Autor: Daniel Raventós

El Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República de México y la CEPAL organizaron un seminario internacional titulado “Renta Básica y distribución de la riqueza” durante los días 19, 20 y 21 de abril. En este seminario participaron los suizos Ralph Kundig y Gabriel Barta, el finlandés Bille-Veikpo Pulkka, el belga Jürgen De Wispalaere, el brasileño Eduardo Suplicy, los mexicanos Enrique del Val, Mauricio de María y Campos y Araceli Damián, y el catalán Daniel Raventós, además de distintos senadores y especialistas mexicanos según puede consultarse en este enlace. Además, el 21 de abril se pasó una presentación de la película documental In The Same Boat con la presencia de su director Rudy Gnutti al que hace pocas semanas entrevistó Sin Permiso. A continuación reproducimos la conferencia que realizó Daniel Raventós en el Senado de la República de México el 19 de abril con el título de “Renta Básica: Pobreza, desigualdades y libertades”.

Muchas gracias a las personas que han hecho posible este evento y que me han dado la oportunidad de compartir y discutir con todos ustedes algunas propuestas políticas y económicas. Gracias, pues, a los senadores Luis Sánchez y Miguel Barbosa, a los miembros de la CEPAL Hugo Eduardo Beteta y Pablo Yanes, a Rubén Islas, al Senado de la República de México.

Me toca hacer la primera conferencia de este Seminario Internacional lo que significa que tendré que hablar de algunas generalidades sobre aspectos relacionados con la Renta Básica que las personas que hablarán en las sesiones posteriores ya no tendrán la necesidad de repetir. El título de este seminario internacional es “Renta Básica y distribución de la riqueza” y el título de mi intervención es “Renta Básica: pobreza, desigualdad y libertades”. Intentaré ceñirme muy estrechamente a estos enunciados.

Permítanme citarles dos frases de personajes muy diferentes. La primera es de Louis Brandeis, Juez de la Suprema Corte de su país vecino, los EEUU, de 1916 a 1939, que dijo: “Podemos tener democracia o riqueza concentrada, pero no podemos tener ambas.” La segunda es de Cass Sunstein, constitucionalista del mismo país que Louis Brandeis. En una entrevista realizada por la University of Chicago Chronicle, en abril de 1999, apuntó: “El argumento de que la libertad depende de los impuestos es tan elemental que uno puede abrigar cierta esperanza de que al menos alguna versión del mismo sea aceptada.” Y continuaba: “No es que el punto sea sorprendente; lo verdaderamente sorprendente es que existan argumentos en contra.” Tanto lo que expresan Brandeis como Sunstein servirá de hilo de unión a mi intervención.

Las grandes desigualdades son una amenaza a la libertad de la mayoría. No ha habido ningún autor mínimamente serio que haya sido un defensor de lo que para simplificar podríamos llamar igualdad total. Si “igualdad total” son palabras con algún sentido preciso. Efectivamente, formamos una especie cuyos integrantes somos muy diferentes. Unas personas son jóvenes y otras casi centenarias, unas gozan de buena salud y otras la tienen muy precaria, unas son muy inteligentes y otras no tanto, a unas les chifla leer prensa deportiva y a otras estudiar a Aristóteles, unas desean escalar montañas y otras atiborrarse de pornografía, etc. Todo eso es muy trivial. Y constatar estas evidencias resultaría innecesario si no fuera porque en ocasiones estas grandes diversidades en las preferencias y en la constitución natural se utilizan para intentar defender situaciones sociales que no son producto de desigualdades más o menos neutras sino que son producto de desigualdades completamente inicuas. Hay desigualdades que no afectan a la libertad de la mayoría, pero hay otras que la comprometen cuando no la impiden.

