La operación militar conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, ha derivado en ya tres días de guerra de alta intensidad que han alterado de raíz el equilibrio estratégico de Oriente Medio y abierto una fase de enorme incertidumbre global.

El desencadenante: del fracaso diplomático al primer golpe
Tras semanas de negociaciones nucleares indirectas en Ginebra, mediadas por Omán, el proceso se estancó a finales de febrero sin avances sobre los tres puntos clave exigidos por Washington: fin permanente del enriquecimiento de uranio, límites estrictos al programa balístico iraní y cese del apoyo a milicias aliadas como Hezbollah, Hamás y los hutíes. Este impasse se produjo sobre un trasfondo de años de escalada entre Irán, Israel y Estados Unidos, desde la guerra de Gaza de 2023 hasta los ataques recurrentes de la “Red de la Resistencia” iraní contra bases y activos estadounidenses en la región, si bien ha sido Irán quien siempre ha pujado por buscar soluciones mediante el diálogo, la diplomacia y la mediación de los organismos formales que se enmarcan en la legislación internacional.
La madrugada del 28 de febrero, a las 9:45 hora iraní, se produjo el giro decisivo: una ofensiva aero–misilística masiva, coordinada por Estados Unidos e Israel, contra múltiples objetivos en territorio iraní. Washington bautizó la campaña como “Epic Fury”, mientras que Israel la designó “Operation Roaring Lion”, con una fase aérea inicial llamada “Operation Genesis”, la mayor salida de combate en la historia de la Fuerza Aérea israelí.
Concepto de la campaña aliada: decapitación y supresión estratégica
La arquitectura operativa de los dos primeros días revela un diseño de campaña centrado en cuatro ejes: decapitación del liderazgo, supresión de defensas aéreas, neutralización de misiles y degradación de capacidades navales y de mando y control.
Decapitación del liderazgo
– En las primeras oleadas, misiles de crucero estadounidenses y municiones guiadas israelíes impactaron en nodos clave del poder iraní en Teherán, incluyendo instalaciones próximas al complejo del Líder Supremo y centros del Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
– Fuentes militares y de think tanks occidentales coinciden en que el ayatolá Ali Jamenei y varios altos cargos de seguridad murieron en los ataques iniciales, obligando al régimen a declarar 40 días de luto y a improvisar una cadena de mando de emergencia. El efecto inmediato ha sido una severa disrupción del mando centralizado, con indicios de respuestas más fragmentadas y descentralizadas por parte de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).
Supresión de defensas aéreas (SEAD/DEAD)
– Israel afirma haber golpeado alrededor de 500 objetivos militares en el oeste y centro de Irán, incluyendo sistemas de defensa aérea y lanzadores de misiles, utilizando unos 200 aviones de combate y más de 1.200 bombas guiadas en 24 horas.
– Estados Unidos ha empleado bombarderos furtivos B‑2 contra instalaciones endurecidas de misiles balísticos, integrando misiles de crucero lanzados desde plataformas navales y aéreas para saturar y fragmentar la red de radares y SAM iraníes. La combinación de firmas furtivas, ataques electrónicos y volumen de fuego ha reducido significativamente la densidad defensiva iraní en las primeras 48 horas, aunque no la ha eliminado.
Golpe al sistema de misiles y a la triada de proyección iraní
– La campaña aliada se ha centrado en depósitos, fábricas y silos asociados al programa de misiles balísticos, así como instalaciones nucleares críticas ya conocidas (Natanz, Fordow, Isfahán), continuando la tendencia de ataques preventivos de 2025 pero con un alcance notablemente mayor.
– Declaraciones de Donald Trump señalan como objetivos declarados “raer hasta el suelo” la infraestructura misilística iraní, impedir cualquier capacidad nuclear militar y neutralizar la flota naval y las fuerzas de la “Red de la Resistencia” que amenacen intereses estadounidenses.
Guerra naval y cibernética
– Existen informes de ataques contra activos navales iraníes, incluyendo buques que habían operado en el mar Rojo y bases del CGRI en la costa de Baluchistán, con el propósito de reducir la capacidad iraní de interferir en rutas marítimas estratégicas.
– En paralelo, Israel ha lanzado una ofensiva cibernética contra medios de comunicación y aplicaciones móviles iraníes, difundiendo mensajes incitando a la población a sublevarse contra el régimen, una dimensión de guerra psicológica que complementa la campaña de decapitación.
