Convocado por el Movimiento Humanista y con el apoyo decidido del gobierno de la Ciudad de México y la Secretaría de Cultura, se dieron cita varias decenas de personas en el Monumento a la Revolución para hacer un alto a la cotidianeidad en sus vidas, para despojarse de prejuicios y reflexionar sobre cómo encontrar y construir los caminos que permitan erradicar la violencia personal, social y en el mundo.
Mientras los medios de comunicación continuaban volcados un día más sobre el conflicto bélico, sobre los dimes y diretes de los líderes mundiales; cuando la nota inmediata de la prensa local y la atención masiva, dirigían su mirada hacia las decisiones que tomarían en el Partido Morena, los humanistas, como hace seis décadas (mayo de 1969), se reunieron con el propósito de tomar una resolución y hacer un compromiso personal y colectivo que consistió primero, en reconocer la violencia que experimenta cada uno sobre sí mismo pero también la que cada uno ejerce hacia otros. Y segundo, llevar esta propuesta y mensaje a otros, en los ámbitos en que convive a diario.

Con una sencilla bienvenida y un encuadre muy sintético, uno de los disertantes aseveró que el humanismo no es una moda sino una actitud que se caracteriza por:
1.- La ubicación del ser humano como valor central; 2.- La afirmación de la igualdad de todos los seres humanos; 3.-El reconocimiento de la diversidad personal y cultural; 4.- La tendencia al desarrollo del conocimiento por encima de lo aceptado como verdad absoluta; 5.- La afirmación de la libertad de ideas y creencias y 6.- El repudio de la violencia en todas sus formas.
Esta corriente de pensamiento y acción, se afirmó, “llevó a primer plano y a debate, la importancia de la interioridad de las personas en la práctica política y social, interioridad que se expresa también en la espiritualidad y en la búsqueda del sentido de la vida.»

En la apertura se denunció la censura de los medios de comunicación apoyados por los poderes fácticos, a lo que se agregó: “Estamos tomados por la auto-censura. Nos negamos a reconocer los temores y la violencia que padecemos y ejercemos; nos resistimos a expresar nuestros afectos y aspiraciones profundas”.
Y más adelante se expresó: “Una cosa es estudiar y entender al ser humano, estudiar su evolución, su modo de producción y sus relaciones, y otra cosa es experimentar la humanidad en otros”.


Con una dinámica en la que el público se colocó por parejas, uno frente a otro (a), mirándose a los ojos y cada una posando la mano derecha sobre el hombro izquierdo de la otra, se generó un clima sensible, propicio para buscar en lo profundo esa conexión esencial que nos hace iguales como humanos.
El ejercicio se inició con uno de ambos participantes cerrando los ojos y diciendo: “Quiero encontrar y sentir lo humano que hay en mi”. Luego de un espacio de tiempo breve, continuaba: “Ya siento lo humano que hay en mí, ahora, quiero sentir lo humano que hay en ti”. Una vez que lograba esa profundidad y registro. Seguidamente, la otra persona realizaba el mismo ejercicio, para finalizar con un cálido abrazo.
Este intercambio se realizó cuatro veces durante 3 horas, mientras que en los intermedios hubo intervenciones del público en el que expresaron su sentir respecto del tema que los convocó y testimonios personales desde el campo político, espiritual, sicológico, científico y social, en relación con el fenómeno humano.

Se enfatizó en que no basta con declararse pacifista o adherir a la no-violencia de manera pasiva, es necesario modificar la conducta para transformar el mundo con una sencilla propuesta que es la coherencia que consiste en pensar, sentir y actuar en la misma dirección y tratar a los demás como se quiere ser tratado.
En el desarrollo del evento y al final, los asistentes lanzaron el saludo que se está haciendo poco a poco viral en redes,
Paz, Fuerza y Alegría.