Para los que somos partidarios de la más de dos veces milenaria tradición de la libertad republicana, las grandes desigualdades económicas son una amenaza a la libertad de la gran mayoría. Cuando un poder privado es tan inmenso que puede imponer su voluntad o, más técnicamente, su concepción particular del bien, al resto de la sociedad o a una gran parte, la libertad de esta mayoría está seriamente afectada. Los poderes privados más desarrollados que actualmente pueden imponer su voluntad a la gran mayoría de la sociedad, incluidos muchos Estados que parecen estar a su servicio (y en muchos casos están directamente a sus órdenes), son las grandes transnacionales. Mediante amenazas de distinto calibre (migración a otro lugar, cierre de fábricas…) estas grandes transnacionales han conseguido entre otros objetivos: rebajas del impuesto de sociedades, bonificaciones fiscales muy diversas, adjudicación de terrenos de forma ventajosa respecto a otras empresas… Y todo esto sin tener en cuenta la corrupción y la compra de favores. ¿Alguien puede dudar que estas situaciones afectan a la libertad de la inmensa mayoría? En otra sesión se hablará sobre un referéndum en Suiza sobre la renta básica. No es de eso a lo que voy ahora a referirme. Sino a una barbaridad que es completamente legal. Zug es una ciudad suiza en la que están censados unos 20.000 habitantes y tiene una superficie de 35 quilómetros cuadrados, pero se trata de una ciudad muy especial. Zug es la sede de casi 30.000 empresas. Muchas de estas sedes de grandes multinacionales ubicadas en este pueblo suizo no tienen ni un solo empleado. Zug fue la pionera suiza en ofrecer impuestos testimoniales a las grandes empresas.

El que fuera presidente de EEUU, F.D. Roosevelt, calificó a las grandes empresas de “monarcas económicos”. La razón es que atentaban contra la libertad de la república, es una vieja tradición monárquica la de atentar contra la libertad republicana. Y lo siguen haciendo hoy de una forma más impune. ¡Cómo calificaría Roosevelt ahora a estas empresas 80 años después cuando se estima que hay 2,5 lobbistas por cada diputado en EEUU!

La vieja tradición republicana ha defendido: si la existencia material de millones de personas depende de la arbitrariedad de algunos pocos y potentes poderes privados, la libertad de estos millones de personas peligra si no está ya sometida. Y las condiciones de la existencia material hoy de millones de personas depende de unos pocos consejos de administración privados.

Es muy reconfortante para los que amasan grandes fortunas escuchar a periodistas y académicos que atribuyen la razón de estas acumulaciones a los enormes méritos desplegados para conseguirlas. Méritos que les hablan y halagan con músicas que les placen enormemente: si han llegado donde están es porque se trata de grandes emprendedores o inteligentes innovadores o genios financieros o working rich… No todo el mundo dispone de esos méritos y genios, y por tanto, hay que aceptar que es el pago justo a tanta excelencia. No solamente se trata del llamado “sesgo de la confirmación”, según el cual la información acorde con las propias convicciones se procesa de forma mucho más favorable que la información que no se ajusta a las mismas. Hay más. Así, la desigualdad no sería sino el coste que hay que pagar a cambio de la oportunidad. Por recordar algunos datos conocidos que no hacen tan favorables las cosas para los muy ricos: el 40% de los 400 estadounidenses más ricos habían heredado más de un millón de dólares de sus mayores. Con un millón o más de dólares, sin contar relaciones, educación, amistades aportadas por las familias de origen, ya se empieza la carrera de una manera bastante ventajosa. Más gratificante es, empero, para estos tipos achacar a los méritos propios su privilegiada posición. Y siempre hay académicos y periodistas dispuestos a decírselo repetidamente para hacerles más fantástica su ya afortunada existencia. Tampoco es necesario ser muy extremista a la hora de agasajar a los muy ricos y, en perfecta simetría, responsabilizar a los pobres de su desgraciada situación. No hace falta, por ejemplo, llegar a las propuestas de Thomas Nixon Carver, el que fuera catedrático de política económica en la Universidad de Harvard entre 1902 y 1935 y uno de los presidentes de la American Economic Association. Este pimpante economista proponía la esterilización de los “palmariamente ineptos”, es decir, a los que no alcanzaban un ingreso anual de 1.800 dólares. Los que eran pobres. En los años 30 del siglo pasado, que es cuando se hizo la propuesta, esta cantidad abarcaba al 50% de la población de entonces en EEUU, es decir, a unos 60 millones de personas. No se andaba con pequeñeces el señor Carver. Vease: los “palmariamente ineptos” eran los pobres, los que ganaban más de 1.800 dólares anuales, no lo eran. Pero, insisto, no hace falta llegar a tanto extremismo como el de Nixon Carver: es suficiente con que los periodistas y académicos mencionen que los ricos han hecho méritos para justificar sus inmensas fortunas. Sin olvidar a la envidia que, según ellos, invade al resto de la población no rica. Y se llega a la increíble idea de que si se critica a la riqueza y a los ricos es por envidia. ¡Increíble! Pero repito, no hace falta llevar las cosas tan lejos, la justicia de la situación de los ricos se puede presentar más moderadamente. Al fin y al cabo, ¿no son estas fortunas las que contribuyen con alguna cantidad a paliar algunas desgracias en el mundo? La filantropía-caridad-reducción de impuestos a la que se dedican algunos de los grandes multimillonarios no solamente lava conciencias sino que es muy rentable. Y a nadie le amarga un dulce..

