Luciana decidió acercarse a la comisaría de San Vicente y hacer la denuncia. “En la comisaría me trataron mal. Me discriminaron. Cuando les describí a Tehuel, una mujer policía me dijo ‘ah, pero es trans’ de una forma tan desagradable y chocante que todavía me acuerdo. Luego antes de irme, la misma policía me recomendó hacer la denuncia en Alejandro Korn que es finalmente donde desapareció Tehuel”.

Luciana participó de un allanamiento en la casa de Luis Ramos, el principal implicado en la desaparición de Tehuel. “Yo vi cómo los perros iban directo al baño. Por eso pedí que se revisará el pozo del baño. En el patio encontraron la campera de Tehuel, el teléfono quemado y preservativos usados que están siendo analizados”. Tanto la campera como el teléfono fueron encontrados en el patio, mientras que los preservativos fueron encontrados cerca del pozo del baño. Otra de las pruebas contundentes en la causa es una fotografía que se tomó Ramos con Tehuel y una tercera persona (Oscar Montes) durante el encuentro en esa casa. “En la foto yo lo veo nervioso a Tehuel porque cuando él se acerca las manos a la boca y se muerde las uñas significa que está nervioso”. Luciana y Tehuel habían estado en varias situaciones incómodas. Luciana sabe de lo que habla. “Una tarde salimos juntos y un grupo de chicos nos empezó a decir cosas desagradables. A Tehuel le dijeron que deje de fingir, porque él no tenía lo que ellos sí tenían. Lloramos de bronca y por la situación. Pero cerca había también dos señoras mayores que nos alentaron y nos felicitaron”. En ese vaivén se movía Tehuel, antes de desaparecer. En ese vaivén vertiginoso entre el desprecio constante y el abrazo más tierno e ínfimo que dos abuelas pueden ofrecer como resguardo y aliento.

La memoria organiza los recuerdos con un desorden inusual. Tres rosquitas con azúcar brillando en el sol sobre una plaza, un bolero trasnochado que habla de desencuentros, una mancha de mate sobre una gorrita amarilla con el logo de Nike, una pelota que pica desinflada sobre una vereda de baldosas, una sonrisa que se pierde en el movimiento de un video de tik tok. Una pared del conurbano bonaerense con el interrogante, ¿dónde está Tehuel? Un perro que se mueve velozmente hacia el lugar que le señala su adiestrador. Un teléfono que sigue apagado. Dos hombres que se niegan a confesar. Dos personas sentadas en el césped, riéndose ante la cámara que les devuelve una imagen que trasciende la intimidad, el espacio privado y personal de sus vidas.

La visibilidad de las identidades trans no puede seguir estando supeditada a hechos de violencia y desapariciones forzadas. “Vivo se fue, vivo tiene que regresar”, insiste Lucíana convencida y segura, anunciando y pronunciando alguien que espera por su compañero para volver a la plaza, al camino de la ternura en un mundo y una sociedad que se ha acostumbrado a castigar la valentía de expresar y hacer público lo que se es, en el tiempo que sea, en el lugar que sea, contra todo pronóstico, enfrentando todas las imposibilidades que están y seguirán estando incluso en el futuro, sin ningún atisbo de esperanza. ¿Existe una acción y una decisión más genuina, coherente y movilizante que esta? En un mundo que ostenta quedarse detenido en el tiempo alimentándose y viviendo vidas digitalizadas, empobrecidas con compuestos sintéticos, ¿cuántas personas pueden permitirse reivindicar quién se es en cada esquina, en cada plaza, en cada entrevista de trabajo, en cada asistencia laboral, en cada aula, en cada cárcel? A una persona así busca Luciana: se llama Tehuel.

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