La Unión Socialista del Trabajo (UST) es un empeño político y social de muchachas y muchachas entre 16 y 28 años de edad cuyo objetivo es «la toma del poder político por parte de las clases oprimidas». Hijas e hijos confesos de la revuelta social de octubre de 2019, no los manda nadie, ni impostan la voz. Conforme a las premisas organizativas del centralismo democrático, con independencia y autogestión, ellos resuelven qué hacer, qué principios los reúne, hacia dónde ir.

«Somos revolucionarios, no socialdemócratas; rechazamos toda postura que genere la ilusión de que el capitalismo puede ser cambiado o superado mediante reformas graduales dentro de su institucionalidad», aclaran en sus definiciones cardinales.

Quien escribe se entrevistó con dos de sus representantes: el porteño de la V Región, Cristian Carvallo, y Giovanni Rodríguez de la comuna de Maipú, Región Metropolitana.

– ¿Se sienten legatarios de la antigua legión de luchadores insurgentes de la historia humana, sólo subordinados a los intereses de las clases trabajadoras y populares, o sea, de quienes pugnan por el bien común y desprecian toda forma de lucro?

Giovanni Rodríguez: Ese relevo histórico está en construcción. Lo cierto es que somos hijos de la revuelta social de 2019. Sabemos que existe mucha rebeldía juvenil; lo que nosotros queremos es que se convierta en acto revolucionario, que la rebeldía transite a la revolución. Vamos por formar un nuevo futuro y para ello necesitamos a la demás juventud. Nuestros mayores nos dejaron un cimiento, es verdad. Pero ese cimiento detuvo su arquitectura debido al profundo deterioro ideológico que impuso la dictadura. Por eso nuestra tarea está ligada a pavimentar la ruta que dejaron encaminada otras generaciones, como aquella que fundó el Día del Joven Combatiente el 29 de marzo de 1985. Y consideramos que se trata de un proceso de tiempo indeterminado.

Cristian Carvallo: También somos hijos de cada una de las luchas de las y los trabajadores. Somos la promesa de lo que aún no se conquista. Marx escribe que «la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases». ¿Qué quiere decir? Que en algún momento esta confrontación tiene que terminar y llegue el fin de la opresión de la mano de la humanidad libre.

Nosotros venimos de los trabajadores que se levantan a las 5 de la mañana para tomar la locomoción colectiva que los transporta al empleo, y de aquellos que no tienen un techo propio.

Las armas de la crítica, las herramientas teóricas del marxismo, nos conducen a rastrear una memoria de clase que nos emplaza para su concreción. Y allí nos encontramos con una juventud que ofreció su vida por un proyecto revolucionario de horizonte socialista.

– ¿Qué tipo de organización es la UST?

GR: Nacimos de la necesidad de una orgánica del pueblo. Entre nosotros hay trabajadores de todas las ramas, estudiantes y personas que combinan ambas funciones. Nos definimos marxistas leninistas, y la formación política es central para elaborar nuestra práctica. La UST es un espacio en que sus militantes tienen la misión estratégica de superar el régimen capitalista, en dirección hacia una sociedad donde la persona predomine sobre el capital. Asimismo, somos una agrupación que no se cierra a compartir con otras organizaciones; creemos mucho en la unidad y somos anti-dogmáticos. Si existen luchadores que se definen anarquistas, no hay problema, sostenemos un objetivo similar: el fin del Estado. Lo mismo ocurre con personas que mantienen posiciones diferentes, pero aspiran a propósitos similares. No creemos en el vanguardismo. La vanguardia es un nombramiento que decide el pueblo y que es compartido.

– ¿Qué significa ser militante pasado el primer cuarto del siglo XXI?

CC: Poner el cuerpo y el alma en servir a los demás, a nuestra clase. Se trata de un trabajo para toda la vida, una herramienta de los trabajadores.

– ¿Qué ocurre con las luchas de otros pueblos?

