Finalizado el conteo de los votos, a casi dos semanas de la votación ya se sabe que ganó Pedro Castillo, un profesor rural de la sierra peruana. Su slogan fue “nunca más pobres en un país rico”. No obstante que ya ha ganado la elección, aún no ha podido ser proclamado oficialmente porque la candidatura perdedora está impugnando los resultados, solicitando la revisión del escrutinio.

La demanda porque cada uno pueda expresarse libremente, porque el resultado del escrutinio en cada una de las mesas sea fiel reflejo de la voluntad de los electores, es un derecho que debe ejercerse y apunta a fortalecer la democracia. Distinto es que se busquen mil y un artilugios para evitar que la voluntad electoral expresada en las urnas sea reconocida. Se está estirando en demasía la cuerda.

Keiko y las fuerzas políticas que la respaldan parecen estar jugando en esta última dirección apostando a una ruptura democrática antes que asumir la derrota electoral. Todas las acusaciones de fraude por parte de Keiko no han sido respaldadas por evidencia alguna, al más puro estilo de Trump. Los observadores internacionales destacados en el proceso electoral han confirmado que las elecciones se desarrollaron con toda normalidad, sin mayores anomalías dignas de considerar que pudieran afectar el resultado final.

Lo que están haciendo los fujimoristas me hace recordar el asesinato del General Schneider en 1970. Ahora, tal como entonces, sale a luz el talante antidemocrático de quienes se resisten a reconocer los resultados de un limpio proceso electoral. Juegan con fuego confiando en que los poderes fácticos o una intervención armada den vuelta el escenario.

Se está adportas de un intento golpista para desconocer el veredicto de las urnas. La mesa está servida dada la frágil situación en que se encuentra Perú. Más allá de la pandemia, que la afecta muy crudamente, la realidad política está marcada por una débil institucionalidad y una elevada fragmentación de partidos políticos, por sucesivos presidentes que han ido cayendo cual piezas de dominó como consecuencia de una corrupción rampante que se extiende a distintos ámbitos, incluido el militar.

A lo expuesto debemos agregar lo que dicen los resultados. En la primera vuelta, ambos contrincantes, obtuvieron menos del 20% de los sufragios, representando ambos candidatos visiones diametralmente opuestas de la sociedad, ya sea en términos de diagnóstico como de propuestas. Además, revelan que si bien uno fue el vencedor, en la práctica hubo un empate, donde cualquier de los dos podía haber ganado. A ello se agrega que primó más la lógica antifujimorismo y anticomunismo que la lógica a favor de algo. por último, el mundo rural e indígena se inclinó radicalmente a favor de Castillo, en tanto que el mundo urbano y profesional lo hizo a favor de Keiko.

En estas condiciones, no es de extrañar que la democracia en Perú, así como en muchos otros países, esté en uno de sus peores momentos, muy debilitada.

Visto así, como una luz en medio de las tinieblas, sorprende que habiendo transcurrido más de una semana desde que se conocen los resultados, no se hayan producido desmanes ni incidentes mayores a pesar de la tensión reinante. El miedo que afecta a las élites peruanas, las ha hecho entrar en pánico ante la inminente llegada a la presidencia por parte de Castillo.

Castillo no es santo de mi devoción, ni mucho menos, pero en democracia los resultados se acatan. Nada aconseja seguir posponiendo la oficialización de los resultados alcanzados en un proceso electoral inobjetable.