El sueño nunca derrotado

03.10.2012 - Pau Serra

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El sueño nunca derrotado
(Imagen de Betsabé Donoso)

Algunos creyeron que al finalizar la Guerra Civil Española y posteriormente la Segunda Guerra Mundial, que en realidad fue una guerra civil europea,  los sueños, anhelos y profundas aspiraciones que habían nutrido a millones de españoles habían sido derrotados para siempre. Vencedores y vencidos parecían coincidir en ese resultado, aunque no necesariamente compartían el mismo clima mental. Los vencedores de la contienda creyeron que eliminando y disciplinando con todo el rigor y crueldad posibles, las ansias de libertad apagarían para siempre aquel espíritu libertario que había incendiado y unido a millones de españoles. España por aquel entonces marchaba a contramano del proceso histórico, un proceso histórico de predominio ideológico alemán, francés y anglosajón.

En aquella España republicana, se impulsó la cultura para extenderla a todos los niveles, con el objetivo de que el país abandonara el analfabetismo y el atraso. Se crearon más de 10.000 escuelas y se aumentó el sueldo de maestros. El presupuesto en educación se incrementó en un 50% como gran inversión de futuro para salir del ostracismo. Distintas misiones pedagógicas fueron creadas para llevar la cultura a las zonas rurales postergadas. Los españoles aspiraban a un porvenir de democracia real y de modernidad, de libertad y de justicia, de educación y de progreso, de igualdad y de derechos universales para todos. Una verdadera descentralización política y económica a todos los niveles.

Terminada la Segunda Guerra Mundial y «liberada» Europa de la amenaza del nazismo y sus estrechos colaboradores, los renovados vencedores se olvidaron de restaurar la República Española y compensar, con ello, el enorme tributo que los republicanos españoles habían generosamente entregado en la contienda. El franquismo pese a su vinculación con el nazismo resultó ser mejor aliado, más previsible y manejable que aquella “extraña república española”, en la que se gestaba un nuevo paradigma que ponía en jaque los intereses de toda la burguesía y poderes fácticos europeos. Para “los guardianes de la libertad» no era  el estalinismo el mayor peligro potencial, lo que más temían nuestros vecinos era el efecto demostración que la restauración de la república española podría mostrar y propagar al mundo. Ningún tribunal penal internacional ha juzgado todavía al franquismo pese a sus horrendos crímenes, esto demuestra la complicidad y falsedad de todos los gobiernos europeos.

Ingenuamente los europeos actuales creemos que los vencedores de la Segunda Guerra Mundial fueron los buenos. «La alianza del bien» que había derrotado en dura contienda -nos dijeron- a la  barbarie del nazismo y fascismo. En realidad, prácticamente en toda Europa, de norte a sur el antihumanismo era el clima mental de trasfondo que se imponía. Ahora con cierta perspectiva histórica podemos ver por, ejemplo, como parte de un mismo proceso histórico oscurantista al estalinismo. Una cosa era el ropaje externo ideológico con el que se presentaban al mundo y otro el trasfondo psicosocial desde  el que se expresaban y actuaban.

Si apelamos a la razón histórica, tal como planteaba Ortega y Gasset, observaremos que aquellos  “supervivientes bondadosos» de la guerra fraticida europea, más adelante, acabaron también cometiendo todo tipo de atrocidades al igual que sus coetáneos “malvados” regionales. ¿Qué clase de acciones criminales, si no, desplegaron y despliegan los anglosajones, franceses y otros estados europeos hacia otros pueblos?. La guerra de Argelia, las desplegadas en diferentes puntos de África, América Latina (Haití, etc) . Las acciones actuales en Irak, Libia, Afganistán, Siria, etc., por citar algunas realizadas por nuestros “bondadosos hermanos europeos”, no se diferencian en nada de las realizadas por los juzgados y condenados en los procesos de Núremberg por crímenes contra la humanidad.

Ahora en España, con el surgimiento del 15M -como expresión concomitante de un mismo fenómeno que irrumpe en el mundo- nuevamente aquel espíritu libertario de la Segunda República resurge como una gran asamblea para recordar a los usurpadores actuales que no se puede detener el avance de la intencionalidad humana. Por más cercos, manipulación y violencia que se trate de imponer a los seres humanos, nunca se puede detener la historia. La historia humana es la historia del surgimiento de la conciencia humana, una conciencia que muy al contrario de lo que se cree nunca es pasiva sino siempre activa, dispuesta a nuevos intentos para transformar al mundo y a sí misma.

Los poderosos deberían aprender de la historia que nadie tiene asegurado el futuro y que no hay forma de detener el impulso siempre creciente de la vida, que busca a través del ser humano hacerse consciente de sí misma. También los que nos sentimos humillados y sometidos deberíamos comprender con urgencia que la violencia como receta siempre termina produciendo nefastos efectos secundarios. Ortega también  señaló que no es luchando contra los abusos que se hacen las revoluciones, sino cambiando los usos.

Ojalá, en estos nuevos intentos de los pueblos que están despertando, desterremos el uso de toda forma de violencia para superar el viejo mito del eterno retorno encadenado a una rueda que gira y gira.

La historia humana es una acumulación de factores históricos no resueltos, que ahora reclaman ser atendidos. Tampoco es posible seguir adelante en la historia desde los viejos moldes de liberación, ya que continuamente reproducen los mismos trasfondos totalitarios impulsados por el resentimiento y la venganza. No son nuevos ideales lo que necesitamos para sostener nuestra vida sometida, sino una nueva vida para sostener nuevos ideales.

Hoy más que nunca tenemos la oportunidad de sintonizar con las mejores aspiraciones de la buena gente que nos precedió para ir mas allá de la violencia, aspirando a convertir incluso a nuestros oponentes por medio de la no violencia activa para impulsar los cambios que necesitamos.

No hay revolución más grande y profunda que tratar a los demás como quisiéramos ser tratados. En esta humilde regla de oro kantiana, basada en una ética de la reciprocidad, está el camino de nuestra liberación y una nueva vida consagrada a la construcción de la futura nación humana universa, como ámbito superador de nuestras contradicciones personales, sociales e históricas.

 

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