Desde el inicio de la crisis económica las distancias sociales y las desigualdades entre los más ricos y el resto de la especie se han incrementado. Ya en el año 2012, por citar a un economista más que conocido, Joseph Stiglitz escribía: “[Q]uienes más padecen las crisis son los trabajadores y las pequeñas empresas, y eso ha sido especialmente cierto durante esta crisis, en la que los beneficios de las grandes empresas siguen siendo elevados en muchos sectores, y a los bancos y a los banqueros les van bien las cosas.” Mucho más recientemente, a raíz de la publicación de los llamados “papeles de Panamá”, Thomas Piketty escribía hace tan solo unos días: “En muchas zonas del mundo, las más grandes fortunas han seguido creciendo desde 2008 mucho más rápidamente que el tamaño de la economía, en parte porque pagan menos impuestos que los demás.”

La relación entre economía y política a veces es clara, a veces sutil y a veces cuesta de encontrar. Pero una idea que me gustaría dejar bien clara es esta: no hay economía o política económica neutra. Toda política económica favorece a unos determinados grupos sociales y perjudica a otros. Se puede decir de muchas maneras diferentes, pero podemos tomar la de un economista hoy legendario, J.K. Galbraith: “la economía no existe aparte de la política”.

No hay nada más falso que las cantinelas más repetidas por casi todos los gobernantes europeos cuando se refieren a las políticas económicas puestas en marcha a raíz de la crisis económica: “son las medidas que el país necesita”, “son necesarios estos sacrificios para salir pronto de la crisis”, “la situación económica impone estas desagradables medidas”, “todos debemos sacrificarnos para salir adelante”, etc., etc. Ninguna medida de política económica mínimamente importante es neutral en el sentido preciso de que perjudica o beneficia a toda la población. Toda medida de política económica perjudica a unos sectores sociales y beneficia a otros. Ejemplos, meros ejemplos: rebajar los impuestos a los más ricos, congelar o bajar las pensiones, facilitar y abaratar los despidos laborales, bajar el sueldo de los trabajadores del sector público, destinar menos recursos a la educación pública, idear unos presupuestos públicos de austeridad en plena recesión… No es difícil descubrir quien gana y quien pierde en cada uno de estos casos. Primero se decide a qué sectores sociales se va a favorecer y después se instrumentan los medios económicos que hará posible lo primero. En palabras del ya citado Joseph Stiglitz: “El gobierno tiene la potestad de trasladar el dinero de la parte superior a la inferior y a la intermedia y viceversa”. Y lo viene trasladando de la parte inferior a la superior de forma constatada por muchos economistas que se han puesto a estudiar la distribución de la riqueza sin prejuicios: por citar a unos pocos, Roberts, Picketty, Baker, Pizzigati, Zucman, Stiglitz y, entre ustedes en México, Alejandro Nadal y Enrique Del Val Blanco.

La propuesta de la Renta Básica, una asignación monetaria incondicional a toda la población, debe ser vista como un componente de una política económica. La Renta Básica no es solamente una medida contra la pobreza, es una propuesta que pretende ser parte integrante de una política económica diferente a la practicada especialmente a partir de los años 80 en la mayor parte de las economías más desarrolladas. Una política económica que quiere dotar de la existencia material imprescindible a la población para hacer posible la libertad efectiva de todos los miembros de la sociedad.

