Por Joel Zeferino*

Seguí con gran interés los noticieros de esta semana, a causa de la entrega simbólica (la solicitud formal ya había sido presentada de forma electrónica como mandan las leyes) del pedido de Destitución del Presidente de la República porparte de un grupo muy significativo de líderes cristianos de todo Brasil (380 firmaron personalmente el pedido), además de múltiples instituciones nacionales, como el Consejo Nacional de Iglesias Cristianas (CONIC), actualmente conformado por la Alianza de Bautistas de Brasil (ABB), la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR), la Iglesia Episcopal Anglicana de Brasil (IEAB), la Iglesia Evangélica de Confesión Luterana en Brasil (IECLB), la Iglesia Presbiteriana Unida (IPU) y la Iglesia Siriana Ortodoxa de Antioquía (ISOA). Esto es solo para citar a la mayoría, pero muchas otras instituciones se sumaron en este gran esfuerzo.

Sin embargo, además de la repercusión de los noticieros, la cual fue razonablemente grande (desde periódicos digitales, portales de Internet hasta cobertura en televisión de señal abierta), seguí los comentarios de la noticia: “Hasta que por fin se arrepintieron estos hipócritas”. “Nunca es tarde para reconocer sus errores, ahora aprendan de una vez por todas”. “Ellos se buscaron esta desgracia, ahora que se libren de ella”, entre otras tantas reacciones a una publicación que hizo un líder de izquierda, en la que, en teoría, los que comentan también son de izquierda.

Al final, ¿dónde reside el problema? Lo cierto es que, según las encuestas cuantitativas, el 67 % de los evangélicos habría votado por Bolsonaro y cerca del 50 % de los católicos también. Solo los resultados fríos revelarían la verdad aquí: que el 33 % de los evangélicos no votaron por él y casi la mitad de los católicos tampoco.

El problema es que, cuando reaccionamos, nos saltamos los números y pasamos directamente a las generalizaciones. De hecho, debido a la fuerte polarización (claramente utilizada como un instrumento intencional de propaganda por la extrema derecha que alcanzó el poder con la creación fantasiosa de estereotipos que ella misma ayudó a crear: “izquierdistas”, “comunistas”, “feminazis”, entre tantos otros), incluso el bando de izquierda se dejó llevar por análisis cada vez más superficiales, binarios y moralistas.

Es como si se tratase de una película de Hollywood, en la que los héroes y los bandidos alternan los papeles según la preferencia de un grupo de televidentes/aficionados, para cambiar la narrativa de lo que es bueno y malo…

De regreso al día de ayer y a la entrega del pedido de Destitución: lo cierto es que, al contrario de lo que dicta el sentido común, más allá de la hegemonía de un segmento evangélico/católico orquestado y dirigido por personajes nefastos, con intereses casi siempre económicos, políticos y, por qué no, por creerse “especialmente” religiosos, llamados por “Dios” para una misión especial, existe todo un sector evangélico de diversos matices, del neopentecostal (¡sí, existen neopentecostales no bolsonaristas!) al llamado protestantismo “histórico” y también católico, que siempre estuvo en contra del ascenso de la extrema derecha en Brasil.

Además, si pudiéramos regresar en el tiempo, si bien es cierto que en 1964 los grandes movimientos cristianos (evangélicos y católicos) salieron a las calles para apoyar el golpe en las desafortunadas “Marchas de la Familia con Dios por la Libertad”, muchos evangélicos y católicos también estuvieron en la resistencia, en la que muchos de ellos terminaron presos, torturados, asesinados. Fue también en un esfuerzo ecuménico que nació el proyecto que se convirtió en libro, “Brasil, nunca más”, patrocinado financiera y logísticamente por el Consejo Mundial de Iglesias y editado aquí en Brasil bajo el liderazgo del reverendo Jaime Wright –presbiteriano–, y Dom Evaristo Arns –católico–, además del apoyo del rabino Henry Sobel.

Y en la campaña electoral de 2016 no fue distinto: tanto evangélicos como católicos se organizaron en grupos dentro de los partidos de izquierda, fueron a las calles, pusieron resistencia… y perdieron las elecciones, como ya sabemos. Aquí, la clave es comprender de una vez por todas que la tragedia política que hoy vivimos no fue fruto de un solo grupo, sino de la suma de las fuerzas del atraso, del gran poder acumulado en las manos de unos cuantos: una élite de religiosos que hegemonizó y dirigió a la masa de evangélicos, pobres en su mayoría, negras y negros, que votaron en contra de sus propios intereses.

Pero solo lo consiguieron porque contaban con medios de comunicación igualmente hegemónicos. Tenían de su lado una casta política que, a pesar de las victorias aisladas de los bandos de “izquierda”, se mantienen en el poder desde los tiempos en que los procesos de invasión y colonización de esta tierra, Brasil, se volvieron demasiado violentos. Contaban con las élites financieras de siempre. Con las élites “intelectuales” de siempre.

Así que no, no fue ayer que ese grupo de cristianos dijo “¡Fuera Bolsonaro!”. Lo hicieron incluso antes de su elección. Hablando en primera persona, recuerdo que el día del criminal Proceso de Destitución de la presidenta Dilma, yo me encontraba en las calles gritando contra ese absurdo, junto a una gran coalición interreligiosa. En la campaña de 2016, estuve en las calles en diversos actos, con multitudes e incluso con grupos pequeños, escribiendo, posicionándome todo el tiempo, hablando de la incompatibilidad total entre ser cristiano y votar por un verdugo.

Es por este motivo que el pedido de este martes (26), del cual soy uno de los 380 firmantes, no me ha sorprendido. Sigo/seguimos estando donde siempre estuvimos: del lado de los pobres, de los que sufren, contra toda forma de injusticia y explotación. Como dice la canción del querido y añorado reverendo João Dias, presbiteriano exiliado por oponerse al golpe del 64: “¿Qué hago si soy cristiano? (…) A los poderosos predicaré, a los ricos les anunciaré que la injusticia es contra Dios y la vil miseria insulta los cielos”.


Traducción de portugués por Kimberly Alarcón

 

*Joel Zeferino es pastor en la Iglesia Bautista Nazareth, Salvador (Bahía). Bachiller en Teología y Licenciado en Filosofía, escritor y músico. Ocupó el cargo de presidente de la Alianza de Bautistas de Brasil y la vicepresidencia de la Coordinación Ecuménica de Servicio – CESE.