¿Por qué el Brasil de los sin techo está tan distante del país de los obreros del ABC, aunque algunos personajes parecen confundirse? ¿Cómo mantener la esperanza y dialogar con los invisibles en medio de la marea baja?

Cuando Guilherme subió a aquel camión para dar un discurso en una noche fría, con su voz ronca, no dejó de recordarme a Lula del ABC a inicios de los años 80. Las luces de la dictadura militar comenzaban a desvanecerse y el proceso de industrialización forzada con años de crecimiento económico que excedía la tasa del 10% del PIB por año, había formado la clásica clase obrera en la ciudad más grande del país. En aquel momento, la convergencia entre los intelectuales marxistas, entusiasmados por ver la materialización de su categoría analítica central, y obreros sindicalizados que no necesitaron leer a Marx para sentir en la piel los años de represión salarial y la erosión de su poder adquisitivo frente a la inflación. Se formó lo que se convertiría en el más grande partido de izquierda en la historia del país, el Partido de los Trabajadores.

Tampoco pude evitar recordar a Lula, quien está preso en Curitiba, y que el proceso que lo llevó tras las rejas fue descaradamente forjado por un sistema de justicia que hace poco reveló su modus operandi, sin dejar lugar a duda sus intenciones, pero también recordé a las compañías de construcción como la OAS y Odebrecht. Además de figuras como Palocci, quien levantó los puentes entre los dueños del dinero y el gobierno que empezaría en 2003. Vale la pena recordar que la OAS y Odebrecht fueron las más beneficiadas por el crecimiento económico de la dictadura, y siempre mantuvieron relaciones cercanas con el poder político.

Pero la historia es impecable y parece que terminaron usando una black tie (corbata negra).

Aquella noche fría, al escuchar la voz ronca de Guilherme, no pude evitar notar la composición social de quienes lo escuchaban. Además de los jóvenes estudiantes y abogados de la OAB, lo que más pesaba era la periferia. No aquella clase obrera clásica y organizada del ABC, disuelta por la “reconstrucción productiva” y por otros factores, sino una organización de trabajadores de “servicios”, una amalgama compuesta de empleadas domésticas, mucamas, “ayudantes” de algo, repartidores, vendedores ambulantes, desempleados, entre otros. En resumen, aquellos que la vida les impone un sacrificio diario por la manutención de la existencia, objeto de controversia entre los sociólogos (lumpen, subproletariado o como quieran llamarle).

Sea como sea, el materialismo histórico enseña una verdad: La lucha por la existencia material precede a cualquier concepto, y Guilherme se dio cuenta de esto.

Me doy cuenta que he perdido mucho tiempo pensando que debería convencer a los propietarios de uno o dos apartamentos pequeños para que reflexionen que es justo que una familia (que de otro modo dormiría con la cara en el asfalto o en una barraca de madera) ocupe un edificio vacío, por lo general, heredado de alguien que, por sus deudas millonarias del IPTU lo mantenga cerrado esperando la “valorización” del sector para venderlo, o lanzar algún emprendimiento. La afrenta de la propiedad privada siempre ha conmocionado a los de la clase media que piensan que el problema es con ellos. Es imposible disuadirlos, es necesario librarse de esta cobardía pequeño-burguesa.

Nadie va hacer nada por nadie y Guilherme lo notó. Por eso la lucha de los movimientos de vivienda es imprescindible. No es Boulos, u otro líder quien hace algo por alguien. Son las mismas personas que tienen consciencia de su situación, y luchan en colectivo; lo que requiere organización, sacrificios individuales, y sí, liderazgo y dirección.

Brasil no es el mismo que a inicios de los años 80, pero continúa siendo un país terriblemente desigual. Donde la distribución de la renta es una tragedia y una lucha material por la existencia digna que se impone diariamente a la parte expresiva de la población. La lucha por la vivienda digna es apenas un bastón. Sin embargo, es esencial para aquellos que no lo poseen. Además, la experiencia colectiva de Frente Povo sem Medo, parece develar que, si quienes luchan por el derecho de tener donde vivir notaran que esta es una lucha política, nunca volverían a dejar de hacer política.

Invadir la propiedad es comunismo, podrían decir los incautos. Pienso que es más cuestión de dignidad humana. Además, llamen como la llamen, al final ¿el comunismo no es un nombre que se le dio a un proyecto en construcción que prometía garantizar la dignidad humana que, no fue entregada por la modernidad y el progreso?

Vale la pena pedir calma a los más pesimistas. Como dijo Erundina con una energía envidiable a sus 80 años: “El tiempo del mundo no es el tiempo de la vida, y se plantó una semilla”.


Traducción del portugués por Erika Rodriguez