Por: Virginie Gomez

¿Es el amor secretado por el cerebro, como la bilis es secretada por el hígado? A pesar de que continúa alimentando nuestra imaginación, esta es la imagen que se asocia a menudo con él. Pero una realidad diferente es posible.

¿Quién ama cuando yo te amo? Cuando amo a mi marido, a mi esposa, a mi hijo, a mi compañero, a mi madre, a mi padre, a mi hermano, a mi hermana… ¿Estoy entre la espada y la pared? ¿Soy la neurótica que necesita estar segura de sí mismo, saber que no está sola, o que necesita admirar y ser admirada? Queremos amar. Queremos dar amor. También queremos controlarlo todo. Y queremos resultados. Queremos ser felices. Un día estamos eufóricos, y al día siguiente decepcionados. En su libro ¿Y si del amor no supiéramos nada?, el filósofo y meditador Fabrice Midal describe el dibujo de Voutch, que muestra a una mujer diciéndole al hombre frente a ella: “Debes saber que yo estoy dispuesta a aceptarte como eres, Julián. Pero primero, es necesario que te conviertas en una persona completamente diferente”.

A no ser que sea debido a la excitación, es la necesidad de amor la que nos lleva al abrazo. Amabam amare, “Amo amar”, dice San Agustín evocando un estado anterior en el camino hacia Dios. Marc Marronnier, alias Frédéric Beigbeder, se pregunta en El amor dura tres años: “He leído en una revista femenina: el amor es un aumento efímero de dopamina, noradrenalina, luliberina, y oxitocina […]. La sociedad los engaña: les vende el gran amor cuando está científicamente demostrado que estas hormonas dejan de actuar después de tres años”. Entre una visión materialista y una sociedad de consumo, hemos desarrollado al mismo tiempo una visión ingenua y una desesperada del amor: le demandamos todo, y esperamos finalmente nada.

Amor y conocimiento

Es cierto que la ciencia se ha apoderado del amor, largamente bajo el dominio exclusivo de artistas y poetas. Pero, ¿ella la ha desmentido o revalorizado? La investigación sugiere que nuestro cerebro y nuestra biología están cableados para el amor. Algunos establecen la influencia beneficiosa del amor y las emociones positivas en nuestra salud física. Dos ejemplos: en los años 70, un estudio realizado durante cinco años en Israel y que incluyó a diez mil hombres, mostró que aquellos que se sentían amados por sus esposas eran también los más resistentes a la angina de pecho, una afección cardíaca grave; otro estudio que se siguió durante treinta y cinco años con un grupo de estudiantes de Harvard, reveló que solo el 25% de los que se declararon amados y considerados por sus padres habían sufrido alguna enfermedad grave durante ese período, mientras que… el 87% de los que sentían no haber sido amados, tuvieron una enfermedad grave. Nuestras células sanas se amasan con amor, el catalizador de nuestra biología.

La neurociencia también está interesada en este sentimiento que hace, digamos, perder la razón. Un artículo publicado en 2010 ha clasificado los diversos estudios de la función cerebral en las personas enamoradas. Stephanie Ortigue, investigadora de la Universidad de Syracuse, ha dirigido la redacción. Constatando un creciente interés en este tema luego de los años 60, hace hincapié en que la investigación sigue siendo escasa, e implican varios tipos de amor: en una pareja, el amor apasionado (un estado de intenso deseo de unión con el otro) y el amor de compañerismo (también llamado amor amical); el amor maternal; y, finalmente, el amor incondicional (un amor que se amplía frente a todos los demás de manera sostenible, desinteresada y constante).

Este análisis muestra que el amor, en general, tiene por correlato un aumento de la actividad en los circuitos neuronales de la recompensa (que implica los receptores de dopamina y oxitocina, a menudo calificadas como hormonas del placer). Si cada tipo de amor moviliza diferentes áreas del cerebro, los estudios también muestran que el estado de amor, incluyendo el amor apasionado, activa las áreas de la corteza cerebral asignadas a las funciones cognitivas superiores. “Esto refuerza el hecho de que el amor es más que una emoción básica, escribe Stephanie Ortigue, el amor implica la cognición”.

Los estudios del psiquiatra y psicólogo Richard Davidson acerca de los efectos de la meditación sobre la compasión, conducen a conclusiones comparables: el cerebro entra en un tipo de funcionamiento en el que las neuronas de varias zonas hacen descargas en sincronía. Esto indica una función cerebral de alto vuelo. No sin poesía, Davidson compara el efecto de la compasión en el cerebro con la de una niebla que se eleva, aclarando así las percepciones. En resumen, lejos de volvernos ciegos o dejarnos estupefactos, el amor expresado en pasión o en algunas formas de compasión nos hace, por el contrario, más perceptivos.

