La actual guerra contra Irán y su escalada al resto de Oriente Medio reabre una herida que Europa no debería olvidar: la de 2003. Frente a la retórica de confrontación y los reflejos de alineamiento automático, este artículo reivindica una política exterior española anclada en la prudencia estratégica, la memoria histórica y el respeto al Derecho internacional. La resistencia a la coerción. Desde la lección amarga de la “foto de las Azores” hasta la erosión institucional que hoy sacude a Estados Unidos, se plantea una reflexión incómoda: la verdadera lealtad entre aliados no consiste en la sumisión, sino en la capacidad de aportar sensatez y ayudar en la des-escalada. En un Mediterráneo frágil y decisivo, España defiende que la diplomacia no es equidistancia, sino responsabilidad histórica.

La incómoda posición de España

Mientras EE.UU., Israel y Reino Unido escalan de la mano su confrontación con Irán, se les han sumado algunos países nórdicos. Unos, por resentimiento acumulado en los últimos cincuenta años hacia Rusia, o hacia cualquier cosa que huela a «oriental». Otros, por riesgos fronterizos serios y claros ante un peligro que vino del Este antaño y tal vez hoy solo sea la suerte que ellos mismos se han echado.

Pero desde nuestra ubicación, desde la península Ibérica, una cosa resulta evidente: nada tiene que ver esa amenaza rusa con lo que aquí se juega. Lo que está ocurriendo es la violación de todo el espinazo de la Carta de Naciones Unidas por parte de EE.UU. e Israel. Y en este «entierro», a España nada se le ha perdido… salvo, quizá, la obligación de señalar al que mató al muerto.

El caso es que, a España, como nación muy antigua y diversa, le toca mantener una posición incómoda. No es lo mismo ser Italia, la resulta de una reunificación del XVIII, consolidada más tarde a duras penas, con un Gobierno de ultraderecha;  que ser España, diversa, plurinacional, articulada y con mucha historia vivida.

A España le toca ser, respecto de EE.UU. y de la propia UE, el aliado leal pero no silencioso. Su voz es la del «Pepito Grillo» incómodo. Sin embargo, esa voz no nace de la equidistancia ni de una terquedad ingenua, sino de una memoria histórica que Washington no comparte ni puede compartir.

Es imposible para un país fruto de una independencia respecto del Reino Unido, gestada desde una Constitución Ilustrada bien intencionada pero bajada en octanaje respecto de la propio “ideal ilustrado”. Por tanto, una República, sin rey, hasta allí correcto, pero hecha a la medida de una oligarquía presidencialista. Una República que desde el inicio y como concesión, asume tener un Senado, un Congreso y una cierta separación de poderes, más luego una serie de enmiendas … mejor no entremos en su enjundia o significado… Imposible desde aquello, entender lo que es esa memoria.  Si a nada que se sintieron País le robaron la mitad del territorio a Mexico, después del genocidio indio en la cosa épica del “go West”.  Todos sabemos. En EE.UU. tu piel pude ser de cualquier color, pero hay un color y otros aspectos que son más adecuados.

Bien mirado, visto desde España, desde Clinton, u Obama, […] hasta hoy, Trump 2.0 […], lo que EE.UU. ha devenido a ser se llama «oligarquía nepocrática y cesarista». Si uno repasa la Historia, ve en ellos la peor parte de la historia de la Roma clásica, o del ocaso del imperio turco u otomano… En general, todo lo que va cuesta abajo y sin frenos se le parece (a EE.UU., claro está …).

Durante su primer mandato, Trump nombró a su yerno Jared Kushner asesor senior en la Casa Blanca, con responsabilidades clave en Oriente Medio. También incorporó a su círculo a empresarios como Elon Musk, cuya influencia política y económica ha crecido notablemente en los últimos años, especialmente en ámbitos estratégicos como tecnología, defensa y comunicaciones satelitales.

La crítica no es ideológica; es estructural. Estados Unidos diseñó un sistema de contrapesos, el Congreso, Senado, poder judicial, y los Estados federados, precisamente para evitar la concentración excesiva de poder. Cuando la presidencia se impone por saturación normativa, presión política o deslegitimación del adversario, la tensión institucional aumenta.

