Por Marco Coscione

Desde muy joven, Raúl Navarrete, aprendió dentro de su familia la solidaridad hacia las poblaciones empobrecidas y más desfavorecidas; a pesar de haber vivido una infancia cómoda y sin problemas mayores, le tocó, durante la adolescencia, vivir una situación de pobreza a causa de problemas coyunturales causados por la muerte del padre. “Esos difíciles años me convencieron que tenía que estudiar derecho, en búsqueda de esa justicia que no veía en la sociedad. Sin embargo, después de tres años me di cuenta que el derecho positivo no era la justicia a la que yo aspiraba. Y empecé una carrera relacionada con el agro, sector de la economía donde más injusticias y desigualdades había y sigue habiendo”. Eran los años de la “Alianza por el Progreso”, que Estados Unidos impulsaba para contrarrestar las propuestas revolucionarias de cambios estructurales en el continente latinoamericano. En ese entonces, Chile vivió varios años de reforma agraria, con el respaldo de la Iglesia Católica que fue la primera en entregar tierras a los campesinos. El gobierno de Jorge Alessandri promulgó en 1962 la primera ley de Reforma Agraria; después de él, Eduardo Frei Montalva profundizó el proceso, mediante la redistribución de la tierra y la sindicalización campesina. Se expropiaron alrededor de 3,5 millones de hectáreas, y se organizaron más de 400 sindicatos campesinos. Salvador Allende continuó el proceso de reforma agraria, expropiando latifundios y traspasándolos al Estado o a cooperativas agrícolas y asentamientos campesinos.

“Con la llegada de la Dictadura sufrí la persecución dentro de la Universidad y también fui apresado, aunque por poco tiempo”, relata Raúl. La persecución de los líderes campesinos, las cooperativas y otros modelos asociativos rurales fue bien dura. “Felizmente, todos los profesores, también los de derecha, me defendieron; así que pude terminar mis estudios en Santiago; y nunca terminé de abogar por las causas de los campesinos de Chile y por la equidad”.

Al salir de la universidad, Raúl empezó a trabajar en el ámbito empresarial, y después poco a poco directamente con el campesinado. Con el retorno de la democracia, empezó a trabajar como consultor del INDAP (Instituto De Desarrollo Agropecuario, del Ministerio de Agricultura de Chile), en programas de apoyo directo y créditos para los pequeños productores agrícolas. “En aquellos años me di cuenta que realmente faltaba algo importante en toda la asistencia que entregábamos. Al terminar la fase productiva los productores quedaban a merced del mercado. Así que empecé a introducir la variable de comercialización conjunta y reconvirtiendo varios cultivos anuales en la viticultura, actividad más rentable y con buenas opciones de mercado”.

Pero faltaba agregarle valor a la uva producida y fue así que, casi por casualidad, se da el encuentro con organizaciones europeas que ya estaban trabajando en comercio justo y que también buscaban vino: “Oxfam Bélgica nos ofreció un precio extraordinariamente alto, que al principio solo despertó nuestra desconfianza. Pero cuando nos dijeron que nos iban a pagar la mitad de una vez y la otra mitad antes de que el vino saliera del puerto, pues aceptamos la oferta y empezamos a conocer los principios y valores del comercio justo. De hecho, Oxfam, también fomentó nuestra estructuración jurídica y tributaria como organización de productores democrática y transparente”.

En enero de 1997, hace 20 años, la Sociedad Vitivinícola Sagrada Familia (“Vinos Lautaro”) envío a Bélgica su primera exportación de vino de comercio justo. Hoy día, sus vinos llegan a otros países como Inglaterra, Alemania, Polonia, Finlandia, Austria, entre otros. Raúl es su gerente general. “Gracias al comercio justo siempre hemos recibido precios por encima de los que paga el mercado local para la uva; pero, además, los productores empezaron a recibir los beneficios de un eslabón mayor, la producción de vino de forma asociativa. Y si a eso le sumamos los beneficios del premio social de comercio justo, los productores han recibido el apoyo de programas de mediano y largo plazo que les ha permitido, por ejemplo, renovar sus infraestructuras, sus viviendas y mandar sus hijos a estudiar a la universidad. Por primera vez en muchas generaciones, casi todas las familias de los socios tienen por lo menos un hijo con título superior; y también la mayoría de las familias de nuestros trabajadores. Un gran avance en el desarrollo social de estas familias rurales”.

