Por Soledad Fernández

Estoy escribiendo estas palabras saliendo de La Paz este Domingo primero de diciembre. Son las 20 hs y luego de pasar una jornada maravillosa y plagada de emociones y hermandad en la casa de las Bartolinas. Pasan las luces de La Paz frente a mis ojos y en un claro descubro la forma de un corazón y me largo a llorar, mañana estaré en mi país, a salvo, pero mis compañerxs y hermanxs se quedan aquí. Perseguidos después de haber visto el horror, con el pecho oprimido de impotencia, protegiendo a sus hijxs, para resguardarlos de tanta injusticia.

No me fui junto a la comitiva Argentina que vinieron también a recoger testimonios de las violaciones a los derechos humanos cometidos durante las últimas semanas en Bolivia. Ellos se fueron también envueltos en persecución y hostigamiento.

Mi llegada a Bolivia se retrasó porque viendo lo que ocurría con los compañerxs llegados de Argentina, preferí cuidarme. Esperé en La Quiaca, pasé luego por Villazón con un nudo en el estómago, por las dificultades que me presentaban en la Aduana. Mientras esperaba el bus para La Paz conversé con las dos mujeres que me vendieron un guiso caliente. Me comentan que no lo quieren a Camacho, que junto con Mesa son los culpables de “semejante masacre”, que con Evo “había tranquilidad”, que “siempre tenían para vivir” y que desde que tomaron el poder con ayuda de los militares, “las personas no gastan”. Entre ellas se cargaban por algo que no les gustaba y se decían “vos sos una Camacho”. Callaban cuando se acercaba alguien y luego seguían con la charla, cuando se alejaba la gente. “Acá mucho no se habla”, para no provocar, “cada cual piensa diferente y para qué vamos a pelear si tenemos que vender”, explicaban.

Yendo al baño escucho por los parlantes de la estación los nombres de los candidatos “Camacho”, “Mesa”, “Añez”, alguien comenta “Si ya largaron la campaña y no avisaron a nadie, cómo vamos saber sin el Evo a quien tendremos que votar”.

Al subir al micro, quien está al lado mío se sorprende de que viaje sola, “sin su marido tenga cuidado, porque muchos se van a querer aprovechar de una mujer sola”. No tiene sentido que le explique en realidad estoy con mi familia y mis compañerxs que me ayudan a distancia, facilitándome las cosas a cada paso, porque si bien estoy “sola”, todo trabajo es colectivo.

Además del paisaje hermoso, en cada parada se veían las pintadas en favor de Evo Morales de la última campaña electoral “Evo sigamos adelante”. Tras quince horas llegamos a Oruro, donde sube alguien que pese a ser noche cerrada, insistía en hablar “yo estube en la masacre de Senkata, por aquí en este árbol estaba la gente del MAS repartiendo armas, aquí se subían a disparar a quienes estaban movilizados, entre ellos mismos se mataban”. Mi vecina me aconseja que ni lo escuche, mientras el hombre decía bien fuerte, para que pueda oírlo “estos argentinos no saben nada, quieren hacer lío acá, cuando las personas de bien sabemos cómo fueron las cosas, no nos van a confundir”.

Contacto

Vuelvo a tomar contacto con el equipo, -llegué, estoy segura-. Me pasaban números para contactar con la comisión argentina y compañerxs dirigentes, el trabajo era conciso, no tendria que quedarme más de dos días. El tiempo de hacer algunas entrevistas, ver el panorama e irme, es mi primera vez en La Paz. ¡Una ciudad gigante, implacable, aplastante!

Hablo con Daniel Catalano, en ese momento me recomiendan que no me una a ellos, porque estaban en un momento complicado, quedo en contacto con gente del MAS. Pasado el mediodía voy a su encuentro, me subo al increíble teleférico naranja y una mujer se me pone al lado. Dejo pasar uno y ella también, nos subimos al siguiente con una pareja y comienza el interrogatorio.

– ¿Argentina?

– Sí.

– ¿De dónde?

– Del sur.

– ¿Ya vino a la Paz?

– No, la primera vez, de paso solamente.

– ¿Dónde está alojando?

– En el centro, cerca de la iglesia.

Y ahí mismo comienza a hablar mal de Evo con los otros pasajeros, quienes solamente se limitaban a decir “claro”, “mmm”, “tal vez”.

Luego de indicarme cómo combinar con el teleférico rojo me recomienda tener cuidado, que ande en lugares seguros, que Bolivia “está fea para los Argentinos”, fue su despedida.

Subo a dos teleféricos más, luego camino cuesta abajo y llego al centro de El Alto. Por miedo a que me estén siguiendo, le pido al Tano, que venga a buscarme. Me lleva a la casa donde están todos, con una montaña de bolsos y me ofrecen algo de comer, ahí me di cuenta que llevaba muchas horas sin haber comido nada.

