Cuando ocurre algún acto terrorista en Europa (y ya van demasiados en muy poco tiempo), se suceden tres fenómenos simultáneamente.

Terror. El acto que inicia la secuencia. Es terrible, cruel, inhumano, injusto, absurdo… Alguien intenta hacer daño a otras personas que ni conoce ni le interesa conocer. Es un absurdo completo, el triunfo de la peor irracionalidad. No obstante, y a pesar de todo, detrás se esconde una lógica. Incomprensible para casi todos menos para el ejecutor.

Hipocresía. Como disparados por un resorte, comienzan las declaraciones altisonantes de los políticos y representantes del poder en general. Se llenan la boca con palabras como “paz”, “democracia”, “convivencia”. Sin embargo, son los mismos que apoyan la violencia generalizada de la OTAN; los mismos que miran para otro lado mientras todos los días mueren personas por proyectiles lanzados en nombre de la misma paz y democracia que dicen defender y amar; los mismos a los que no les tiembla el pulso para declarar medidas injustas que sumen en la pobreza a millones de personas, todas inocentes. Quienes más violan los derechos humanos son los primeros que corren para ponerse delante de una cámara de TV para golpearse el pecho clamando por la libertad y la justicia universal.

Discriminación. La discriminación ocurre de dos maneras:

1) Los musulmanes, y todos aquellos que tengan aspecto de serlo, son señalados de inmediato como terroristas potenciales. Los muchos grupos fascistas que hay en Europa aplauden porque ven reforzados sus burdos argumentos. Otros, que no quieren ser tildados de fascistas, no aplauden pero aprovechan para promover e implantar nuevas medidas políticas cuya única justificación es el lucro de los grandes grupos económicos, aunque las camuflarán bajo palabras como “seguridad”, “estabilidad” y otras vacías de sentido.

2) Los grandes medios sacan grandes titulares rechazando la violencia, también declarándose amantes de la paz y la democracia. Sin embargo, no dicen nada, o casi nada, cuando los mismos hechos ocurren en otros lugares o con otros protagonistas. En un excelente artículo publicado en eldiario.es, Íñigo Sáenz de Ugarte dice que se  «contabilizan 89 atentados en EEUU entre 2011 y 2015 basándose en el Global Terrorism Database. El 12,4% fue ejecutado por musulmanes. De esos 89 ataques, 24 no recibieron ninguna cobertura, más allá de lo que saldría en medios locales. Los cometidos por musulmanes tuvieron el 44% de la cobertura periodística. “En sólo el 5% de todos los atentados terroristas, el autor era musulmán y además nacido en el extranjero, pero esos cuatro atentados recibieron el 32% de toda la cobertura”.»

El periodista Rafael Poch, a su vez, en otro artículo publicado en 2016 decía, citando un estudio titulado “Global Terrorism Index 2015”, «Desde el año 2000 sólo el 0,5% de las muertes por terrorismo registradas han tenido lugar en Occidente. Si se incluye el atentado del 11-S neoyorkino, el porcentaje se incrementa hasta el 2,6%. Durante los últimos nueve años, la principal causa de terrorismo en Occidente no ha sido el terrorismo islámico. El 80% de las muertes a cargo de terroristas individuales en Occidente han sido obra de ultraderechistas, nacionalistas, del “extremismo político antigubernamental” y de “otras formas de supremacismo”.»

Está muy bien la solidaridad con las víctimas del terrorismo en Londres o París, pero estaría igual de bien la misma solidaridad con las víctimas del terrorismo o cualquier otro tipo de violencia brutal, en cualquier lado del mundo, sean del bando que sean.

Esperanza. Afortunadamente, además de estos tres fenómenos ocurren muchas otras cosas. Hay una nueva sensibilidad en millones de personas, una sensibilidad que es síntoma del mejor futuro que asoma, y que no quiere discriminar a las personas por su origen ni su cultura. Una sensibilidad para la cual todos los actos de violencia son detestables, no importa de dónde vengan ni cuál sea el poder de la persona que lo justifica. Esta nueva sensibilidad va creciendo suavemente, por debajo, sin asomarse a los grandes medios de “desinformación”. Avanza lentamente pero con seguridad, porque no hay vuelta atrás; por mucho que se resistan algunos, el ser humano camina hacia el amor y la compasión. En el futuro no habrá terrorismo ni justificación de la violencia más brutal; las nuevas generaciones mirarán esta época como de barbarie, igual que nosotros podemos mirar desde hoy a los trogloditas golpeándose las cabezas con un garrote. Allí nos encontraremos todos, en ese futuro luminoso.