Por Tomás Hirsch y Dario Ergas

En estos días, a propósito del atentado fallido a Pinochet realizado en 1986, hemos podido leer una serie de artículos chilenos sobre el derecho a levantarse en armas frente a una dictadura, o la legítima defensa de un grupo a través del asesinato cuando es agredido por un régimen totalitario sin respaldo democrático o legal. Nos parece importante resaltar el intento de elevar el debate de estas cuestiones por parte del profesor Gonzalo Bustamante así como de Rolando Jiménez, presidente del Movilh, entre otros.

Quisiéramos continuar la reflexión en torno a este tema que consideramos fundamental para aclarar las respuestas que deberemos dar frente a las crisis futuras que viviremos como personas, como sociedad y como nación. No son temas en los que se pueda dar una “última palabra” en un artículo, pero el intercambio de opiniones y de posiciones nos mejora a todos.

Discrepamos de la justificación de la violencia como forma de defensa o de lucha por la liberación.

No fue gracias al atentado en contra de Pinochet que nos liberamos de él, ni fue la época en que Mandela y su grupo se levantaron en armas lo que permitió el fin del apartheid y la instauración de la nueva democracia sudafricana. Al contrario, fueron las manifestaciones populares masivas, la desobediencia civil, la presión y solidaridad internacional de los pueblos, todas expresiones de la no violencia activa, lo que finalmente permitió el avance hacia la mayor justicia y libertad en estos y muchos otros países sometidos. La liberación de Bolivia no fue debido a la acción de grupos guerrilleros sino a la acción no violenta de los pueblos indígenas liderados por Evo Morales. Y si Colombia sale ejemplarmente adelante será gracias a la paz que acuerden las FARC y no gracias a su prolongada y dolorosa guerra.

Cuando discutimos sobre la legitimidad del uso de la violencia, tenemos que enmarcar la discusión en el hecho que “elegimos” la violencia como opción. No hablamos aquí de cuando la violencia es utilizada por ofuscación, por reacción instintiva o por situaciones psicóticas (cada día más habituales, con características de plaga psíquica) en las que voces “divinas” llaman a alguien a cometer asesinatos por el “bien” de la humanidad. La discusión está referida a aquellas situaciones en las que luchamos contra un sistema violento y debemos elegir la forma de lucha.

Por lo general se supone que, frente al ataque violento, una respuesta de la misma naturaleza tiene justificación moral. Y es cierto que tiene justificación, pero desde la moral de la venganza.

Esa es una moral que se infiltró en muchas culturas y en muchos libros sagrados. Esta moral de la venganza, que hoy aparece plenamente justificada y por tanto “normal” tiene seriamente complicada a la humanidad.

Hoy la violencia física está siendo utilizada en Irak, Libia, Pakistán, Ucrania, Sudán, por mencionar solo algunos de los casos más vistosos que vemos en las noticias cada día. Y están también Siria, Líbano, Israel, Palestina, Gaza y Egipto. Pueblos bombardeados por otros, sometidos a la miseria y la denigración, por supuesto pueden optar por diferentes formas de lucha y decidir que la violencia tiene justificación frente a las masacres que han sufrido. Pero eso es también lo que hacen los grupos de degolladores del Estado Islámico. Entonces no es tan sencillo tirar la línea de cuando la violencia es justa y cuando no lo es. Resulta arbitrario intentar definir cuando está bien y cuando no.

Pero además la violencia no es solo física o armada. La violencia es el instrumento para coartar la libertad de una persona, de un grupo o de un pueblo. Frente a la violencia económica en la que un pequeño grupo concentra la riqueza de todo un país o del mundo en desmedro de los muchos que no pueden resolver sus necesidades básicas, ¿cómo han de responder esos conjuntos empobrecidos? La línea argumental usada para justificar el intento de asesinato de Pinochet, ¿justificaría también el derecho a la legítima defensa con el uso de la violencia por parte de los desposeídos del sistema económico?

Las sociedades están cada vez más desintegradas; el sentimiento “nacional”, la afinidad social, la ideología, el partido político o la creencia religiosa ya no son factores de unidad. Cualquier grupo puede sentirse afectado y pisoteado por otro. ¿Cuál es la forma de lucha que escogerá frente a ese sentimiento?

Decimos que la no violencia activa es la única respuesta válida para transformar este momento histórico. Es la opción de lucha que nos eleva y nos obliga a mejorarnos como personas, a organizarnos como pueblo, a transformarnos como sociedad. Decimos que la violencia frente a la violencia simplemente conserva el sistema de poder cambiando el bando de los protagonistas, pero no produce transformaciones reales en el sistema económico y educativo, y mucho menos a nivel personal y espiritual.

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