G: Somos antifascistas, antiimperialistas y creemos en la autodeterminación de los pueblos. Apoyamos todas las luchas populares que tengan ese carácter, como la resistencia anticolonialista en Medio Oriente. Así también reconocemos la resistencia del pueblo nación mapuche, una sociedad basada en la vida comunitaria y que hoy enfrenta la brutalidad de la militarización del Estado chileno. En este ámbito, el Che Guevara y su internacionalismo militante, su latinoamericanismo, nos merecen la más alta admiración y ejemplo.

– ¿Cómo ven las opresiones vinculadas al patriarcado, al racismo, a las exclusiones que sufre la comunidad LGBITQ+?

CC: Confiamos en la construcción de una sociedad más igualitaria, donde no tengan cabida esas estigmatizaciones que en la actualidad suelen catalogarse de «minorías». Comprendemos plenamente esas luchas. Estamos hablando de expresiones vivas que anidan en el pueblo trabajador. Y, en la misma línea, tienen que ver con haber sido colonizados. Latinoamérica y el Caribe somos ese sincretismo resultado del tráfico de africanos esclavizados, de originarios esclavizados, de comunidades asiáticas y europeas que llegaron aquí en distintos momentos. Somos una riqueza combinada y devenida de nuestra diversidad cultural.

Ahora bien, respecto del racismo y la xenofobia en el Chile presente, son políticas empleadas por el capital para dividirnos como clase trabajadora e imponer una represalia social contra los migrantes con el fin de justificar su relato e industria securitaria, por una parte; mientras que es el mismo empresariado el que se enriquece aún más con la explotación de la barata fuerza de trabajo migrante.

– ¿A qué se refieren con poder popular?

GR: Entendemos que al poder popular, sobre todo en Chile, no se le ha tomado el peso como concepto. Hoy vemos a partidos políticos de la izquierda reformista hablando de poder popular, cuando su manera de hacer política, en realidad, es el populismo. Por nuestra parte, tomamos las teorías propuestas por Lenin en su famosa consigna de darle todo el poder a los soviets (consejos de trabajadores, campesinos, soldados, en la Rusia prerrevolucionaria); esto es, darle todo el poder a los trabajadores. El Chile de los 60 y 70 adoptó la consigna ‘trabajadores al poder’. Entonces tuvo origen rojinegro. Con el tiempo hasta grupos anarquistas la hicieron propia y después fue decayendo.

Ahora bien, para la UST, el poder popular corresponde a un poder dual respecto del Estado capitalista, un contra-poder de la clase trabajadora en relación a la institucionalidad dominante para rivalizar con ella. Un ejemplo de poder popular para nosotros es el cordón de fábricas de Maipú-Cerrillos bajo control de los trabajadores durante la Unidad Popular, que incluso se desarrolló independientemente del gobierno.

Mira, una marcha no es poder popular, pero el poder popular sí puede expresarse en una marcha, toda vez que cuente con un alto respaldo del pueblo y se oriente a la superación de la institucionalidad chilena. Sin embargo, esta concepción es fruto de un trabajo político tremendamente arduo. Vemos sus simientes en los huertos comunitarios y centros de estudiantes cuyo desenvolvimiento y luchas, están reñidas con la institucionalidad vigente.

Nosotros estamos por la toma del poder, para recién comenzar a hacer eso que se llama revolución. Estamos por una democracia de trabajadores, no por la administración de la democracia capitalista.

– ¿Qué hay del combate de ideas, del sentido común?

CC: La llamada superestructura del sistema, sí impacta dialécticamente en la estructura. Entendemos que la hegemonía de la visión de mundo occidental, burgués e imperialista ha permeado a la sociedad, a las clases trabajadoras, en especial con la ‘doctrina de shock’ ejecutada por la dictadura. Y lo vemos hoy en las conductas individualistas y en la propia falta de pueblo dispuesto a cambiar su situación.

De todos modos, cuando uno conversa con la gente común, se percata de que todavía quedan rastros de otros momentos históricos, que la población se cuestiona su realidad inmediata, como la grave problemática habitacional, la imposibilidad de llegar a fin de mes, la existencia de una educación paupérrima y otra superior sólo para algunos, etc. Y las clases dominantes son plenamente conscientes de que las clases trabajadoras tienen su propia cultura, su música, sus murales, sus símbolos creativos.