Vemos que la ciencia está estudiando diferentes tipos de estados de amor: el amor atento de los padres hacia sus hijos, el de dos seres adultos atraídos el uno por el otro, o el amor incondicional por los demás. Los griegos habían identificado diez, luego de la pornéia, el amor cautivo y lleno de apetito, hasta que el agápē, amor libre e incondicional. Tienen en común que nos ponen en un estado de apertura al otro. Para abarcarlos, el profesor de psicología, Stanley Krippner, ofrece el modelo triangular de Robert Sternberg, autor de una teoría del amor. Sus tres componentes son la intimidad, la expresión de los deseos (no solo en el sentido sexual, sino también de autoestima, de cuidado y atención, etc.) y, finalmente, el compromiso, de más o menos largo plazo. En todas las formas de amor, nos encontramos con estos ingredientes en proporciones variables: El amor de compañerismo combina la intimidad y el compromiso, mientras que en el amor romántico, es la mezcla deseo-intimidad la que domina.

Uno puede preferir este enfoque más sensible del meditador budista y ensayista Jack Kornfield, cuando se le preguntó sobre el significado de la palabra «amor»: «Alguien le pidió a Louis Armstrong que defina el jazz. Él dijo: “No puedo, pero cuando usted lo escuche, lo sabrá”. El amor es muy misterioso. Simplemente, cuando nuestro corazón está abierto y conectado, no con las necesidades o deseos, sino con el aprecio y la benevolencia, lo sabemos”.

Una conexión fuera del espacio-tiempo

¿En qué momento nos pone el amor en todas sus formas en estado de conexión con la persona amada? No es casualidad que el investigador en parapsicología, Dean Radin, comenzara su conferencia en Google Tecnologías en 2008 con la historia de una madre que despierta a las cuatro de la mañana, oprimida por un dolor en la cabeza, con la sensación de morir: “Parecía como si sangre, o no sé qué, fluyera de mi cabeza, y yo trataba de recuperar el aliento. Me sentía cada vez más débil, pensé que estaba realmente muriendo. […] Entonces, me dio la impresión de que mi hijo me llamó. Él dijo: “¡Oh! Mamá, ayúdame”, con gran angustia”. Esto ocurrió un 10 de febrero. El día 12, los padres recibieron un telegrama: su hijo había sido asesinado el día 10 a la 1 de la mañana, con una bala en la cabeza. “Hay una diferencia de nueve horas entre nosotros y el lugar donde estaba mi hijo, continuó la madre. Siento que me llamó cuando sucedió, que lo oí gemir y sentí su agonía”.

En una recopilación de historias, Sally Rhine Feather, de Rhine Center, especializada en investigación en parapsicología, informa que el 40% de 2878 experiencias recogidas (telepatía, clarividencia, precognición) tuvo lugar entre personas cercanas. “Las personas emocionalmente cercanas, estén o no biológicamente relacionadas, están interesadas en la salud y la felicidad de la otra. Ellos se preocupan. Quieren saber si todo está bien, o si hay un problema. Esta profunda preocupación activa un canal de comunicación específico que no se ve obstaculizado ni por la distancia ni por el tiempo”, dice a Sally Rhine.

El poeta y ensayista Frederic Myers, un pionero de la parapsicología, ya había señalado cómo los lazos emocionales entre dos personas favorecen la aparición de las llamadas percepciones extrasensoriales: sensaciones precisas (visión, sensación de ansiedad, dolor físico, etc.) asociadas a lo que el ser querido vive ahora en un lugar remoto, o eventos que vivirá en el futuro. Para Myers, el amor era una especie de “telepatía exaltada (la expresión más simple y universal de la afinidad de los espíritus)”. Muchas personas dicen que sabían lo que estaba sucediendo a su ser querido (hijo, padre, cónyuge, compañero o compañera) en el momento mismo en que se desarrollaron los acontecimientos. Uno de mis amigos ha vivido marcado por el recuerdo de su madre exclamando de repente, sin razón aparente: “¡Algo le ha pasado a tu padre!”. Al mismo tiempo, lejos de casa, su padre acababa de tener un accidente automovilístico. La historia fue largamente ocultada, como un secreto de familia inquietante. ¿Cómo se podría explicar esta visión, a la que la madre estaba acostumbrada, si no es por alguna dudosa conexión con el mundo sutil?

El corazón puede ser la clave

La reciente investigación hecha por el Instituto de HeartMath en los EE.UU., proporciona una luz interesante sobre la relación entre el amor y la intuición. Según su vicepresidente, Rollin McCraty, el corazón juega un papel decisivo en la transmisión de información al resto del cuerpo. Sería el que sincronizaría todo el sistema, más que el cerebro, con el que está estrechamente relacionado. De ahí la importancia de las emociones positivas como el aprecio, la atención, la compasión y el amor, fuentes de coherencia cardíaca y, por lo tanto, de armonía del conjunto de nuestra fisiología. Por el contrario, la ira es un estado psicofisiológico incoherente, caracterizado entre otras cosas por un ritmo cardíaco desordenado. En su último libro, El Corazón coherente, aparecido en junio, se especula que “el papel del corazón es el de actuar como el director de una orquesta en la sinfonía del cuerpo, ligando y sincronizando todo el sistema”. Según él, sus ritmos son portadores de información que prevalecen sobre los otros. El hecho de que el corazón, lejos de ser un músculo simple, contiene 40.000 neuronas, apoya esta hipótesis. Este papel es, especialmente, el más importante que el corazón juega. En un estudio en dos partes titulado Evidencias electrofisiológicas de la intuición, McCraty registró las reacciones cerebrales, cardíacas y epidérmicas de 26 participantes en la proyección de imágenes, algunas de contenido neutral, otras de contenido emotivo: no solo respondió el corazón antes que el cerebro, sino que reaccionó por precognición 4,75 segundos en promedio antes de la aparición de la imagen impactante en la pantalla. Precognición pura y simple.