La respuesta iraní: represalia masiva, pero limitada en eficacia
Pese al shock inicial, Irán ha puesto en marcha una respuesta inmediata en varios dominios, manteniendo la lógica de la “profundidad estratégica” mediante la proyección de fuego a través de la región.
Oleada de misiles y drones contra la región
– Teherán ha lanzado centenares de misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Jordania y Arabia Saudí, así como contra objetivos en Israel.
– Según el Mando Central estadounidense, estas salvas no han producido bajas estadounidenses significativas ni daños relevantes en las bases empleadas para la ofensiva, lo que sugiere una combinación efectiva de defensas antimisiles (Patriot, THAAD, Aegis) y dispersión previa de activos.
– No obstante, algunos misiles han conseguido impactar áreas civiles, incluyendo un edificio residencial cerca de Jerusalén con decenas de heridos, y explosiones en Tel Aviv vinculadas a proyectiles iraníes.
Extensión del frente: Hezbollah y otros actores
– En las primeras horas del 2 de marzo, se registró el lanzamiento de cohetes desde Líbano hacia el norte de Israel, con sirenas en Haifa y la Alta Galilea; Israel atribuye el ataque a Hezbollah actuando por orden de Teherán y lo interpreta como una “declaración oficial de guerra” del grupo libanés.
– Esta apertura del frente norte incrementa el riesgo de una guerra regional plena, obligando a Israel a dividir recursos entre la campaña estratégica contra Irán y la defensa contra un potencial aluvión de cohetes y misiles desde Líbano.
Continuidad del fuego iraní y narrativa de resistencia
– Mandos iraníes han anunciado que seguirán atacando “hasta la derrota definitiva” de Estados Unidos e Israel, enmarcando la respuesta como una guerra defensiva y existencial.
– A pesar de la decapitación parcial del liderazgo, los CGRI mantienen suficiente estructura para coordinar ataques de represalia y sostener su red de milicias aliadas, al menos en el corto plazo.
Balance militar tras tres días: logros, límites y riesgos
En términos puramente militares, los tres días  iniciales han mostrado una capacidad de choque abrumadora por parte del binomio Estados Unidos–Israel, pero no han logrado anular la facultad iraní de infligir costes y de desestabilizar el entorno.
Logros de la coalición
– La eliminación del Líder Supremo y de parte de la élite de seguridad, junto con la degradación sustancial de defensas aéreas y componentes críticos del sistema de misiles, representa el mayor golpe estratégico sufrido por la República Islámica desde 1979.
– La combinación de plataformas furtivas, volumen de fuego de precisión y defensa antimisiles ha permitido a Estados Unidos e Israel mantener la iniciativa, limitar sus propias bajas y sostener un ritmo de operaciones intenso en todo el teatro de operaciones.
Límites y costes
– Pese a los daños, Irán ha demostrado resiliencia: mantiene capacidad de lanzar misiles y drones, de activar frentes secundarios a través de Hezbollah y otros actores, y de golpear objetivos civiles y militares en Israel.
– La destrucción de infraestructuras militares y, en menor medida, civiles en Irán, así como las víctimas causadas por sus represalias en Israel y en la región, anticipan un coste humano y político elevado, que aún está lejos de cuantificarse con precisión.
Riesgos de escalada regional y global
– La extensión del conflicto al frente libanés y el impacto de misiles en Estados árabes aliados de Washington aumentan la probabilidad de una guerra regional más amplia en la que se vean arrastrados actores como Turquía, Rusia o potencias europeas, sea en el plano militar, sea en el económico y energético.
– En paralelo, el intento explícito de “cambio de régimen” en Teherán abre interrogantes sobre el escenario de posguerra: desde un colapso desordenado del Estado iraní, con riesgo de violencia interna y proliferación, hasta una consolidación nacionalista que prolongue el conflicto bajo nuevas formas de guerra híbrida.
Perspectivas operativas a corto plazo
En el horizonte inmediato, la dinámica militar apunta a la continuidad de la campaña de ataque profundo aliada y a un patrón de represalias iraníes crecientemente asimétricas.
– Estados Unidos e Israel previsiblemente prolongarán la supresión de defensas aéreas residuales, los golpes contra instalaciones de mando y control, y la neutralización de plataformas de lanzamiento de misiles y drones, buscando consolidar la superioridad aérea y la parálisis estratégica de Teherán.
