Días atrás, Pressenza publicó una nota del columnista de la agencia e investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas J. Tolcachier, en la que se analizaba críticamente el documento de las Naciones Unidas que servirá de marco a los esfuerzos de desarrollo sostenible hasta el año 2030.

El autor puntualizaba la trágica y sospechosa omisión del desarme como objetivo esencial en el documento y prometía profundizar en los motivos de dicho silencio en una nueva nota, que entregó pocos días después a la redacción de Pressenza, para – como comentó irónicamente – “ir nuevamente a contramano de las tendencias mundiales y desendeudarme”.

Los seis mayores exportadores de armamento en el período 2009-13 han sido los Estados Unidos (29%), Rusia (27%), Alemania (7%), China (6%), Francia (5%) y Gran Bretaña (4%)[1], acumulando un 78% del total. Cinco de estos países (todos, menos Alemania) son precisamente los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con derecho a veto en el “único órgano de la ONU cuyas decisiones los Estados Miembros, conforme a la Carta, están obligados a cumplir.[2] Estos países además poseen conjuntamente el 98% del armamento nuclear (aproximadamente 16075 ojivas según datos 2014 del SIPRI) del cual los arsenales de Rusia y EEUU son la principal fuente de peligro para la humanidad con 8000 y 7300 ojivas respectivamente.

Esto explica en gran parte y de manera directa la censura (y autocensura) vigente en la institución respecto a toda acción o declaración que implique una reducción armamentista a nivel global. También muestra a las claras la severa insuficiencia democrática de la institución, inmersa en una crisis similar al resto del andamiaje internacional armado con posterioridad a la segunda guerra mundial.

Por supuesto que podrían señalarse otros motivos para este error grave en el planteo de objetivos de desarrollo humano, acaso algo más complejos, como por ejemplo un aún subyacente positivismo en los planteos del que deriva la creencia que la paz y el bienestar serán fruto exclusivo y automático del desarrollo económico sin que medien transformaciones valóricas esenciales.

Pero hoy analizaremos en profundidad el mapa armamentista para actualizar nuestras imágenes y ayudarnos a comprender algunas de las lógicas actuantes en la arena geopolítica que apuntalan el fenómeno de manera lamentable.

El gasto militar se ha mantenido durante 2014 en abultadísimas sumas (alrededor de los 1747562 millones de dólares), si bien se registra una muy pequeña reducción del 2% desde 2012. En términos dinerarios, esa suma representa un 2,4% del producto bruto mundial.

Sin embargo, algo ha cambiado en el mapamundi de esta mortífera industria: las principales empresas armamentistas han debido buscar nuevos clientes, dada la reducción en partidas militares operada en los presupuestos estatales de Europa occidental (-2.4% interanual) y los Estados Unidos (un 6.5% menos interanual, pero un significativo 19.8% desde 2010). Por este motivo, el volumen del gasto militar global se ha sostenido en base a otras regiones: África (incremento de un 9% ,45 mil millones de gasto), Europa oriental (+5,3%, 98.5 mil millones, de los cuales Rusia representa el 86%), Asia y Oceanía (que aumentaron su gasto en 3.6%, llegando a 407 mil millones, de los cuales China tiene el 53% e India el 12%) y, por supuesto, el Oriente Próximo, que agregó un 4% a su gasto militar, empujado por Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Omán, y por supuesto, por Israel.