Rollin McCraty presenta la idea de que “el corazón actúa como una antena que apunta hacia un campo de información fuera del espacio y tiempo que rodean al cuerpo, que informa directamente al corazón y modula sus patrones rítmicos”. Esto explicaría en parte la relación entre la práctica de ejercicios de coherencia cardíaca y el desarrollo de ciertas intuiciones telepáticas o premonitorias. El amor es una de las condiciones que puede generar esta coherencia cardíaca y, por lo tanto, las percepciones intuitivas. “Si se mira desde un cierto ángulo, el descubrimiento de que el corazón esté involucrado en la percepción intuitiva pudiera parecer sorprendente, hay que recordar que en casi todas las culturas del mundo, antiguas y modernas, el corazón era considerado un canal privilegiado de información y sabiduría”, concluye McCraty.

Conciencia y amor

Si el amor llama a este tipo de percepciones, también funciona a la inversa. El físico estadounidense Russell Targ, especialista en láser, ha pasado gran parte de su vida en desarrollar técnicas de visión a distancia, o remote viewing. Permiten obtener información denominada extrasensorial (a distancia en el tiempo o en el espacio) a partir de sensaciones físicas y emocionales. Estos programas fueron desarrollados, entre otros, por los EE.UU. y Rusia, a veces con fines de espionaje. Pero para Russell Targ, la práctica de la visión remota fue sobre todo un camino espiritual que transformó a “un científico de vanguardia en ser humano”. Se debió a que esta práctica consistía en la experiencia repetida de un campo de conciencia “sereno y oceánico”, donde todo está interconectado.

Según Alexis Champion, fundador en Francia de IRIS Intuition Consulting, que enseña técnicas de visualización remota y las aplica a la búsqueda de la información, “cuanto más se practique, crecerá una mayor apertura en los demás; cuanto más se expanda su conciencia, más se tenderá a la unificación con los demás”. Cuanta más empatía hay entre los que practican juntos la visualización remota, mejores son los resultados. “La interconexión optimiza el sistema”. Desde un punto de vista teórico, la práctica lleva a desarrollar una visión de la conciencia sin espacio y sin tiempo. “Después de un momento, llegamos a esta conclusión: me conecto a todos y todo más allá del espacio y el tiempo, y cualquiera de mis pensamientos es una interacción con el otro”.

Que esta conciencia universal sea el amor mismo, y que todos seamos depositarios de cada chispa, es la afirmación de muchas tradiciones espirituales. “Cuando estamos hablando de amor, no estamos hablando de un tipo de amor en particular, sino de la relación en sentido global, no de una relación que interese solo a una o dos personas. ¿No sabes lo que significa estar conectado con el mundo entero, lo que significa cuando se tiene la sensación de ser uno mismo el mundo?”, pregunta el filósofo Krishnamurti en Del amor y la soledad. Según él, es cuando nos liberamos de nuestros miedos y nuestros apegos que el amor se eleva en nosotros.

Ciertamente, no estamos todos llamados a ser sabios y místicos. Pero, ¿no hay una continuidad, un juego de espejos, una resonancia, entre estos múltiples lazos de amor que cultivamos en nuestras vidas, y una dimensión más amplia de la realidad? Desestimando cualquier idea de religión, Fabrice Midal adhiere al amar según Dante, “que mueve el cielo y las estrellas”, presente en toda relación fructuosa, de maestro a alumno, de médico a paciente… “Es solo el derecho a ser. Nosotros no fabricamos el amor, agrega, pero no recubrirlo, es un ejercicio”. Un ejercicio para cada uno.

Todos nosotros poseeríamos esta semilla mística. En su diario Una vida interrumpida, Etty Hillesum, una judía holandesa de treinta años que fue deportada durante la Segunda Guerra Mundial, relata su relación apasionada, espiritual y sexual, con su terapeuta, Julius Spear. Al tiempo que Julius muere y que ella es encerrada en un campo de trabajo, se pregunta: “Este amor que no podemos verter en una sola persona, sobre el otro sexo, ¿no podríamos nosotros convertirlo en una fuerza benéfica para la comunidad humana, y que merecería también tener el nombre de amor? Y cuando se hace el esfuerzo, ¿no nos encontramos precisamente en la realidad plena?”. Nuestros múltiples amores serían el fermento de un amor más amplio, tantos caminos que conducen a lo mejor de nosotros mismos, y de la humanidad entera.