Hace 17 años, las fuerzas de EE.UU. y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) entraron en Kabul para derrocar a Talibán.

Hoy, la guerra más larga de EE.UU. todavía sigue, mientras los talibanes han vuelto a tomar el control de casi la mitad del país devastado por la guerra. El grupo terrorista EIIL (Daesh, en árabe) también ha aumentado su actividad en Afganistán.

Aunque unas 14 000 tropas de Estados Unidos todavía se encuentran en Afganistán, muchos creen que Washington ha perdido la guerra en este país centroasiático.

Mientras la invasión de Afganistán ha tenido menos titulares en los últimos años, EE.UU. nunca ha lanzado tantas bombas en el país asiático como este año. Los datos del Comando Central de las Fuerzas Aéreas del país norteamericano muestran que sus aviones y los de la Alianza Atlántica arrojaron 5213 bombas entre enero y septiembre del 2018.

Ese aumento puede atribuirse, principalmente, a un cambio en las reglas de combate que permite a las fuerzas foráneas abrir fuego contra el “enemigo” sin tener que estar en contacto cercano. El cambio fue orquestado por el secretario estadounidense de Defensa, James Mattis, que quiere eliminar tales restricciones para usar el poder aéreo en todo su potencial.

Sin embargo, esta nueva estrategia ha provocado un aumento en la cifra de muertes civiles. En octubre, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) anunció que el número de víctimas civiles en los primeros 9 meses de este año fue más alto que en cualquier otro año desde que se comenzó a contabilizar los incidentes en 2009.

zss/ncl/mjs

El artículo original se puede leer aquí