– Irán, al ver mermadas sus capacidades convencionales, tendrá incentivos para intensificar el uso de proxies (Hezbollah, milicias iraquíes y sirias, hutíes) y recurrir a tácticas de guerra de desgaste, desde ataques de saturación con cohetes hasta operaciones en el dominio cibernético y sabotajes a infraestructuras energéticas regionales.
– El éxito o fracaso de este intercambio inicial dependerá, en última instancia, no solo del balance de daños militares, sino de la capacidad de cada bando para moldear el relato político interno y externo, mantener cohesionadas sus coaliciones y evitar una escalada fuera de control hacia un conflicto interestatal mayor.
Narrativa Iraní
En este momento, el cuadro general es que Irán ha conseguido demostrar capacidad de golpear bases y activos de EEUU en el Golfo, pero con eficacia militar limitada frente a las defensas aliadas y sin confirmación creíble de daños graves a portaaviones o grupos de combate navales.
Daños en bases de EEUU en el Golfo
– Irán lanzó salvas de misiles balísticos y drones contra instalaciones con presencia estadounidense en Kuwait, Qatar, Bahréin, Emiratos y otros puntos del Golfo como represalia directa por la operación “Epic Fury”.
– El Pentágono afirma que “cientos” de misiles y drones fueron interceptados, con “daños mínimos” en las instalaciones y sin bajas estadounidenses en la primera oleada, gracias a Patriot, THAAD y otros sistemas integrados de defensa.
– Reportes especializados indican, sin embargo, penetraciones puntuales: por ejemplo, “significativo daño” a la pista de una base en Kuwait y un impacto en el entorno del cuartel general de la 5ª Flota en Juffair (Bahréin), con humo visible y evacuaciones locales.
– En términos políticos, las capitales del Golfo recalcan que se reservan el “derecho a responder”, lo que subraya que, aunque el daño físico sea limitado, el impacto estratégico sobre la percepción de seguridad y la cohesión de la coalición es real.
Derribo y pérdida de aviones estadounidenses
– Ya hay confirmación de pérdidas aéreas estadounidenses, pero, por ahora, las fuentes mejor documentadas apuntan principalmente a accidentes y fuego amigo más que a derribos limpios por sistemas iraníes.
– Informes desde Kuwait y medios especializados recogen el “crash” de “varios” aviones de combate estadounidenses sobre territorio kuwaití, incluyendo al menos dos F‑15, con las tripulaciones rescatadas.
– Las investigaciones preliminares señalan al fuego amigo como causa probable de estos incidentes, en un entorno saturado de defensas aéreas y tráfico de combate, lo cual es típico de campañas de alta intensidad con múltiples actores y capas defensivas.
– Paralelamente, el Mando Central ha reconocido tres militares estadounidenses muertos y varios heridos en el marco de las operaciones contra Irán, sin detallar aún cuántas bajas se vinculan directamente a fuego enemigo en el aire o en tierra.
Ataques contra buques, portaaviones y objetivos navales
– Irán ha anunciado en su propaganda que ha apuntado a “buques de guerra y activos estratégicos” de EEUU, pero hasta ahora no hay confirmación independiente de impactos significativos sobre portaaviones o cruceros estadounidenses.
– Lo que sí está documentado es:
  –  un ataque con misiles balísticos contra la base naval de la 5ª Flota en Bahréin, con explosiones en el área de Juffair y daños aún en evaluación.
  –  intentos previos de acercamiento de drones iraníes (tipo Shahed) a grupos navales estadounidenses en el Golfo semanas antes de la guerra abierta, que fueron derribados por cazas embarcados, lo que da a Teherán datos sobre las reglas de enfrentamiento navales de EEUU.
– EEUU ha hecho público, por su parte, el uso activo de los grupos de portaaviones encabezados por el USS Gerald R. Ford y el USS Abraham Lincoln como plataformas de ataque, y no ha admitido ningún daño en sus cascos o capacidades.
– En términos doctrinales, esto es relevante: Irán está probando la saturación con misiles y drones para, en teoría, alcanzar nodos navales de alto valor, pero la combinación de alerta temprana, defensa en capas y dispersión ha evitado hasta ahora un “momento Pearl Harbor” contra un portaaviones.
En síntesis, Irán ha mostrado que puede hacer “llegar metal” a los cielos del Golfo y dañar parcialmente instalaciones y quizá algunos nodos navales en tierra, pero no ha logrado todavía infligir un golpe estratégico duro (gran número de bajas, destrucción de bases clave o inutilización de un grupo de portaaviones), mientras que las pérdidas de aeronaves estadounidenses parecen deberse en buena medida al caos y la fricción propios de una campaña de alta intensidad.