No se trata de antiamericanismo. Al contrario: el mayor respeto hacia el pueblo estadounidense consiste en tomar en serio la fragilidad de sus equilibrios democráticos. Porque cuando los contrapesos se erosionan, no pierde un partido; pierde la República.

En su segunda etapa, Donald Trump no ha inventado el hiperpresidencialismo estadounidense, pero sí lo ha llevado a una intensidad inédita. El uso masivo de órdenes ejecutivas como herramienta prioritaria de gobierno desplaza el debate legislativo y convierte la excepción en norma. La confrontación sistemática con tribunales federales cuando bloquean decisiones presidenciales tensiona el equilibrio entre poderes. Y la descalificación constante de gobernadores y fiscales estatales profundiza la fractura federal.

Estados Unidos nunca ha sido una democracia “pura”; su sistema siempre ha tenido un sesgo oligárquico: financiación privada de campañas, puertas giratorias, concentración mediática y tecnológica. Pero el sistema funcionaba porque los contrapesos se respetaban incluso cuando incomodaban.

Lo preocupante no es la ideología del presidente, sino la erosión de la cultura institucional: la normalización del nepotismo político (como ocurrió con Jared Kushner en la Casa Blanca), la influencia creciente de grandes fortunas tecnológicas. Por ejemplo, Elon Musk elevado a jerarca de ámbitos estratégicos y la utilización del discurso del “enemigo interno” (instrumentalizado en el ICE) como herramienta movilizadora.

Una república no se convierte en caricatura por decreto, sino por desgaste. Llevan tiempo cuesta abajo. Cuando la lealtad personal pesa más que la competencia institucional, cuando la confrontación sustituye al compromiso y cuando el poder ejecutivo se presenta como única fuente de legitimidad, la arquitectura diseñada por los Padres Fundadores empieza a resquebrajarse.

La cuestión no es si Estados Unidos es la Roma de Calígula que desde algún micrófono le echa la maldición a España. La cuestión es si sigue siendo lo que fueron en espíritu, no solo en forma.

Esa es la deconstrucción que ha sufrido el andamiaje institucional estadounidense como entramado democrático mínimamente funcional. Con Donald Trump, Estados Unidos no ha dejado de ser una potencia; lo que ha erosionado es su autoridad moral para presentarse como referente del bien común. El viejo “for the common good” y el solemne “We the People” ya no pueden invocarse como fórmulas retóricas si no encuentran respaldo en la práctica institucional.

Una República no se mide por su retórica fundacional, sino por el rastro real que deja su poder. Si el paso del Air Force One solo deja olor a queroseno y la impresión de que el Estado es instrumento de las élites económicas (el capital viejo y nuevo) y lealtades personales; entonces el problema no es ideológico. Es peor que eso. Es estructural. El poder público deja de orientarse al interés general y comienza a orbitar en torno a figuras, fortunas y afinidades, lazos de sangre. La pregunta no es si Estados Unidos sigue siendo fuerte. La pregunta es si sigue siendo ejemplar.

En cambio, España encarna la visión de un país que lo ha sido todo y nada. Que ha sufrido una guerra civil en el siglo XX, con la Luftwaffe entrenándose en Guernica y viniendo en auxilio del los golpistas y Franco. Pero también, y más hondo, un país cuyos pueblos peninsulares llevan dos mil años de adelanto, de influencia del Mediterráneo, viviendo ese espacio no como frontera, sino como vía de comunicación y apertura cultural y vital.

Esa mirada larga sabe que el Levante actual. Es decir, Líbano, Siria, Palestina, Israel mismo que asumimos todos que existe y exista como Estado, es solo el último nombre de un tablero donde antes se sentaron fenicios, romanos, otomanos, persas, cruzados y, más tarde, las potencias coloniales europeas.

En tiempos. Reino Unido y Francia redibujaron aquellas fronteras a su medida, primero con el carbón, luego con el petróleo. Cuando el dólar sustituyó a la libra como moneda de referencia global, Londres quedó atrapada en un papel subalterno (por no usar otra imagen más humillante) que aún hoy explica su alineamiento incondicional con Washington e Israel.