La propuesta de la Renta Básica es la mejor manera, dada la realidad socioecónomica de principios del siglo XXI, para garantizar la existencia material a toda la población. Una asignación monetaria incondicional a toda la población. Y aquí resulta clave la palabra “incondicional”, cuestión sobre la que a buen seguro algunas personas que hablarán a lo largo de las distintas sesiones de este seminario se referirán. Piénsese en el sufragio universal, allá donde está conquistado, todas las personas adultas tienen el derecho a ejercer el derecho al voto, sin condiciones, sin tener que demostrar que son ricos o pobres, hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales, gordos o flacos, creyentes en alguna religión o ateos convencidos…

“Pero es que a diferencia del sufragio universal la Renta Básica cuesta dinero”, se ha contestado más de una y de cien veces.

Algunas palabras al respecto. Cuando se está defendiendo la Renta Básica, poco se nos dice si no se acompaña de una propuesta de financiación. La Renta Básica puede financiarse de formas que para mi resultarían completamente rechazables: mediante el desmantelamiento o el debilitamiento de la sanidad y la educación públicas, por ejemplo. O de forma más general, financiar la Renta Básica a costa de desmantelar las conquistas fundamentales del Estado de Bienestar. La Renta Básica al menos como la encuentro política, social y filosóficamente interesante debe ser financiada mediante una reforma fiscal que suponga una gran redistribución de la riqueza de los sectores más ricos al resto de la población. Esto es lo que hemos hecho tres miembros de la Red Renta Básica, Jordi Arcarons, Lluís Torrens y yo. Disponíamos de casi dos millones de declaraciones del Impuesto de la Renta de las Personas Físicas.

¿Cuáles son las conclusiones del estudio que si luego desean podré detallar?:

*Es posible financiar una Renta Básica para todas las personas adultas del Reino de España de 7.471 euros anuales (que era la cantidad calculada del umbral de la pobreza para el año del estudio) y de 1.494 para los menores, mediante una reforma del Impuesto de la Renta de las Personas Físicas.

* Eso significaría acabar con la pobreza de forma inmediata (en el Reino de España el porcentaje de personas pobres ronda el 22-24% de la población).

* El índice de Gini pasaría a ser del 0,25, un nivel similar a los estados menos desigualitarios del mundo. Otros índices no tan conocidos como Kakwani y Suits confirman la gran progresividad fiscal que supondría la implantación de la Renta Básica que proponemos.

Los detalles están publicados y a disposición de quien quiera analizarlos a fondo y no voy a abusar de su paciencia dando aquí más datos.

Se me avisó que el Consejo de Evaluación de la Política de Desarrollo Social de México (Coneval), en su informe 2014 sobre la política social, planteó la necesidad de que en México se discutiese la renta básica universal o ingreso mínimo universal frente a los límites de los programas de transferencias monetarias condicionadas. Esto lo he podido leer en la página 198 del mencionado informe. Creo que será pertinente, ya que se trata de la primera conferencia de este seminario, hacer un breve repaso de las diferencias que la literatura académica ha ido exponiendo a lo largo de las últimas décadas que existen entre los programas de transferencias monetarias condicionadas y la propuesta de la Renta Básica o Ingreso Ciudadano como es más conocido en México.

“El sistema sepulta a la gente en la espantosa trampa de la pobreza.” Estas son palabras recientes de Guy Standing, miembro fundador de la Basic Income Earth Network y teórico del llamado “precariado”. La Renta Básica permite eludir las llamadas trampas de la pobreza y del paro. Las transferencias condicionadas no. Cuando somos perceptores de un subsidio condicionado, nos hallamos ante un fuerte desincentivo a buscar y realizar trabajo remunerado, pues ello implicaría la pérdida del subsidio. Ni que decir tiene, sustituir una prestación monetaria por un salario bajo resultante de una ocupación precaria y alienante no parece la más sensata de las opciones, razón por la cual no pocas personas prefieren no buscar o aceptar esos empleos o hacerlo en la esfera de la economía sumergida. En cambio, un subsidio incondicional como la renta básica funciona como un suelo, nunca como un techo: la realización de trabajo remunerado no implica la pérdida de la prestación, con lo que el desincentivo a la actividad desaparece. Sencillamente, podemos ir acumulando ingresos procedentes de las fuentes que sean, y en caso de que tales ingresos superen ciertos umbrales, nos corresponderá ir aportando a la sociedad a través del sistema impositivo.