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Es el caso de José Parra Espinoza y su esposa, quienes ahora tienen cinco hijos, cuatro de los cuales son profesionales. Cuando eran jóvenes, pasaron momentos muy duros: recibieron su parcela durante los años ’70, y así llegaron a la comuna de Sagrada Familia, pero realmente no tenían casi nada; la necesidad de sobrevivir los puso a prueba, pero eran jóvenes y lucharon.

“Mi señora quería vender la tierra”, relata José, “pero yo le dije que no, que por algo nos la habían entregado. Esto será para profesionales y para volar, le dije”. Y así fue, gracias a Vinos Lautaro y a las ventas en condiciones de comercio justo, las hijas de José terminaron diferentes carreras, y el hijo, seguirá el camino del padre, manteniéndose en la producción vinícola. Pero, además, José voló de verdad, conociendo a compradores y consumidores de comercio justo en Europa y en Asia. De hecho, una de las prácticas que implementa la organización es que un productor miembro del Directorio acompañe al Gerente en sus viajes de trabajo, para que también los productores puedan conocer de cerca la realidad de los países compradores, verla con sus ojos, desde la perspectiva de un pequeño productor agrícola.

El caso de José y su familia es un buen ejemplo de los beneficios del comercio justo a nivel de base. Raúl nos comenta que el premio de comercio justo también se invirtió en ocio y recreación, y que esto tuvo efectos muy positivos en promover la equidad de género entre hombres y mujeres, y bajar los niveles de machismo típicos de las sociedades latinoamericanas: “Empezamos a organizar viajes de vacaciones también para las familias campesinas; pero no como solían tomárselas habitualmente, o sea donde también durante los días de vacaciones la mujer atendía a los hijos, el aseo o la comida, y el varón las disfrutaba realmente con otros hombres. No, así no. A todo el mundo garantizábamos transporte, alojamiento y alimentación, y todos podían realmente disfrutar de las vacaciones. Esto ayudó mucho a mejorar las relaciones entre hombres y mujeres”.

Entre las organizaciones chilenas, “Viñas Caupolicán” destaca por un buen protagonismo de sus mujeres, tanto en la gerencia y administración, como en la presidencia. “El machismo en el campo chileno aún es muy fuerte y a las mujeres nos toca romper esquemas autoritarios y patriarcales”, subraya Paola Parra. “En la organización hemos visto cambios: al principio, en las reuniones, los hombres estaban por un lado y las mujeres por el otro; pero poco a poco empezaron a sentarse todos juntos. Que Chile haya tenido una presidente mujer ha ayudado mucho, y que en nuestra organización yo sea la gerente, pues también”. Además, al hablar y discutir sobre la no discriminación por sexo, uno de los criterios fundamentales del comercio justo, la organización ha asumido prácticas cada vez más igualitarias.

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Paola llegó a Curicó en 2004, después de muchos años entre Argentina, Alemania y Santiago de Chile. Es humanista, siempre muy atenta a los temas sociales; en el pasado, antes de convertirse en la gerente de Caupolicán, ha estado trabajando asesorando sindicatos en las negociaciones colectivas. En los primeros años en Curicó y alrededores, la zona vinícola del país, ayudó a formar sindicatos de temporeros, en un país como Chile con bajos niveles de sindicalización. Después se acercó definitivamente al mundo del vino.

En 2007, la viticultura chilena sufrió una desastrosa caída del precio de las uvas viníferas: se llegó a pagar hasta 40 pesos (0.076 USD en 2007) el kilo de uva varietal fina que, por lo menos, tenía un costo de producción de aproximadamente 80 pesos. “Fue por eso que salimos a la calle a protestar, porque estaba claro que los productores no podían vivir de esas ventas. En esas manifestaciones nos conocimos, empezamos a compartir nuestras visiones y decidimos crear una sociedad anónima con aportaciones de cada socio y con apoyo de la municipalidad de Sagrada Familia para gestionar todos los trámites correspondientes”. La marcha fue el momento para unirse y fomentar un nuevo proceso organizativo, marcó el origen de Viñas Caupolicán. En ese proceso las mujeres tuvieron un papel protagónico, de hecho las reuniones siempre se desarrollaban en la casa de Doña Margarita, la primera presidenta de la sociedad.

Solo dos años después de su creación, en 2009, Caupolicán se certifica en comercio justo Fairtrade, también con apoyo de la municipalidad. “El primer año solo vendimos uva a una empresa certificada aquí en Chile”, nos comenta Paola. “Pero después del terremoto de 2010, que causó pérdidas en todo el sector, decidimos hacer vino y empezamos con nuestra producción, recibiendo naturalmente mayores beneficios que con la simple venta de la materia prima”.