El caso de las monarquías petroleras del Golfo es tremendo. Los saudíes disputan con los rusos el tercer puesto del reprobable ranking, con un gasto de unos 80 mil millones de dólares. Los Emiratos Árabes y Turquía (cada uno con más de 22 mil millones) superaron a al habitualmente alto presupuesto israelí (más de 15 mil millones) e Irán (cuyo último dato, cercano a los 13 mil millones, data de 2012). La guerra permanente en el Oriente Próximo y Medio muestran su reflejo en la prioridad armamentista de sus instigadores, financistas y ejecutores, lo cual se ve a las claras observando el porcentaje de producto bruto interno (Omán 11.6%, Arabia Saudita 10.4%, Israel 5.2%, Emiratos 5.1%, Siria sin datos fiables) y presupuesto público (Arabia S. 25.9%, Omán 25.5%, Emiratos 23.9%, Israel, Líbano y Yemen alrededor del 13%) invertido en personal y material de combate. Además de Siria e Irán, de Qatar no hay números confiables desde hace varios años…

Estas proporciones de gasto sobre producto total del país y erario gubernamental contrastan fuertemente con aquellas que mantienen la mayoría de los países europeos (que oscilan entre un 1 y un 2% del PBI y entre el 1.5 y el 5% sobre el presupuesto) mostrando cómo éstos impulsan a otros a gastar, proclamando para sí morales de austeridad y equilibrio fiscal.

Aún así y con la mencionada reducción de presupuesto, EEUU mantiene una amplia delantera en la macabra carrera con un gasto militar declarado cercano a los 610 mil millones (35% del total mundial, algo menos que el 40% en 2010), que incluye no sólo sus extendidos programas armamentistas, sino también el sostenimiento de sus legiones y bases en los distintos continentes, la asistencia militar a terceros y el pago de pensiones de retiro a los ex combatientes.

Simplificando el panorama, podemos apuntar tres grandes motivos en los que se apoya en la actualidad el desquicio armamentista: el negocio, el nuevo “des-orden” global y los avances tecnológicos.

El negocio de los mercaderes de la muerte

Entre las diez empresas que ocupan los primeros lugares en la fabricación de armas, siete son norteamericanas, una inglesa, una transeuropea y una italiana. Este liderazgo estadounidense se explica en gran parte por el propio gasto del estado norteamericano, contrariando toda creencia infantil en el libre mercado y la libre competencia. El repetido, pero no por ello menos cierto señalamiento acerca del peso del complejo militar industrial se verá más que confirmado, si uno observa las cifras sobre contrataciones que ofrece el Federal Procurement Data System[3] de ese país. En la planilla de 2014, las cinco grandes corporaciones de armamento (Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon y Northrop Grummann) figuran en primer lugar, llevándose entre todas algo así como un 20% de los contratos del estado.

Esto es posible por un formidable sistema de influencias (lobby) en Washington. En 2012, esta industria invirtió 132$ millones de dólares, con más de 900 lobbyistas representando unos 266 clientes.[4] Si además se piensa en las donaciones a los PAC´s (grupos de apoyo a los candidatos legislativos o ejecutivos que habitualmente movilizan la recaudación de recursos electorales) y en el reparto de acciones de estas empresas a legisladores, queda manifiesto donde está el verdadero poder de decisión a la hora de lograr la permanente compra de nuevo material militar. A su vez, estos elevados presupuestos generan fondos para innovación tecnológica, lo que – como veremos más abajo – atizan la lógica armamentista en otros lugares.

En Estados Unidos tienen su base además 43 de las primeras 100 compañías (datos SIPRI 2013). En esa lista –en la que no está incluida China por no tener transparencia suficiente en sus datos, según la misma institución – figuran además 14 empresas rusas, 10 francesas, 9 británicas, 5 surcoreanas, 4 alemanas y japonesas, 3 italianas, indias, israelíes y transeuropeas, dos australianas y suizas y también “aportan” a la competencia armamentista Canadá, Noruega, Brasil, Singapur, España, Suecia, Ucrania y Turquía con una cada uno.

Ciertamente el negocio está hoy más repartido que ayer y todos quieren su parte.

En el siguiente apartado, entenderemos quien vende, quien compra y porqué.

El nuevo “des-orden” global

Cualquier observador internacional conoce hoy el desplazamiento relativo de fuerzas ocurrido en el mundo en detrimento de un orden unipolar y a favor de cierta multipolaridad.