Las transferencias condicionadas para recibirlas exigen una serie de condiciones. Puede tratarse de condiciones más o menos exigentes, más o menos generosas, pero son condiciones. Esto supone unos costes administrativos muy altos en proporción al presupuesto general del programa condicionado. En cambio, la Renta Básica representa una simplificación administrativa envidiable como hasta han venido a reconocer algunos de sus críticos. Resulta obvio que esta característica de la Renta Básica, la ausencia casi absoluta de costos administrativos, puede ser de vital importancia en la perspectiva de una efectiva racionalización de las políticas sociales y de redistribución de la riqueza.

La Renta Básica se garantiza ex-ante, las transferencias condicionadas, ex-post. Esta característica convierte a la Renta Básica en una medida esencialmente preventiva de la exclusión. Sobre las transferencias condicionadas, por razones evidentes, no puede afirmarse lo mismo.

La Renta Básica podría ser en muchos casos un estímulo para desarrollar trabajos remunerados, mientras que las transferencias condicionadas no sólo no suponen este incentivo sino que representan todo lo contrario.

Las transferencias condicionadas suponen una violación permanente de la intimidad de muchos de sus posibles beneficiarios. Algo que muchos trabajadores y trabajadoras sociales han denunciado como auténticamente denigrante.

Por añadir otra consideración final. Si bien en condiciones de crisis y de paro masivo como en la actualidad esta razón queda más debilitada, la Renta Básica permite evitar los daños psicológicos y morales vinculados a la estigmatización social del perceptor de un subsidio condicionado. La incondicionalidad de la renta básica permite evitar la estigmatización de los perceptores de las rentas “de pobres” o “de enfermos”, etc. Bien a menudo, desde el mundo del trabajo social se pone de manifiesto que uno de los problemas más acuciantes de los subsidios condicionados es la obligación a la que se enfrentan sus (potenciales) perceptores de tener que significarse, en las ventanillas de la administración, como “pobres”, como “enfermos”, a veces incluso como “culpables” de no haber sabido llevar una vida ordenada y exitosa. Tal es el peso de este estigma social, que no son pocas las ocasiones en las que esos (potenciales) perceptores optan por renunciar al subsidio por no tener que dar excesivas explicaciones y someterse a humillantes controles y comprobaciones.

Hay algo que destaco y que solamente dejo apuntado por si surge la posibilidad de discutirlo en las próximas sesiones: la Renta Básica no solamente es una propuesta para acabar con la pobreza que lo es, sí, y creo que mejor dotada para acabar con la pobreza que los subsidios condicionados y focalizados a la pobreza. Porque como dirían entre otros un viejo amigo argentino y firme partidario de la Renta Básica, Rubén Lo Vuolo, y el aquí presente Pablo Yanes: “los subsidios dirigidos a los pobres son muy pobres”. La Renta Básica además de ser una buena medida contra la pobreza precisamente por ser universal, es también una propuesta que pretende incrementar la libertad de la mayor parte de la población no estrictamente rica.

La propuesta de la Renta Básica ha sido calificada por más de un académico, político o periodista de “radical”. Quien así califica la propuesta de la Renta Básica, debe tener una idea de la radicalidad realmente curiosa. Que una propuesta que permite que toda la población salga de la pobreza mediante una redistribución de la renta y la riqueza sea calificada de radical, es algo realmente impresionante. ¿Es menos radical que la riqueza esté cada vez más desigualitariamente repartida? Más bien, la Renta Básica es de todo punto racional. Y la gran racionalidad de la Renta Básica es lo que la hace peligrosa a los poderosos, timoratos y cortos de miras.

Para acabar me gustaría recordar el título que se ha puesto a mi conferencia y mi conclusión al respecto: las grandes desigualdades no son solamente un problema de diferencias económicas y sociales entre una parte de la población muy pequeña y la otra muy grande, sino que también es una cuestión de libertad. Quien depende de otro para existir socialmente, no es libre. Las personas pobres no solamente tienen falta de recursos, sino que no pueden ser libres. Cuando la riqueza está concentrada en pocas manos, la libertad para la inmensa mayoría está amenazada. De aquí el aviso de Brandeis que les citaba al inicio de la conferencia: “Podemos tener democracia o riqueza concentrada, pero no podemos tener ambas.”

Muchas gracias.
Fuente: www.redrentabasica.org