Nadar con noventa años

19.08.2016 - La Habana, Cuba - Frank Garcia - Redacción Cuba

Nadar con noventa años
(Imagen de Prensa Latina)

Fidel en una piscina durante su visita a Rumanía en 1972 (tenía 46 años).

La foto se ha vuelto pública hará cuestión de meses, o al menos, más pública. Fidel, parece agotado. La mirada es muy fuerte y pareciese demostrar desagrado con algo que está viviendo. El ante brazo derecho, grueso, reposa en el borde de la piscina, los vellos, mojados, caen escurriendo. La boca y la barba han quedado cubiertas y también el cuerpo, este, por completo fuera del objetivo de la cámara.  En el pie de foto se lee que la tomaron en Rumanía. Por el color negro del pelo y la piel aun algo joven, aunque madura, bien que Ceacescu pudo apretar el obturador.

Tanto Cuba como la nación de los Cárpatos eran socialistas, de marxismo y leninismo, pero muy distinta la cercanía a la órbita soviética. Mientras el entonces Secretario General del Partido Comunista Rumano terminó siendo fusilado con su esposa a raíz de una rebelión popular, el otro, en 1994, sin disparar un tiro, sofocaba con su sola presencia, las protestas de una población habanera que moría de hambre tras tres años de plaza sitiada. En el mundo, más que hoy, el capital parecía ser dios.

En aquel agosto, cientos de cubanos protagonizaron el llamado Maleconazo del cinco de agosto. No se enfrentaban a un hambre selecta que provoca el neoliberalismo, se enfrentaban a algo que ni los manifestantes podían dilucidar qué era.  Ese día fue el producto de un delirio del hambre y la llegada de Fidel al lugar de los hechos y sin escoltas más delirante aun: quienes tenían en sus manos piedras y rompían los cristales de los hoteles, gritaron consignas de apoyo al gobierno, en especial el nombre, una y otra vez multiplicado: Fidel.

Más que delirio fue la anteposición del grito frente al hecho. La piedra que rompía el cristal no podía proponer nada. Fidel, en cambio, representaba, como mínimo, un hambre compartida entre todos y para todos.

La muerte de Ceacescu fue televisada y no respetaron ni la Navidad en el día de su ejecución: el 25 de diciembre los rebeldes anticomunistas lo pasaron por las armas. Para los manifestantes habaneros, el hecho de ver ante ellos a aquel hombre con su uniforme, era tener a la historia ante los ojos.

Ese es el gran error de Obama cuando nos pidió que la olvidáramos: no podemos olvidarnos de la historia porque la historia se vive. El socialismo de Ceacescu, Jarucelski, Honicker y compañía, podía ser olvidado, pero primero había que destruirlo. Y lo hicieron, tanto los dirigentes como los dirigidos. El socialismo cubano, implícito en la nación cubana, no se puede destruir porque es la nación misma. No es una consigna vana: hoy, la disolución del socialismo cubano pasa por la disolución de la nación misma. Eso lo sabe Obama y por ello pide que olvidemos la historia.

En Polonia, los obreros hicieron la revolución, pero contra un sistema que había llegado en las esteras de los tanques soviéticos; en Hungría, hasta el filósofo marxista Georgy Luckas había ocupado un ministerio en el gobierno efímero que derribó estatuas de Stalin y la Praga de 1968 fue saludada por los intelectuales de Europa. Sin embargo, los tres casos fueron, de una forma u otra, un giro a la derecha. En los tres casos se había violentado la conciencia nacional y rebotó como una conciencia nacional burguesa.

En contraste, Cuba convocó a sus jóvenes cuando los barbudos entraron a La Habana. Ninguno pasaba los 35 años. Eran jóvenes, bellos y héroes. Además, eran el poder. Parecían dioses griegos. Los jóvenes cubanos lo tenían todo y por ello comenzaron la construcción de un gobierno para los jóvenes. Un adulto encanecido  y juicioso no hubiese decretado la nacionalización de 26 empresas norteamericanas, como lo hiciera en 1960 Fidel Castro. Entre ellas estaba la United Fruit Company, a quien le despojaban de todas sus tierras y se las ofrecían al campesino cubano. El precedente había sido funesto, los norteamericanos habían invadido a Guatemala y derrocado el gobierno de Jacobo Árbenz cuando este, desde un nacionalismo radicalizado, intentó algo similar años antes al triunfo de los barbudos cubanos. Washington tuvo la misma idea con Cuba. Pero si Stalin dirigía al Ejército Rojo desde el Kremlin, Fidel Castro se montaba en un tanque de guerra al frente de sus milicianos y derrotaba a los efectivos de la invasión pro yanqui en 1961.

Ahora Fidel es un anciano. No fue precisamente Rumanía el último país que visitó, sino Argentina, la tierra del Che. No hay fotos recientes de él nadando en una piscina, pero sí visitando algún que otro cultivo. Le envió una carta a Alexis Tsipras felicitándolo por el referéndum del no a la deuda, pero nunca tuvo respuesta: algunos eligen ser prudentes y no ser dioses, pero nadie, más allá de su familia, le celebrará los años de vida.  Hoy los hoteles no tienen los cristales rotos, incluso, algunos creemos que hay hoteles de más. ¿Qué  otra foto se hará pública dentro de unos meses? Aun no lo sabemos, pero lo cierto es que Fidel ya apagó las velitas de su noventa cumpleaños y buena parte del mundo, cada cual a su manera y con un titular distinto, le cantó las felicidades.

Categorías: América Central, Asuntos internacionales, Política
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