Puede que no haya “ismo” más relevante para el momento presente que el Siloísmo. En un momento marcado por la profundización del conflicto global y la incertidumbre existencial, el Siloísmo ofrece no solo una dirección para la vida personal, sino también una perspectiva para la transformación social y el futuro de la humanidad. Lo que parece una crisis también podría ser una apertura, una oportunidad para moverse en una dirección diferente, lejos de la violencia y la destrucción.

“Recuerda, incluso cuando miras esa cara sufriente, que es necesario avanzar, y es necesario aprender a reír, y es necesario aprender a amar.” – Silo

El 4 de mayo de 1969, en Punta de Vacas, Mendoza, Argentina, Silo pronunció su primer discurso público, «La curación del sufrimiento». Bajo una dictadura militar que había prohibido las reuniones públicas en las ciudades, la gente viajó a este lugar remoto en Los Andes para escucharlo hablar.

Silo (1938–2010), nacido Mario Rodríguez Cobos, fue un pensador, escritor y fundador argentino de una corriente de pensamiento conocida como Siloísmo o Humanismo Universalista. Su trabajo se centra en superar el sufrimiento a través de la transformación interior, la no violencia y el desarrollo de la conciencia humana, al tiempo que promueve el cambio social arraigado en la libertad y el sentido.

Más de cinco décadas después, sus palabras resuenan con renovada urgencia. Este pasaje de esa primera charla podría fácilmente describir nuestra situación actual:

“Sólo la fe interna y la meditación interior pueden terminar con la violencia en tí, en los demás y en el mundo que te rodea. Todas las otras son falsas puertas… Este mundo está a punto de estallar… No hay política que pueda resolver este impulso de violencia enloquecida…”

Silo vio claramente la profundidad de la crisis que enfrentamos ahora. Sin embargo, si estuviera vivo hoy, también podría estar intrigado, incluso energetizado, por la descomposición continua de los viejos sistemas. Predijo el “colapso” del mundo occidental, pero lo vio como un momento de inestabilidad que despierta la atención fría y abre nuevas posibilidades.

Él mismo encarnó este enfoque dinámico. Un maestro organizador, creó y desarrolló diversas formas de acción colectiva: grupos de vecinos, publicaciones y partidos políticos bajo la bandera del Movimiento Humanista, y más tarde comunidades espirituales más fluidas centradas en el Mensaje de Silo. Al mismo tiempo, guió el desarrollo de más de 50 Parques de Estudio y Reflexión en los cinco continentes, espacios dedicados a la transformación personal y social.

Silo prestó mucha atención a la energía humana, su dirección, intensidad y significado. Cuando habló de elecciones, por ejemplo, no se centró solo en los resultados políticos, sino en la calidad del acto: si se hacía mecánicamente o con intención consciente. Para él, la diferencia importaba profundamente.

Gran parte de su trabajo explora cómo conectarse y desarrollar esta energía interna, cómo dirigirla hacia estados de conciencia más altos o más profundos. Nuestra experiencia de vida depende en gran medida de esto. Cuando estamos inspirados o enamorados, nos sentimos expansivos, creativos y capaces. Cuando nos enojamos, esa energía se desvanece y el mundo puede parecer cerrado y pesado. Desde una perspectiva siloista, nuestra realidad está formada por las imágenes y la energía que nos mueven”.“Ama la realidad que construyes”, escribió.

El humanismo y la no violencia de Silo no son ideas abstractas; están destinadas a ser vividas. Hoy el Siloismo tiene muchas caras. El Foro Humanista Mundial coordina acciones en Asia, África, América del Sur y Europa. Pressenza, una agencia internacional de noticias, publica diariamente noticias y opinión en 12 idiomas. Los partidos políticos humanistas, Europa por la Paz, La Comunidad para el Desarrollo Humano, el Centro Mundial de Estudios Humanistas y Mundo sin Guerras y sin Violencia llevan adelante este trabajo a nivel mundial, junto con innumerables iniciativas locales y reuniones de base, así como numerosos estudios y monografías sobre una variedad de temas que continúan desarrollándose en los Parques de Estudio y Reflexión.

Hoy en día, muchos creen que el dinero y la tecnología resolverán nuestros problemas. Los políticos, las ONGs, las corporaciones y también las personas comunes pasan la mayor parte de su tiempo buscando cómo ganar dinero; sin embargo, cuanto más dependemos exclusivamente de ello, más profunda parece crecer la crisis, trayendo una mayor inestabilidad, desigualdad y violencia.

A muchos les sigue siendo difícil imaginar otro camino, uno que le dé a la vida un sentido y una dirección diferentes. Silo enfatizó en que la verdadera transformación no se puede comprar. Todo lo que se desarrolló dentro de este movimiento, desde sus ideas hasta sus estructuras, se ha construido sobre la participación voluntaria y la opción personal. Entendió no solo el apego personal al dinero y al poder, sino también cómo estas dinámicas operan a nivel social y global. Distinguió entre el dolor, que es físico y puede reducirse a través del progreso científico y social, y el sufrimiento, que es mental. El sufrimiento no puede resolverse solo a través de medios externos, drogas, distracciones o consumo, sino que se requiere sentido, coherencia y dirección en la vida.

En el centro de su visión hay una verdad simple pero profunda: los seres humanos son inherentemente sociales. Estamos constantemente moldeados por nuestro entorno, tal como lo formamos a cambio. Esta relación dinámica conlleva responsabilidad y posibilidad.

Sin embargo, hoy en día, la fragmentación hace difícil percibir esta interconexión. La mayoría de las personas se centran en problemas aislados sin ver el panorama general, o reconociendo que millones comparten luchas similares. Silo buscó lo universal en la experiencia humana: lo que todas las personas, a través de las culturas y los tiempos, pueden reconocer dentro de sí mismos.

La fuerza —y el desafío— del Siloísmo es que se trata de una propuesta global. Es a la vez una filosofía, un modo de vida, un camino de desarrollo personal, un compromiso con el cambio social y una búsqueda espiritual que trasciende la existencia individual.

Cincuenta y siete años después de esa primera reunión en Los Andes, la pregunta que Silo planteó sigue vigente y resulta más urgente que nunca.