Julie Wark (Perth, Australia, 1945) es politóloga, antropóloga y traductora y acaba de publicar, con Daniel Raventós, Contra la caridad. En defensa de la renta básica (Icaria, 2019). En lugar de la caridad, que mantiene la desigualdad, reivindican la renta básica universal.

Por Maria Colera Intxausti

¿Por qué decidisteis escribir un libro contra la caridad?

Porque la caridad es justo lo contrario a los derechos humanos. Con esa idea en mente, escribimos un artículo sobre los multimillonarios y superricos en la revista estadounidense de política e investigación CounterPunch. A partir de ahí, nos invitaron a tirar del hilo y escribir un libro sobre el tema.

¿Qué es la caridad?

Una relación entre dos personas basada en la desigualdad: una da a otra, pero ésta no le puede dar nada a aquélla y se crea una relación jerárquica unidireccional.

¿Y qué diferencias tiene con la solidaridad?

La principal característica distintiva de la solidaridad es la paridad entre ambas partes.

En vuestro libro, denunciáis el fraude de la bondad subyacente a la caridad institucional.

Etimológicamente, en inglés, bondad (kindness) y parientes (kin) vienen de la misma raíz y ambos términos se basaban en unas relaciones sociales de proximidad entre personas del mismo nivel. Pero en la Inglaterra del siglo xvii, cuando se aprobaron las leyes de pobres, se dio el salto de la bondad a la caridad. A la gente le parece terrible que se denuncie la caridad, pero cuando se convierte en un fenómeno institucionalizado, cuando están de por medio el humanitarismo, la filantropía, el altruismo y las celebridades, se basa en una relación totalmente desesquilibrada.

¿Es posible la bondad privada en una forma de organización social y económica basada en una estructura injusta?

Sí, porque somos una especie social. Por ejemplo, Colin Kaepernick es un jugador de fútbol americano muy rico, pero realiza muchas iniciativas solidarias. No podemos tener sociedad sin ética, porque el contrato social es imposible sin ética, pero ese contrato social hoy en día está roto, ya que la dimensión cuantitativa se ha impuesto a la cualitativa. Por lo tanto, diría que no es imposible, pero sí muy difícil y que la bondad siempre está estrechamente ligada a la ética.

En el libro, definís el humanitarismo como caridad institucional. ¿Por qué?

Porque lo controlan los gobiernos; el propio Collin Powell reconoció que es un arma de los Gobiernos. Te brinda la oportunidad de meterte en países, como en Indonesia tras el tsunami o en Haití después del terremoto. Con el humanitarismo de Clinton, por ejemplo, han construido hoteles de cinco estrellas en Haití y maquilas para producir ropa barata. Y eso es explotación.

¿Qué función desempeña la caridad el orden capitalista internacional?

Por una parte, ayuda a la gente a sentirse bien consigo misma y a que no piense demasiado en el sistema totalmente destructivo que tenemos. A escala global, sirve para tapar muchas cosas. Cuando das dinero a la Cruz Roja, piensas que harán algo con él, pero no preguntas a dónde va. Lo ingresan en sus cuentas para pagar a sus empleados y sus pensiones de jubilación. Sólo mantiene la situación caritativa.

Últimamente se ha hablado mucho de las donaciones de Amancio Ortega para la compra de equipamiento médico. ¿Qué opinión tienes de ello?

Actúa de manera parecida a Bill Gates: reparte redes antimosquitos en África y todo el mundo le aplaude, pero esas redes tienen que impregnarse en insecticida; una solución cara para los pobres. Comparado con eso, es mucho más barato invertir en sanidad pública y agua potable. Además, no hay que olvidar que Gates posee el monopolio de la investigación sobre la malaria y, en consecuencia, tiene una capacidad de influencia tremenda en la Organización Mundial de la Salud.

¿Qué te parecen las iniciativas como las Maratones de TV3 o Euskal Telebista?

No soy muy aficionada. Funcionan como la caridad de las celebridades. Tienen buenas intenciones, pero son un instrumento para mantener tal y como está la sociedad que tenemos; es como poner una tirita a un problema grave. La gente tiene la falsa sensación de estar haciendo algo y se siente mejor, pero, en realidad, está manteniendo el sistema.

Para hacer frente a la desigualdad, proponéis una renta básica universal, en lugar de caridad. ¿Cómo puede ser eso viable sin tocar la propiedad de los medios de producción?

La renta básica universal se puede financiar con impuestos. Todos los ciudadanos recibirían la misma cantidad, supongamos que 600 euros, tanto pobres como ricos, pero éstos pagarían más impuestos. Las investigaciones sobre renta básica demuestran que no es necesario tocar el estado de bienestar; antes bien, la renta básica lo refuerza.

Considerando que la pobreza y la desigualdad son imprescindibles para mantener este sistema, ¿cómo piensas que se podría implantar la renta básica universal sin tocar los fundamentos del sistema?

Tienes razón. Los obstáculos a la implantación de la renta básica no son económicos, sino políticos. ¿Cómo lograr su implantación? Esta pregunta se puede plantear sobre todas las iniciativas para la consecución de una sociedad más justa; por lo tanto, la lucha por la renta básica tiene que librarse del mismo modo que la lucha por la mejora de la situación de las mujeres, los refugiados, las escuelas…

 

Es autora del “Manifiesto de derechos humanos” (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. En enero de 2018 se publicó su último libro, “Against Charity” (Counterpunch, 2018), en colaboración con Daniel Raventós, recientemente editado en castellano (Icaria) y catalán (Arcadia).

Fuente: https://www.argia.eus/argia-astekaria/2648/julie-wark-karitatearen-iruzurra-salatzen

Traducción: Daniel Escribano

El artículo original se puede leer aquí