La confirmación del asesinato del líder supremo iraní desató reacciones inmediatas en la capital iraquí. Mezquitas que apagaron sus luces antes de iluminarse en rojo, marchas hacia la embajada de Estados Unidos y un gobierno que intenta evitar que Irak vuelva a convertirse en campo de batalla regional.

La muerte de Alí Jamenei en medio de la guerra no quedó contenida dentro de las fronteras iraníes. En Bagdad, la noticia activó un reflejo político inmediato. Sectores sociales y grupos alineados con Teherán salieron a las calles en señal de duelo y advertencia, transformando la capital iraquí en uno de los primeros escenarios externos de reacción.

En barrios de mayoría chií, mezquitas apagaron sus luces tras conocerse la noticia y luego fueron iluminadas en rojo. La secuencia fue leída como gesto de luto y como mensaje de resistencia. En una región donde la simbología religiosa está entrelazada con la política, el gesto no fue neutro. El rojo remite al martirio, pero también a la continuidad de la lucha.

La tensión se concentró rápidamente en torno a la Zona Verde, el perímetro fortificado en el centro de Bagdad donde se ubica la embajada de Estados Unidos y edificios estratégicos del Estado iraquí. Cientos de jóvenes y hombres marcharon hacia los accesos del área, coreando consignas contra Washington. La embajada, más que un edificio diplomático, es percibida por muchos como el símbolo tangible de la influencia estadounidense en Irak desde 2003.

Las fuerzas de seguridad bloquearon los accesos y utilizaron gas lacrimógeno para dispersar a quienes intentaban aproximarse. Hubo lanzamiento de piedras y momentos de tensión, aunque sin que se produjera una ruptura del perímetro. El gobierno iraquí, consciente de la fragilidad del equilibrio interno, reiteró su rechazo a que el territorio nacional sea utilizado como plataforma de agresión y llamó a evitar que el país sea arrastrado a una guerra más amplia.

La reacción en Bagdad no implica desplazamientos desde Irán ni una movilización transfronteriza espontánea. Responde a la estructura política y religiosa interna de Irak. Amplios sectores chiíes mantienen vínculos históricos con la República Islámica, y diversas milicias y partidos políticos tienen lazos ideológicos con Teherán. Para ellos, el asesinato de Jamenei no es un hecho distante, sino un golpe contra el eje al que se sienten vinculados.

El episodio revela una realidad incómoda: Irak sigue siendo territorio bisagra en el conflicto regional. Cada escalada entre Washington y Teherán repercute en su capital. La Zona Verde funciona como punto de descarga simbólica cuando la tensión se dispara. No es casual que las marchas se dirijan allí. Es el lugar donde se materializa la presencia estadounidense.

Mientras la guerra continúa y las represalias se encadenan, Bagdad vuelve a experimentar el riesgo de quedar atrapada entre fuerzas mayores. Las luces rojas en las mezquitas y el humo frente a la Zona Verde son señales de que la muerte de Jamenei no es solo un acontecimiento iraní. Es un hecho que reconfigura la atmósfera política en un país vecino cuya estabilidad depende, en gran medida, de no convertirse otra vez en el escenario indirecto de una confrontación que no controla.