España, en cambio, ya no tiene aquella ambición imperial. Ya nos deshicimos de ese rol hace dos siglos. Hemos pasado por nuestro infierno y renacer. Precisamente por eso, por lo múltiple y antiguo del punto de vista, puede permitirse ver con otros ojos.

Hoy, ante la presión de la administración Trump, que insiste en una confrontación que algunos en su gabinete presentan como «guerra preventiva» o «cambio de régimen» (¿con qué derecho? Sea en Venezuela, Cuba o Irán y tantos otros lugares),…  El Gobierno español sostiene una posición bien distinta, sin injerencias de semejante calibre, que en esta ocasión prioriza evitar una extensión regional del conflicto y arruinar los siguientes 15 años futuros. No es una postura ingenua. Es, ante todo, una posición informada por la memoria y un tino diplomático desconocido para el que solo patea la realidad con las botas de la soldadesca.

2003: La lección que no debe olvidarse (la deshonrosa figura de Aznar…)

En el Gobierno de hoy, España recuerda 2003. Recuerda la seguridad altiva con la que José María Aznar se alineó con George W. Bush y Tony Blair en la invasión de Irak. Recuerda los “tubos de aluminio” presentados como prueba irrefutable de un programa nuclear clandestino; las armas de destrucción masiva que jamás aparecieron; los supuestos vínculos entre Saddam Hussein y Al Qaeda que los propios informes posteriores desmontaron.

España recuerda, también, que no existía un mandato claro del Consejo de Seguridad de la ONU para la invasión de Irak. Recuerda que dentro de Europa hubo advertencias, dudas técnicas, informes de inteligencia que matizaban o directamente contradecían el relato oficial. Nada de eso frenó la decisión política.

La vergonzante “foto de las Azores”, tomada el 16 de marzo de 2003 en la base aérea de Lajes, en la isla Terceira, donde George W. Bush, Tony Blair, José María Aznar y el anfitrión José Manuel Durão Barroso escenificaron el ultimátum final a Saddam Hussein, no fue un gesto simbólico menor; fue la representación pública de una decisión ya tomada: respaldar la invasión de Irak sin un mandato explícito del Consejo de Seguridad de la ONU.

Aquella imagen no fue diplomacia de última hora, sino la antesala formal de la guerra que comenzaría tres días después en Irak. Supuso situar a España en el núcleo duro de la alianza atlántica incluso a costa de fracturar a la Unión Europea (con Francia y Alemania abiertamente en contra), y de ignorar una movilización social masiva dentro de nuestro propio país. La apuesta no se basó en una amenaza inminente demostrada, sino en una doctrina de «guerra preventiva», sustentada en informes de inteligencia que luego se revelarían falsos o exagerados. El tiempo no corrigió aquella decisión; la desmintió.

La lección fue amarga: desmantelamiento del Estado iraquí, guerra civil, radicalización regional, aparición posterior del ISIS. La historia no juzga intenciones; juzga consecuencias. Y 2003 dejó una huella que aún condiciona cualquier debate serio sobre intervenciones “quirúrgicas” y cambios de régimen.

La mejor España institucional, recuerda, sobre todo, las consecuencias tras la intervención. El vacío de poder, el auge del ISIS, la desestabilización de Oriente Próximo, las crisis migratorias que golpearon con especial dureza las costas mediterráneas. Esa experiencia no es un trauma paralizante; es un activo estratégico. Es la lección de que las “guerras preventivas”, basadas en premisas falsas o exageradas. En realidad, un término maldito o mesiánico, que generan desastres de segundo y tercer orden que quienes viven allí sufren en sus carnes, y en el perímetro más amplio del conflicto, como la EU o España y demás países dependientes de la estabilidad mundial pagan en segunda instancia.

