Por Esteban Medina


Mirentxu Vivanco, una de sus integrantes históricas, advierte que el escenario político que se abre podría tensionar nuevamente las calles. Desde el movimiento contra la tortura, la preocupación no es solo resistir, sino sostener la denuncia y reforzar la cooperación entre organizaciones.

El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo nació en plena dictadura, cuando infligir dolor físico y psicológico era una práctica sistemática del Estado y denunciarlo públicamente implicaba un riesgo concreto, real. Su forma de acción fue, y sigue siendo, directa y no violenta: irrumpir en espacios públicos para señalar lo que muchos prefieren no ver, aún sabiendo el costo que podía tener. No desapareció con el retorno a la democracia. “Nunca nos fuimos para la casa”, explicó Mirentxu Vivanco, una de las integrantes más antiguas de la agrupación.

Tras el triunfo de José Antonio Kast, el colectivo volvió a hacerse preguntas que ya forman parte de su historia: qué tipo de escenario político se aproxima y cómo prepararse para él.

Un escenario que podría tensarse

El diagnóstico que han venido conversando apuntó, en primer lugar, a un posible “desmantelamiento y reducción del Estado”. Vivanco señaló que prevén recortes en programas sociales y en servicios como educación y salud, con efectos directos sobre quienes dependen de ese soporte público para sostener su vida cotidiana.

Más que un ajuste puntual, el movimiento teme un proceso que avance paso a paso, sin estridencias al comienzo. Mirentxu mencionó lo ocurrido recientemente en Argentina, donde tras anunciar fuertes recortes y una reducción del gasto público se instaló con fuerza la idea de que el Estado era ineficiente, abriendo espacio para trasladar funciones al ámbito privado. No lo plantea como una consigna ni como una certeza absoluta, sino como una advertencia a partir de experiencias que ya han observado.

A esa preocupación se suma el plano ambiental. Según su análisis, podría crecer la desregulación y profundizarse el extractivismo, ampliando proyectos existentes o facilitando nuevos. “Claramente esto va a traer conflicto”, advirtió, pensando especialmente en comunidades territoriales e indígenas que ya viven tensiones con empresas y autoridades.

En ese contexto, prevén un aumento de la represión en las calles. No solo hacia organizaciones de derechos humanos, sino también hacia colectivos ambientales, gremios de la salud y la educación, y grupos de diversidad sexual. “Prevemos el aumento de la represión a todo lo distinto y los distintos”, afirmó, marcando que la preocupación no es sectorial sino más amplia.

Vivanco también mencionó la permanencia de marcos legales que, a su juicio, pueden favorecer escenarios de impunidad en casos de violencia policial. Por ejemplo, la Ley Naín-Retamal, aprobada en 2023, que amplió la presunción de legítima defensa para Carabineros, PDI y Gendarmería, y a otras normativas que fortalecen su posición jurídica. Desde su perspectiva, estas disposiciones dejan amplios márgenes de interpretación en manos de los tribunales.

Esa inquietud aparece en un momento en que el Poder Judicial ha enfrentado cuestionamientos públicos por casos de probidad y redes de influencia, como el denominado caso Hermosilla, que expuso gestiones informales ante fiscales y jueces, o las investigaciones por eventuales irregularidades en nombramientos judiciales, situaciones que han tensionado la confianza ciudadana en las instituciones. En ese marco, la preocupación del movimiento no apunta a un hecho aislado. Tiene que ver, más bien, con un clima general que obliga, según plantean, a mantenerse atentos.

Aun así, no hablan en términos de catástrofe.. Se trata, dicen, de anticipar posibles tensiones y estar preparados por si el contexto nacional se vuelve más complejo.

Cooperar, pero sin descuidarse

Frente a este panorama, la articulación entre movimientos sociales aparece como una necesidad concreta. Vivanco reconoce que durante el gobierno anterior existieron espacios de cooperación, particularmente en temas medioambientales y de derechos humanos. Pero cree que ese esfuerzo se deberá profundizar y cuidarse mejor.

La colaboración podría expresarse en apoyo jurídico, acompañamiento en movilizaciones y coordinación en la denuncia pública. Sin embargo, también advierte que las articulaciones demasiado amplias pueden volverse frágiles o inseguras en contextos de mayor conflictividad con el Estado. La unidad no es una consigna abstracta ni automática: requiere confianza, tiempos compartidos y cierta prudencia.

En cuanto a la seguridad interna, el movimiento no anunció cambios drásticos, pero sí la intención de retomar con mayor rigor medidas que históricamente consideró necesarias. Cuando la represión no es constante, reconocen, algunas prácticas tienden a relajarse. Y esa relajación, dicen, puede costar caro si el clima político se endurece.

Vivanco sitúa además el análisis en un plano internacional. A su juicio, un eventual alineamiento del gobierno con políticas norteamericanas e israelíes abre un debate más amplio en materia de derechos humanos. En un contexto marcado por la política exterior de Estados Unidos en distintos conflictos globales y por la ofensiva militar israelí en Gaza, cuestionada por organismos internacionales y organizaciones humanitarias, considera que no es posible hablar de defensa de la vida en abstracto. Para el movimiento, las discusiones sobre derechos humanos no pueden limitarse al plano nacional mientras existan conflictos y situaciones de violencia sistemática que afectan a pueblos enteros.

El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo no se plantea reinventarse. Su horizonte sigue siendo el mismo: análisis crítico de la realidad, denuncia pública de aquello que atenta contra la vida y acción no violenta activa. Lo que cambia es el clima político, y las condiciones en que deben actuar.

Si las tensiones que anticipan se cumplen parcial o completamente, la defensa de los derechos humanos volverá a ponerse a prueba en la práctica cotidiana: en la calle, en los tribunales, en la capacidad de los movimientos de encontrarse aunque no estén de acuerdo en todo. Coordinarse no significa pensar igual ni dejar de lado las diferencias, sino saber actuar juntos cuando hay derechos en riesgo. Quizás el desafío no sea solo resistir, sino sostener vínculos y conciencia cuando el escenario se vuelve más áspero.