Más allá del choque cultural entre el Occidente Blanco y China

16.08.2020 - Nueva York - David Andersson

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Más allá del choque cultural entre el Occidente Blanco y China

El 22 de julio, el Texas Tribune informó que la administración de Trump había ordenado el cierre del Consulado Chino en Houston. El Gobierno chino tomó represalias cerrando el Consulado de los Estados Unidos en Chengdu, capital de la provincia sudoccidental de Sichuan. Chengdu era un importante puesto diplomático de los Estados Unidos, que abarcaba gran parte del país, incluida la controvertida Región Autónoma del Tíbet. Antes de estas guerras de consulados, la mayor tensión entre los dos países había sido por la red 5G, ya que los gigantes de las telecomunicaciones chinas Huawei y ZTE controlan ahora alrededor del 40% del mercado mundial de la infraestructura 5G. El Fiscal General de los Estados Unidos, William Barr, dijo en su discurso en una conferencia en Washington que permitirle a China establecer un dominio 5G no sólo era un «peligro monumental», ya que Beijing podría utilizar la tecnología para el control y la vigilancia, sino que «lo que está en juego es mucho más importante que eso». El Sr. Barr afirmó que por primera vez en la historia, Estados Unidos no es el líder en un sector tecnológico importante que sustentará la innovación futura. Esta frase, viniendo del Fiscal General del país más capitalista del mundo, es asombrosa. Después de todo, ¿no es la competencia la idea del juego?

Esta situación, sin embargo, tiene mucho más que ver con la cultura que con el dinero y el capitalismo. Por un lado tenemos lo que llamo el Occidente-Blanco que ha estado dominando y controlando la mayoría del mundo por más de dos siglos, imponiendo sus valores, religión y estructuras sociales y económicas a través del uso de la violencia en todas sus formas. El 29 de julio, Pressenza publicó este artículo «Golpearemos a quien queramos: Elon Musk y el derrocamiento de la democracia en Bolivia», que demuestra la actitud en la que se basa la agresión. En Asia tenemos a China, con cuatro mil años de civilización, que se ha convertido en la segunda potencia económica mundial en 20 años, asumiendo el liderazgo en materia de nuevas tecnologías, energía verde y asociándose con más de 70 países en una iniciativa conocida como la Nueva Ruta de la Seda. Charles Parton, ex diplomático de la UE en China, dijo al Financial Times, en junio de 2017: No hay duda de que China se está convirtiendo en un peso pesado en sentido geopolítico, entrando por la brecha dejada por los Estados Unidos en materia de libre comercio y cambio climático. «A medida que algunos países occidentales retroceden levantando ‘muros’, China se las arregla para construir puentes, tanto literales como metafóricos», decía un reciente comentario de Xinhua, agencia estatal de medios de comunicación china.

La dinámica de esas dos culturas se ha transformado totalmente: la China cerrada e introvertida se ha vuelto mucho más abierta y busca asociarse a nivel mundial, mientras que el Occidente Blanco está cerrando esas puertas y volviéndose introvertido, como lo demuestra el Brexit del Reino Unido y el muro con México de los EE.UU., país que se ha salido del acuerdo de París, ha renunciado a la OMS, y así sucesivamente.

Lo que está sucediendo entre el Occidente-Blanco y China impactará en el futuro de la humanidad y por lo tanto nos concierne a todos. No podemos permitirnos el lujo de entrar en otra Guerra Fría, con el consecuente aumento de las tensiones y los países de todo el planeta se ven obligados a elegir un bando. Tenemos que encontrar la forma de superar el dominio cultural -el patrón de miles de años de historia humana- y entrar en una era de convivencia y cooperación cultural. Es un momento en el que cada cultura tendrá un papel que desempeñar, pero cada una también tendrá que estar abierta al cambio. Para avanzar en esta dirección, hay unas pocas preguntas que necesitan respuesta: 1) ¿Podemos ver al Occidente Blanco coexistiendo con otras culturas en paridad, como iguales?; 2) ¿Cómo podríamos animar a otras culturas, como a las comunidades indígenas, musulmanas e indias, a asumir un papel de mayor liderazgo? y 3) ¿Qué es lo que mi cultura necesita cambiar para ayudar al resto de la humanidad?

Si hubiera un momento para aplicar plenamente la propuesta de una Nación Humana Universal, sería ahora mismo. Para ello, necesitamos definir bien cómo las culturas interactuarán y se asociarán entre sí. No se trata de una cuestión de dinero, mercados o algo así, estos son temas secundarios, sino que se trata de tener una fuerte imagen del futuro donde las culturas se entiendan, confíen, trabajen, se asocien entre sí y se comprometan a resolver cualquier conflicto sin usar ninguna forma de violencia.

 

 

Categorías: Asia, Asuntos internacionales, Cultura y Medios, Humanismo y Espiritualidad, Internacional, Norteamérica, Opiniones
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