Por eso, cuando el actual Gobierno, el 2 de marzo de 2026 (tal vez algo antes), comunica a Washington, a través de los canales de inteligencia militar y diplomacia, que una guerra regional desestabilizaría el flanco sur de la OTAN, dispararía tensiones energéticas y agravaría las rutas migratorias hacia Europa, no está siendo desleal. Está cumpliendo con la función más alta de un aliado: advertir con honestidad, no asentir por disciplina.

La excepción que confirma la regla

Incluso durante los gobiernos del Partido Popular y el alineamiento incondicional de José María Aznar con la administración de George W. Bush, la política exterior española mantuvo como principio estructural la defensa de sus intereses estratégicos a largo plazo. Esa misma lógica es la que el actual Ejecutivo sostiene hoy, no desde la equidistancia, sino desde una convicción: la estabilidad regional y el respeto al Derecho internacional son activos estratégicos, no gestos ideológicos.

España sabe por historia propia, sea reciente o antigua, que la demolición de regímenes produce, en el mejor de los casos, vacíos de poder, y en el peor, guerras prolongadas. Y sabe también que, en el tablero mediterráneo, la estabilidad del Magreb, el control de las rutas migratorias y el equilibrio energético son cuestiones de supervivencia nacional, no de solidaridad ideológica.

La miopía de Washington

Las declaraciones de Donald Trump del pasado 2 de marzo amenazando con «revisar la presencia de las bases estadounidenses en España», si el Gobierno de Sánchez no se pliega a su estrategia contra Irán (y otros improperios nada diplomáticos hacia este País) no son un exabrupto menor. Forman parte de una presión calculada que busca disciplinar a los aliados incómodos.

Pero lo que Trump presenta como una amenaza o castigo, España lo vive como una coherencia existencial. Si las bases de Rota y Morón existen, es para la defensa compartida, no para servir de plataforma de lanzamiento de una guerra preventiva (un término que es en sí mismo una contradicción, o cosas peores, en boca de dirigentes de países del terrorismo hacia finales del XIX; y surgidos por resolución UN en 1941…) cuyas consecuencias pagaremos primero en el flanco sur-Oeste y Europa entera después. Cuando Trump insinúa que «Estados Unidos no necesita bases en un país que no es leal», revela una concepción mercantilista de la alianza: la lealtad se mide en sumisión, no en inteligencia estratégica.

Sensu contrario: Podría argumentarse que España, al acoger bases estadounidenses en su territorio, adquiere una responsabilidad adicional de apoyo logístico en caso de conflicto, y que negar ese apoyo en un momento crítico puede interpretarse como incumplimiento de los compromisos asumidos como miembro de la OTAN. Es un argumento atendible, pero parte de un supuesto falso: que la guerra contra Irán es una operación defensiva de la Alianza, y no una aventura unilateral de Estados Unidos e Israel con el acompañamiento de Reino Unido. La OTAN no ha activado el artículo 5, ni existe mandato de Naciones Unidas que ampare una intervención. España no está obstruyendo una decisión colectiva; está negándose a participar en una decisión unilateral que la Alianza, como tal, no ha tomado. España no quiere rol en lo que decidan EE:UU., Israel y ahora sumada la Vieja Gloria de UK al alimón, más algunos resentidos con lo “oriental” o lo “del Este”. Tómese como suena.

El Monumento del Monte Rushmore, Dakota del Sur, EE.UU. Si levantaran la cabeza se revolverían en su tumba

La Unión Europea: entre la impotencia y el cálculo

La Unión Europea asiste con impotencia a esta escalada. Por no decir haciendo el ridículo. Si el conflicto dura demasiado o se bloquea el estrecho de Ormuz… Ya veremos. Espero que España, en esa fina diplomacia sepa comprar el petróleo y el gas a aquellos que vean que no jugamos doble. Como Alemania y otros.  Las bases estadounidenses en España… Si no hay diplomacia y bonhomía, y se hace muy pesado esto de tener nada con EEUU. Podemos explicarle a Argelia cómo Marruecos se vende al hegemón causante del conflicto. Las bases pueden ser neutrales. Pueden desmilitarizarse.  ¿Porqué no pueden ser puertos comerciales chinos si son un estorbo para EE.UU.?  Sería un equilibrio, al lado ya tienen en frente a los monos del Peñón de Gibraltar…

Con todo, Europa está dividida entre su dependencia estratégica de Washington y su vulnerabilidad energética ante cualquier cierre del Estrecho de Ormuz. Y lo que duele no es solo esa división, sino la vergüenza de no tener vergüenza.