En esta perspectiva han aparecido algunos países contrarrestando lo que parecía constituirse en la definitiva primacía norteamericana en la geopolítica internacional. Nos referimos por supuesto a China y a Rusia, pero también a India y en menor medida a Brasil, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Sudáfrica, quienes constituyen un contrapeso a la hegemonía occidental, ocupando espacios antes exclusivos de aquélla. El armamentismo ha seguido lamentablemente una lógica paralela a estos cambios.

 

China, por ejemplo, ha aumentado su poderío militar casi tanto como su crecimiento económico. Entre 1989 (represión de Tian Anmen, diez años después de la apertura económica bajo Deng Xiaoping) y 2014 su presupuesto militar se ha multiplicado casi 19 veces, ocupando con más de 261 mil millones de dólares la segunda posición, acortando la distancia con USA a la mitad: En 2010 el gasto militar estadounidense superaba al chino 5.66 veces, en 2014 la distancia es “solamente” de 2.82 veces. China, además, ha pasado de ser un gran consumidor a producir e incluso a exportar armamento, situándose ya en el cuarto lugar en este rubro con un 6% del total.

 

Rusia, por su parte – como ya se consignó – es el segundo mayor exportador militar, siendo responsable por un 27% del total, apenas un 2% menos que los EEUU. Sólo entre 2012 y 2013 Rusia incrementó sus ventas en más de un 20%.

En el campo de los compradores, destaca el primer lugar de otra potencia regional en el nuevo escenario, la India, con un 14% de la importación total mundial en armamento, revelando no sólo el nuevo poder adquisitivo, unido a la habitual actitud beligerante junto a su vecino pakistaní (tercero en la escala de importaciones con 5%), sino también, al igual que aquél, su bajo desempeño en la producción propia de armamento de última generación.

 

Así, si se suma Brasil, el bloque BRIC – exceptuando al socio sudafricano, que no ha aumentado su presupuesto militar – ha puesto más de 380 mil millones de dólares al caldero del armamento, algo más de un quinto del gasto total mundial. De esta manera, quienes se esperanzaban en que este bloque equilibrara la lógica violenta unipolar con una nueva lógica de desarme, ha visto truncada esa ilusión asistiendo a una nueva carrera armamentista.

 

Los segundos promotores del armamentismo por el lado comprador han sido –como se anotó anteriormente – las monarquías de la península arábiga y esto nos lleva a comentar otra faceta del novedoso desorden mundial. Como en anteriores oportunidades, los pueblos han registrado la inestabilidad, el resquebrajamiento de un orden anterior y han empujado en algunos casos para voltear regímenes opresores como han sido los casos de Túnez y Egipto. En estos movimientos populares que encuentran su réplica y ampliación en distintos puntos del orbe y en los más disímiles lugares, sí se encuentra una nueva sensibilidad refractaria a la violencia, sobre todo en sus jóvenes y una clara actitud de cambio que alienta el desarme, la justicia social, la no discriminación y la libertad.

Más allá del descontento que también comenzó a manifestarse allí, no entran en esta categoría exactamente Libia o Siria, que son guerras fabricadas por el imperialismo, intentando aprovechar la misma inestabilidad y viejos conflictos culturales que asoman cuando las placas tectónicas sociales comienzan a moverse.

 

Las turbulencias han llegado hasta las narices de regímenes autocráticos como el de Bahréin, Arabia Saudita y el mismo Marruecos, amenazando con profundas reformas. A lo cual, se ha respondido con represión y armamentismo, extendiendo además el conflicto por todo el Sahel africano con una ideologización islámica de corte conservador (salafismo-wahabismo) y potenciando el conflicto hacia el Oriente con países con fuerte predominancia shiíta. Las guerras, como muchas otras ramas de la economía, ha sido tercerizada en grupos insurgentes como Al-Shabab (Somalía), Boko Haram (Nigeria), Frente Al Nusra/EI (Irak, Siria) y otras denominaciones de cuño similar. Israel, EEUU y la OTAN son aliados de esta nueva cruzada islámica de signo retrógrado, por hacer ésta frente al eje iraní y a la influencia turca y egipcia en la región – además de permitir grandes negocios con los jeques petroleros.

