Por Alejandro Mora Donoso

Hay canciones que no envejecen, se transforman. No porque cambien sus letras, sino porque cambia el país que las escucha, “Chile Lindo” es una de ellas. Escrita desde el amor profundo por la tierra, por sus paisajes y símbolos, ha sido durante décadas una declaración emocional de pertenencia. Un himno donde Chile aparece como un territorio incomparable, casi sagrado, por el cual, como dice su verso más célebre, “la vida te la daré”.

Pero cuando esa canción se interpreta hoy, en un escenario político, desde el poder, se nos presenta como intención. Y los mensajes, en contextos de desigualdad y crisis de representación, no son al voleo.

La interpretación de Chile lindo por la primera dama, en presencia del presidente , no puede leerse únicamente como un gesto artístico o protocolar. Es, también, una forma de decir qué Chile se quiere proyectar, uno armónico, bello, emocionalmente cohesionado. Un país que cabe en una postal.

El problema no está en la canción. Está en el desfase.

Porque mientras la letra evoca una tierra generosa, de cordillera blanca y copihues rojos, la experiencia concreta de millones de chilenos está marcada por otra geografía, la del endeudamiento permanente, la privatización de los bienes comunes, el acceso desigual a derechos básicos. En ese Chile real y más bien feo, el paisaje sigue existiendo, pero ya no pertenece del mismo modo a quienes lo habitan.

Decir “Chile lindo” hoy implica una pregunta ¿Es lindo para quién? ¿Para quienes pueden recorrerlo, habitarlo, disfrutarlo sin restricciones? ¿O también para quienes viven en zonas de sacrificio, en territorios donde el desarrollo llegó en forma de contaminación y abandono? La canción no responde esa pregunta, porque fue escrita en otro tiempo, bajo otras condiciones.

Sin embargo, cuando se la trae al presente sin mediación, sin reflexión, se corre el riesgo de convertirla en una herramienta de negación y propaganda. Una forma de cubrir con emoción lo que debería discutirse con ideas.

Hay un verso particularmente incómodo en este contexto: “que si por vos me pidieran la vida te la daré”. ¿Qué significa hoy dar la vida por Chile? Para muchos, esa entrega ya no es simbólica. Está en las jornadas laborales extensas, en la precariedad, en la imposibilidad de proyectar un futuro sin deuda. Está en quienes sostienen el país desde abajo, sin aparecer nunca en la canción, sin salud ni vejez, sin hogar.

Y ahí aparece el punto que la canción omite, y que hoy resulta central, Chile no es solo su geografía ni sus símbolos. Chile es su gente. Y es precisamente esa gente la que ha debido cargar con el costo de un modelo donde gran parte de lo que define al país ha sido vendido, concesionado o hipotecado en cuotas. El agua, la energía, los recursos naturales, incluso aspectos esenciales de la vida cotidiana.

Todo eso no está en la canción. Pero está en la realidad.

Por eso, más que rechazar el Chile lindo, lo que se vuelve necesario es completarla. Volver a cantarla, sí, pero desde otro lugar. No como una afirmación cerrada, sino como una pregunta abierta. No como una celebración acrítica, sino como un espacio de tensión entre lo que fuimos, lo que nos dijeron que éramos y lo que realmente somos.

Porque si hoy hay algo por lo que vale la pena dar la vida, no es por una imagen idealizada del país, ni por una narrativa que omite sus conflictos. Es por la dignidad concreta de quienes lo habitan. Por su derecho a vivir en un Chile que no sea solo “lindo”, sino también justo.

Y quizás ahí, recién ahí, la canción vuelva a tener sentido completo después de 70 años.

 

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Alejandro Mora Donoso, columnista y comunicador

Mi trabajo examina las relaciones entre poder, soberanía y democracia en Chile y América Latina. Abordo críticamente las estructuras oligárquicas y el uso del lenguaje como herramienta de dominación. He escrito sobre temas de política internacional, entre ellos la situación de Palestina.