La Unión Europea se limita a declaraciones de preocupación y llamados a la moderación. Pero siempre destacando solo los «ataques» de Irán. Como si Irán no fuera la nación atacada. Como si no estuviera en curso un cambio de régimen diseñado desde fuera. Como si no se hubieran cargado ya al líder supremo Ali Jamenei. Puede que, a estas alturas, tal vez hayan ejecutado al siguiente que hubieran consagrado, mientras esto se escribe (así las gastan EE.UU. e Israel + UK y el coro de la UE; los paladines de la democracia y la paz).

Hablando de valedoras, en la cúspide diplomática de la Unión Europea tenemos a Kaja Kallas: “Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y Vicepresidenta de la Comisión Europea”, que ya solo el título parece un chiste si miramos sus declaraciones e intervenciones. Una figura levantada a dedo desde el resentimiento hacia todo lo que huele a Oriental o del Este. ¿Quien la elevaría a la Política Exterior y de Seguridad Común sin más currículum que su inquina? Los suyo es la anti-diplomacia hecha persona, allí donde interviene.  Si por comparación, ha hecho bueno incluso a Borrell.

Kaja Kallas repite en estas horas “que el programa nuclear iraní es una amenaza» (no hay tal cosa) y pide evitar una escalada… ¿No escalar? ¿A Irán? ¡Al país atacado por la mayor flota naval jamás concitada y a una distancia cobarde! Son palabras que no configuran doctrina común, ni respuesta autónoma, ni se sustentan en la realidad de los hechos de los últimos veinte días.

Si esto es lo que ofrece la UE, a Kaja Kallas (respecto Rusia/Ucrania; o de cara a esta guerra de EEUU e Israel contra Irán); quizá debería plantearse si para representa la PESC no habrá alguien menos patoso y resentido entre los 32.000 funcionarios de La Comisión Europea. Habrá alguno apto. Está ya tan deslegitimada que lo más digno sería abdicar o dimitir, o que los demás la envíen al avispero elitista de donde salió. Porque en medio de una guerra como la que ya se ha desencadenado en Oriente Medio, lo que sobra son los/las mediocres e incompetentes.

España, en lugar de esperar a que Bruselas articule una posición que quizá nunca llegue, actúa. Y lo hace como lo han hecho otros socios europeos con experiencia geopolítica: ofreciendo a Estados Unidos el valor del matiz. Un aliado que simplemente asiente no añade inteligencia estratégica. Un aliado que objeta con argumentos, desde su geografía y su historia, sí lo hace.

Sensu contrario: Hay quien sostiene que la fragmentación de voces dentro de la UE debilita a Europa frente a Estados Unidos, y que España debería coordinar mejor su posición con sus socios europeos en lugar de actuar unilateralmente. Es cierto que una posición común europea tendría más peso. Pero también lo es que, en ausencia de esa posición común, cada Estado miembro tiene no solo el derecho, sino la obligación, de expresar su criterio. El silencio coordinado no es más virtuoso que la discrepancia solitaria.

El espejo que España ofrece

Cuando España advierte a EE.UU. sobre los riesgos de una guerra contra Irán, no habla en abstracto. Habla desde la experiencia de haber gestionado las consecuencias de la última gran guerra preventiva en la región. El caos iraquí no solo desangró Oriente Próximo; también reconfiguró las rutas migratorias hacia el sur de Europa, tensionó los mercados energéticos y radicalizó franjas enteras del Magreb. Para un país como España, cuya estabilidad depende del equilibrio en el Mediterráneo, esa memoria es un activo estratégico. Ignorarla no sería firmeza, sería temeridad.