 

La espiral armamentista y los conflictos en la vecindad geopolítica generan además amenazas que, a su vez, provocan rearme preventivo, como es en el caso de Argelia o de Angola, principales impulsores del crecimiento del gasto en África. El mismo fenómeno se produce en Asia, generando el despliegue chino un incremento de los gastos militares en Japón, Corea del Sur, Brunei o Camboya. Algo similar se ha producido en la vecindad rusa, con la peligrosa extensión de las acciones de la OTAN en ese entorno, sobre todo en Ucrania, pero también mediante ostentosos movimientos de tropas en Polonia, Alemania y la República Checa. La conflictividad interna, a su vez, pone en el tope de los consumidores de armas en la región latinoamericana a Colombia, México y Brasil, lugares en donde la violencia armada es desde hace tiempo endémica.

 

La innovación tecnológica

Por último, es innegable que la acelerada revolución tecnológica ha tenido un fuerte impacto en la renovación de los arsenales y ha motorizado el mismo efecto en los supuestos rivales de la arena geopolítica, so pena de quedar anticuados y en condiciones de inferioridad.

Así lo expresa C. Leyton S.: “Si bien es cierto que los Programas de Modernización de Tecnología Militar no responden a los criterios de una tradicional carrera armamentista, la competencia bélica por adquirir armamento de tecnología avanzada puede traducirse, en un momento dado, en un aumento de la percepción de amenaza, especialmente por los efectos desestabilizadores propios a ciertos sistemas de armamento, y ello, aún entre Estados integrados en un proceso de convergencia de intereses.”[5]

El mismo estudioso señala como han influido en estos programas el desarrollo de la microelectrónica, los sensores, el láser de alta energía, los supercomputadores, los sistemas de navegación ultra precisos, la inteligencia artificial, la fibra óptica, la miniaturización, así como los nuevos materiales compuestos.

No por nada, entre los principales “productos” armamentistas destacan los nuevos aviones de combate, los sistemas de detección aérea, los drones y los misiles teledirigidos de largo alcance y alta precisión.

Conclusiones

Es falso partir de que es posible el desarrollo, cerrando los ojos al insostenible estado de beligerancia y amenaza permanente que generan los arsenales nucleares y convencionales. Es fútil la preocupación por aumentar mínimamente los compromisos de ayuda de los países donantes, mientras éstos son en gran parte responsables del derroche presupuestario que inflige el armamentismo. Del mismo modo, es ingenuo – y hasta hipócrita – pretender la construcción de sociedades pacíficas, equilibradas, democráticas, sin eliminar el peligro que representa el negocio de las armas para establecer un orden de tales características.

Las armas no custodian la Paz, la destruyen. Las armas no producen seguridad, sino que fomentan la inseguridad. Las armas no contribuyen al desarrollo, lo dificultan.

Para salir del pantano habrá que cambiar las prioridades en los casilleros de la escala de valores, colocando al ser humano como valor central por encima de cualquier otra consideración. Entonces desaparecerá el flagelo de las armas y las guerras y se abrirán verdaderos horizontes de desarrollo humano. Tal como lo indica el Humanismo: “Nada por encima del Ser Humano, ni ningún ser humano por debajo de otro.”

 

 

[1] Cuando no se indique lo contrario, el análisis estadístico está hecho en base a las cifras proporcionadas por el Informe 2014 del SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute).

[2] Textual del sitio web del Consejo de Seguridad de la ONU http://www.un.org/es/sc/

[3 https://www.fpds.gov/fpdsng_cms/index.php/reports/62-top-100-contractors-report

[4] Datos de https://www.opensecrets.org/industries/background.php?cycle=2014&ind=D

[5] Programas de Modernización de Tecnología Militar versus Carreras Armamentistas (C. Leyton S., 2001, Security and Defense Studies Review)