La narrativa iraní añade una capa imprescindible pero confusa al cuadro militar de estos tres días de guerra, y conocerla es clave para entender cómo se está construyendo políticamente el conflicto, aun sabiendo que tanto Teherán como Washington/Tel Aviv operan bajo una lógica de propaganda intensa y relatos incompletos o abiertamente manipulados.
Desde el lado iraní, el eje del discurso es el de la “defensa sagrada” frente a una agresión existencial. La operación estadounidense–israelí se presenta como un intento coordinado de cambio de régimen y destrucción de la soberanía nacional, y las salvas de misiles y drones se describen como una respuesta “proporcionada, legítima y victoriosa”. En esta narrativa, cada impacto en bases del Golfo, cada vídeo de humo en una instalación militar o ciudad aliada de EEUU, y cada noticia de un avión estadounidense caído, se amplifica como prueba de la vulnerabilidad de la presencia norteamericana y de la eficacia disuasoria del eje de la resistencia. Los portavoces iraníes insisten en que han alcanzado “objetivos estratégicos” —bases clave, instalaciones energéticas, buques de guerra— y que “cientos” de soldados enemigos han resultado muertos o heridos; sin embargo, la mayor parte de estas cifras no viene acompañada de evidencias verificables y, en numerosos casos, contradice datos parciales publicados por fuentes aliadas o independientes.
Al mismo tiempo, Teherán construye una narrativa de continuidad operativa y cohesión interna: se minimiza el impacto de los ataques de decapitación sobre el liderazgo político–militar, se niegan daños profundos a infraestructuras críticas y se afirma que las capacidades misilísticas y la red de milicias aliadas siguen intactas y listas para nuevas rondas de represalias. En los medios internos, la imagen dominante es la de un Irán golpeado pero en pie, que ha logrado “romper el mito de la invulnerabilidad” de las bases estadounidenses y ha extendido el campo de batalla a todo el arco del Golfo y el Levante. La participación visible o potencial de Hezbollah, milicias iraquíes y sirias, y quizá los hutíes, se presenta como evidencia de una “unidad de los frentes” que obliga a Washington a dispersar fuerzas y que, según la versión iraní, estaría inclinando el equilibrio estratégico a medio plazo a favor del eje antiestadounidense.
Frente a esto, la narrativa estadounidense–israelí subraya justo lo contrario: que la mayoría de los misiles y drones iraníes han sido interceptados, que el daño en bases del Golfo es limitado y mayormente reparable, que las bajas propias son reducidas y que las pérdidas de aeronaves obedecen más al “estrés operacional” que a la eficacia de las defensas iraníes. La propaganda aliada tiende a presentar la campaña como un éxito casi quirúrgico, con una degradación severa de la infraestructura militar iraní y una respuesta enemiga ruidosa pero estratégicamente estéril.
En este contexto, es intelectual y metodológicamente honesto dejar claro en el informe que es extremadamente difícil, en tiempo real, establecer la fidelidad de ambos relatos. Los dos bandos seleccionan imágenes, cifras y episodios que refuerzan sus objetivos políticos: Irán necesita demostrar resistencia y capacidad de castigo para sostener su legitimidad interna y la moral de sus aliados; EEUU e Israel necesitan demostrar control, eficacia y bajas mínimas para mantener la cohesión de su coalición y su frente interno. El campo de batalla informativo —vídeos editados, comunicados militares, mensajes en redes, filtraciones interesadas— es ya un dominio más de la guerra, tan estructurado como el aéreo o el misilístico.
Por todo ello, para este artículo  especializado de Pressenza y el informe insertado, es necesario incorporar explícitamente la narrativa iraní (sus afirmaciones de daños a bases, derribos y ataques a buques, su insistencia en la continuidad de mando y capacidades, su discurso de guerra defensiva y de unidad de frentes), pero siempre acompañada de advertencias metodológicas claras: muchas de esas afirmaciones carecen por ahora de corroboración independiente, chocan con datos parciales de otras fuentes y hay un fuerte incentivo político en ambos lados para exagerar éxitos y minimizar vulnerabilidades. Integrar las narrativas en paralelo —no solo la occidental, sino también la iraní— permite captar cómo se concibe y se vende la guerra desde cada capital, pero obliga al analista a mantener un tono provisional, condicional y crítico, especificando cuándo se habla de hechos razonablemente verificados y cuándo de afirmaciones de parte aún no contrastadas.