La patronal madrileña, que preside el polémico Arturo Fernández, se ha propuesto “inundar Madrid” con fotos de Felipe y Letizia, y, a la par, la alcaldesa, Ana Botella, ha hecho público finalmente un bando para llamar a los madrileños a respaldar a los nuevos Reyes el día de la proclamación, el próximo jueves. Los leales a la corona se movilizan para no perder sus privilegios.

En Alemania antiguamente algunas familias burguesas pertenecían a la “Eharbarkeit de Württemberg”, que podría traducirse “La lealtad” o “Los leales”. Estos leales eran la alta burguesía que por 1514, eran fieles al Duque. Existió un pacto entre el Ducado y sus leales que se conocía como el Acuerdo de Tubinga. En el pacto había un compromiso de protección del estamento nobiliario, por esta minoría selecta burguesa. Los leales tenían acceso privilegiado en reciprocidad a una sólida formación académica que les aseguraba el desempeño de los principales puestos del funcionariado y la Iglesia. Esta trenza garantizaba la permanencia de los privilegios y el poder económico, político y religiosa en manos de la minoría selecta y el ducado.
Ortega decía que el origen de la legitimidad arcaica se encontraba en el diario sacro oficio. Cada instante de la cotidianidad primigenia era consagrado mediante el ritual ceremonial. El rector del ceremonial era el poseedor del “carisma”, entendiendo el carisma en sentido griego, es decir, aquel que se hallaba cerca de los dioses. El consensus antiguo era en torno a la figura del rector del ceremonial, el chamán, el tocado por los dioses.
El equivalente en latín del consensus griego sería gratia. Dei Gratia, la Gracia de Dios. Por eso en todas nuestras monedas antiguas aparecia esa inscripción, hasta llegar al “caudillo de España por la gracia de Dios”.
En 1975 después de la muerte del dictador Franco, apareció una pintada firmada por los anarquistas que sintetizada muy bien, todo el horror vivido durante 40 años, por el agraciado por Dios; “Hijos míos no os fiéis de Dios porque Franco está en el Cielo”.
Los usurpadores de la legitimidad, entendiendo a lo legítimo como lo verdadero, como la cercanía a lo sagrado, que emanaba de la tierra, han tenido que urdir todo tipo de artimañas para justificar su falsedad histórica. Desde tiempo inmemorial se nos dijo que esta casta era de sangre real, eran del linaje de los tocados por los Dioses, de los de sangre azul. El color Azul que provenía de la palidez de la piel no manciñada por el Sol, propia de aquellos a los que los Dioses otorgaron el privilegio de no estar encadenados por la maldición bíblica, de tener que ganarse el sustento con el sudor de su frente.
Los de piel morena y negra, el pueblo sometido a la maldición del trabajo esclavizante tenían la sangre roja, la sangre de los expulsados de paraíso terrenal. Fascinados por el privilegio mítico de la casta azul, una y otra vez durante generaciones a nuestras hijas les hablamos del príncipe azul, desde la más tierna infancia ensoñaron con el príncipe azul adentro de una habitación de paredes de color rosa. Ensoñaron con aquel que podía deshacer el echizo que las había expulsado del paraíso.
Ortega en “Estudios sobre el Amor” resaltada la importancia de la mujer en la historia como la que tenía el privilegio de elegir el tipo, el modelo de hombre. Todos los hombres quisieron ser el príncipe azul, que incendiara, el corazón de la amada. Así hombres y mujeres quisieron a toda costa acercarse a aquellos agraciados por los dioses.
La maldición azul se consumó en la historia como la maldición de malinche en américa, usurpando las bases de la vida que estaban en la tierra para ponerlas en los cielos. Dioses y Reyes juntos, en el Olimpo de la infamia… El paraiso ya no fue más terrenal sino celestial. Ahora en España se han impreso camisetas con la efigie (representación de una cosa viva e ideal) de Felipe y Letizia adentro de un círculo de color azul y rosa. La pareja de los nuevos reyes está envuelta en el rosa del amor y el azul de los cielos, los colores de las falsas esperanzas y los falsos amores, los colores de los falsarios de la historia. Y es que la elección no es entre monarquía o república, la elección es entre el sueño y el despertar entre la debilidad o el control de nuestra fuerza interna.
Ya el pensador latinoamericano Silo nos advertía: “ … Porque toda representación de lo “alto” va desde el ojo hacia arriba de la línea normal de la mirada. Y “altas” son las personalidades que “poseen” la bondad, la sabiduría y la fuerza. Y en lo “alto” están las jerarquías y los poderes y las banderas y el Estado. Y nosotros, comunes mortales, debemos “ascender” en la escala social y acercarnos al poder a todo coste. Qué mal estamos, manejados aún por esos mecanismos que coinciden con la representación interna, con nuestra cabeza en lo “alto” y nuestros pies pegados a la tierra. Qué mal estamos, cuando se cree en esas cosas (y se cree porque tienen su “realidad” en la representación interna). Qué mal estamos, cuando nuestra mirada externa no es sino proyección ignorada de la interna.” Humanizar la Tierra , Silo

Pau Serra es miembro del Mensaje de Silo