Organizan todo para realizar la conferencia de prensa, antes de irse del país. “¿Viste el hotel 5 estrellas en el que estamos?”, me dice irónicamente en referencia a lo que andan diciendo los medios bolivianos para criticar a la comitiva argentina. Era mucho mejor que en el que yo me estaba alojando en La Paz, pero no tenía nada de lujoso.

En la conferencia leyeron un comunicado frente a los medios locales que se acercaron y contestaron algunas preguntas. En la mesa son seis sentados, todos con cara de extenuación y detrás unos cuantos parados sosteniendo una whipala.

Las preguntas de la prensa adicta al gobierno golpista fueron inquisidoras, sin embargo las respuestas fueron concisas y claras. Ellos se van rápidamente, como estaba previsto.

Converso con algunas de las personas que ayudaron a la comitiva, quiero saber su opinión de cómo se llegó al golpe de Estado. “El paro indeterminado de los médicos fue una pieza clave para crear conflicto y malestar”, me dicen. Si bien ellas no ocupan ningún cargo, las obligaron a rendir cuentas, dar datos sobre su familia, de trabajo, números de cuentas, saben que van a ser investigadas y que intentarán culparlas de desacato. En las universidades se perdió el año, no hay notas, se persigue ideológicamente a estudiantes y profesores, me cuentan de las amenazas. Un panorama terrorífico.

No seguimos conversando porque ellas estaban en permanente tránsito, no se quedaban mucho tiempo en ningún lado, para evitar represalias.

Vuelvo a mi hotel, misma rutina de avisar a todos que “estoy bien”, se hace complicado moverse en la altitud, mejor descansar temprano.

Domingo

Mi contacto del MAS me ayudó a programar una serie de entrevistas cerca de donde me alojaba. Tras la partida de la comitiva, mi presencia sería más notoria y no tenía los apoyos con los que contaban los otros compañeros.

El recibimiento de las compañeras fue maravilloso, muchos abrazos y muchas cosas para conversar. Habían preparado un espacio para las entrevistas y allí me puse manos a la obra con Segundina, para que luego se sumara Guillermina.

Comí con ellas, en un salón dormían muchas más compañeras. Beymar me dijo mientras esperábamos el asado “La sangre de mis hermanos va a juzgar a los traidores, sé de qué lado de la historia estuve”. Mi corazón comenzó a latir rápidamente, se me hinchó el pecho de sabernos en el mismo camino.

Laura entra con una bandeja con dos paltas, queso de cabra y pan casero para que vayamos picando. Continuamos la charla con los pormenores del acuerdo, que tiene que votarse esta semana. Luego nos llaman a comer, en la mesa al aire libre estaban ya sentadas Guillermina y Segundina, que me dice “ya ve hermanita, no me han dejado irme todavía”. A comer con nosotras se sumó David, quien me ayudó a descubrir las distintas regiones de Bolivia. El encuentro estaba plagado de hermandad, risas y distensión.

Mientras se iban yendo, conversé con Santuza, que aprovechó el bello día para lavar ropa y entre fregada y fregada me cuenta que tiene hijos chiquitos, de 4 y 6 años, y que los tuvo que dejar, uno de ellos le preguntó “si se iba para volver a traer a Evo”. Me cuenta que es de Cochabamba y que nunca más se va olvidar de sus hermanos y hermanas muertos.

Invadidas por el silencio, Santuza eligió cambiar de tema. Me fui a hablar con David, quien en un momento se quiebra y me pide que deje de grabarlo. Nos ponemos a llorar y en eso entra Santuza quien nos reta y nos dice “tienen que vernos firmes”. Nos secamos las lágrimas y continuamos la entrevista que habla de la recuperación de los idiomas originarios, de sus creencias religiosas. También pude entrevistar a Santuza, que se negaba, pero finalmente aceptó. Santuza es una mujer pequeña de porte, de muy pocas palabras, pero de enorme contundencia. Antes de irme, me regaló una chalina de las Bartolinas de recuerdo.

Las paredes del lugar estaban llenas de fotos de las actividades, de los grupos, de las comunidades, todo me resultaba muy familiar, muy parecido a lo que existía en la sede de la Tupac Amaru en San Salvador de Jujuy, antes de que pasara el huracán Morales.

 

Nos sacamos fotos todos juntos y nos abrazamos profundamente. Al salir vi dos hombres que se levantaron de unos bancos que había frente a la casa. Primero no le dí importancia, pero pronto caí en la cuenta de que me seguían. Uno muy pegado y otro a cierta distancia, aceleré el paso para llegar a la terminal.

Corrí entre la gente para tratar de perderlos, pero siempre volvía a aparecer alguno de los dos. Le escribí por celular a la gente de la casa, pero no tenía señal. Comencé a sacarles fotos a los dos hombres, que intentaban cubrirse la cara. Encontré mi micro, subí y tras acomodarme, vi que me miraban fijamente desde el andén. Rompí a llorar, pensando en que esto que para mí era un susto de despedida, era la cotidianeidad de mis hermanos bolivianos.

Edición de Mariano Quiroga