Negro sobre blanco

05.07.2020 - Sevilla (España) - Miguel Ángel Gayo Sánchez

Este artículo también está disponible en: Francés, Italiano

Negro sobre blanco
(Imagen de Aaron Blanco Tejedor/Unsplash)
RELATO

 

Querida señora:

Resulta una osadía por mi parte camuflar esta carta entre los paquetes de pañuelos que le entrego cada mañana a cambio de la voluntad. La premura en la que se basa nuestra relación así lo impone: el semáforo deviene en rojo y usted detiene el vehículo, yo levanto la mano, espero un gesto de asentimiento, usted baja la ventanilla, me acerco, hacemos el intercambio (dejo constancia aquí de que su voluntad excede con creces la generosidad de los otros conductores) y, cuando trato de iniciar una pequeña conversa, el maldito semáforo transmuta en verde.

Me llamo Malick y nací en el Senegal. Puede que recuerde mi nombre (un día se lo grité tras una inusual sonrisa por su parte mientras se alejaba impelida por los otros conductores). Sí, Malick, el muchacho negro del semáforo camino de su trabajo; el que siempre ofrece sus blancos pañuelos a cambio de la voluntad. Quizás el hombre más negro que usted haya visto en toda su vida; seguramente el de los pañuelos más blancos que se puedan encontrar (yo trabajo siempre con primeras marcas, a diferencia de otros compatriotas que ahorran en los costes).

Hoy hace justo un año que usted bajó por primera vez la ventanilla y solicitó un paquete de pañuelos. ¿Cómo lo puedo saber con tanta precisión? La tristeza en su mirada alteró mi rutina y fijó la fecha. “Secará sus lágrimas en mis pañuelos”, pensé aquel día. Y es que la venta ambulante activa en las personas que nos dedicamos a ella los resortes necesarios para la supervivencia. Uno de ellos, la capacidad de vislumbrar las necesidades que se ocultan tras los rostros de seres desconocidos. Usted necesitaba aquella mañana secar la tristeza de su alma y yo, torpe de mí, sólo le puede ofrecer pañuelos de papel con los que empapar sus lágrimas.

Un año justo desde aquella primera vez, casi un aniversario, de ahí el atrevimiento de esta carta.

Poco sabemos el uno del otro a pesar del tiempo transcurrido. ¿Cómo explicarle en unas breves líneas la añoranza por mi tierra? ¿Cómo transmitirle los sonidos que acompañaron mi niñez, la algarabía de las calles en las que me hice hombre, el susurrar del viento sobre las copas de los baobabs, nuestros árboles sagrados del Senegal… ¿Podrá usted comprender el desgarro que sentimos las almas errabundas?

¡Quizás pueda! También a usted parece que el alma se le quebró en algún momento (perdone mi indiscreción, pero al poco tiempo de aquel día en el que reclamó por primera vez mis servicios, pude observar que dejó de utilizar la alianza que portaba en el dedo anular de su mano derecha).

¡Su mano y mi mano! El único contacto entre los dos. Piel contra piel. ¡Negro sobre blanco! Y es que la vorágine del tráfico dificulta nuestra relación y nosotros lo compensamos alargando el roce durante el intercambio comercial.

Cuenta una leyenda de mi país que los dioses regalaron a los seres humanos dos luminarias para alumbrar las tinieblas en las que vivían. A uno lo llamaron Sol, e iluminó el día; al otro Luna, e iluminó la noche. Ocurrió que el osado Sol se atrevió a contemplar la desnudez de los dioses mientras se bañaban. Los dioses lo castigaron, y desde aquel día nadie puede contemplar durante mucho tiempo su belleza (de ahí la quemazón que nos produce si alzamos los ojos directamente hacia él). A la Luna, respetuosa con la desnudez de los dioses, le fue permitido el don de ser admirada. Su cálida presencia inspira el corazón de los enamorados desde el inicio de los tiempos.

¡Usted es la Luna que contemplo cada mañana y que recuerdo cada noche! ¡Yo soy el Sol cegador que se refleja distante en el retrovisor de su automóvil mientras se aleja! Y así seguirá siendo mientras los prejuicios de esta sociedad se impongan sobre nuestros afectos.

Pudiese ocurrir que un día los dioses levantasen tan injusto castigo. Entonces el Sol y la Luna se mirarían el uno al otro y vivirían un amor eterno. Yo espero, junto a mi semáforo, la llegada de ese venturoso día.

Malick


(Este relato fue distinguido con el 1º Premio en el V Concurso de Cuentacuentos La Ciudad de las Mil Culturas organizado por SOS Racismo)

Categorías: Cultura y Medios
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