Hay algo más. En Irán conviven persas, kurdos, azeríes, baluchis, ahwazis… El espejo que España ofrece, es que se entiendan desde su propia diversidad e historia y dinámica interna, como tuvimos que hacer nosotros (aunque ahora no hace al caso), y desde ese entendimiento y convivencia en otros tiempos sin conflicto hay algo más importante para los casi 90 millones de iraníes, que es saber que no son el régimen, ni su retórica, pero tampoco la imagen que venden de ellos sus enemigos.

Son personas que necesitan agua, educación, sanidad y un futuro conectado con el resto de la Humanidad, aunque su Estado no separe religión y política. Para ellos, una guerra no es un tablero geopolítico; es la interrupción de la vida.

Ese punto de vista, el de la gente común, no entra en los cálculos de Washington, Londres o Tel Aviv (a cada cual dirigido por una élite peor). Cada uno de ellos, mira sus suministros energéticos, sus equilibrios de bloques, sus intereses mercantiles, o destinos mesiánicos o abrahámicos… Pero hay 90 millones de razones para recordar que, antes que bloques, hay vidas.

Sensu contrario: Alguien podría objetar que este argumento es paternalista o que idealiza a la población iraní, como si los españoles pudiéramos hablar en su nombre. No se trata de eso. No hablamos por ellos; hablamos de ellos. Señalamos que, en cualquier cálculo estratégico que ignore a la población civil, hay un error de base. La estabilidad duradera no se construye sobre la desolación de los pueblos.

La memoria incómoda

Hay, además, una capa más profunda de honestidad que España debe aplicarse a sí misma. Porque si algo sabe por historia propia es que la demolición de regímenes produce vacíos de poder o guerras prolongadas. Pero sabe también que ella misma fue, durante siglos, la potencia que arrollaba.

Hubo un tiempo en que sus ejércitos cruzaron Europa imponiendo verdades religiosas, arrasando lo que olía a reformismo, a luteranismo o a cualquier disidencia. Detrás de aquella obsesión —la Contrarreforma, la lucha contra el «otro» religioso, la defensa de un orden universal que solo ella encarnaba— había intereses, miedos y una concepción del mundo que hoy nos resulta lejana. No es este el lugar para desbrozar aquella historia, pero sí para señalar que España no habla desde la inocencia. Habla desde la memoria de haber sido, también, el martillo.

Quizá por eso desde España se puede mirar a Irán con menos épica y más verdad. Porque ve, detrás del régimen, a los casi 90 millones de personas atrapadas entre dos fuegos. De un lado, la teocracia que los ahoga con su inmovilismo; del otro, las bombas que pronto podrían llover sobre sus cabezas en nombre de un «cambio de régimen» que no han pedido. Entre la opresión que ya conocen y la destrucción que se anuncia, ellos no han elegido. Están, sencillamente, en el peor lugar posible: en medio.

Esa conciencia —la de haber sido verdugo y saber lo que eso significa— no legitima ningún discurso, pero añade una capa de complejidad que falta en los análisis unilaterales. España no ofrece lecciones morales; ofrece, simplemente, la perspectiva de quien ha recorrido ya ese camino y conoce sus estaciones.

La paciencia estratégica y didáctica

Las amenazas de Trump, ya sean arancelarias, políticas, o velando la continuidad de mantener las bases en suelo peninsular, son la respuesta de quien confunde lealtad con vasallaje. Convertir la discrepancia táctica en ruptura estratégica debilita a la alianza. Más aún cuando lo que España ofrece no es obstrucción, sino una lectura más fina del Mediterráneo occidental, del Magreb y de los equilibrios energéticos que afectan directamente a la seguridad de todos.

Si la guerra es la ausencia de sensatez, la diplomacia es la paciencia estratégica. Una paciencia que España, con dos mil años de historia mediterránea a sus espaldas —y la memoria incómoda de haber sido también imperio—, está en condiciones de ofrecer. No como un favor, sino como un activo que Washington haría bien en no despreciar. Aunque duela oírlo.

Porque la función del aliado inteligente no es asentir, sino advertir. España, desde su posición, desde su memoria y desde su geografía, está cumpliendo con esa función, aunque incomode a Calígula 2.0.