Por Pierre Boquié

Lo más difícil para un individuo, en tiempos de crisis, es preservar su integridad a toda costa.

Muchos piensan que el poder está confiscado por unos pocos, mientras que esta crisis de Covid-19 pone de manifiesto lo que todo el mundo pudo notar: la fragilidad de un sistema que puede ser sacudido por un solo hecho importante.

Colectivamente delegamos el poder a unos pocos, tal vez a los más ambiciosos, pero se los delegamos. Por falta de unidad, de objetivos comunes claramente identificados, a veces hasta el punto de desgarrarse unos a otros en defensa de intereses aparentemente contradictorios. Algunos han entendido el refrán « divide y vencerás ».

Siempre me sorprende la diferencia entre las ideas que se exponen públicamente, cuando nos expresamos por ejemplo en las redes sociales, y aquellas, mucho más matizadas, que confiamos en la intimidad de una conversación. A veces me digo que bastaría si simplemente invirtiéramos las cosas: que nos guardásemos toda la rabia y la acritud y ofreciéramos a los otros lo mejor de nuestra fragilidad, de nuestra humildad, de nuestras inquietudes… de nuestra humanidad, para decirlo de forma sencilla. Esto calmaría el debate, fomentaría la escucha y el diálogo. Ya que, al fin y al cabo, es en el consenso que se pueden encontrar y aplicar las políticas que benefician a la mayor cantidad de personas.

Mantener la integridad significa volver siempre a sus fundamentos, creer realmente en ellos. Contra viento y marea. Estar dispuesto a perderlo todo por ellos, exteriormente, socialmente, estando convencido de que el verdadero poder es el poder sobre uno mismo. Es en sí mismo que se puede conservar lo más valioso que poseemos.

Me viene el recuerdo de la escena de una película que me marcó profundamente y que puedo ver una y otra vez, traspasado por la misma emoción. Se trata de una de las escenas finales de Sophie Scholl: los últimos días, de Marc Rothemund. Dura apenas dos minutos. Los hechos relatados en la película son rigurosamente exactos, los diálogos fueron tomados de los archivos desclasificados.

Condenados a muerte por distribuir panfletos anti nazis, tres jóvenes estudiantes alemanes van a ser ejecutados apenas algunas horas después de haber recibido la sentencia. Una guardiana de la prisión, compasiva frente a la trágica suerte de esas vidas destruidas en la flor de la edad, les permite verse por última vez, antes de ser llevados separadamente al patíbulo. El encuentro se produce sin que ninguna palabra sea pronunciada. Todo está en la intensidad de las miradas que se intercambian. Los actores actúan de una manera tan sutil que vemos pasar toda la gama de emociones posibles en esos momentos. Y lo que domina no es la angustia de su inminente final, sino una especie de tranquilidad grave, yo diría casi como un sentimiento de haber ganado contra el adversario. No contra la adversidad del régimen que los condena, ni tampoco la de los hombres que realizan esas sórdidas acciones, sino más bien una victoria sobre ellos mismos. Siguen siendo hombres y mujeres de pie. No han renunciado a los valores en los que se basa su humanidad.

Como espectador, puede que estés abrumado por lo trágico de la situación, por la injusticia que hace patente, pero es sin embargo este sentimiento de elevación, esta clara dirección a la que apunta, que te deja a la vez destruido y agradecido, mientras pasan los créditos del final.

Me gusta recordar esos comportamientos heroicos en tiempos difíciles. Me ayudan a soportar, me muestran el ejemplo. Soy falible y a veces eso me obsesiona.

« Ya que las guerras comienzan en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres que deben elevarse las defensas de la paz. » Constitución de la UNESCO.


Traducción del francés por Beatriz Leclerc