Manuel Cabieses no sólo fue el mejor periodista de Latinoamérica, que mantuvo viva e impresa la Revista Punto Final durante más de 50 años, desde 1965 hasta 2018, en que tuvo que cerrarla por falta de financiamiento, como casi todos los periódicos y revistas impresas del mundo.
Pero como he dicho, Manuel no fue sólo un periodista que comenzó escribiendo en Última Hora, La Gaceta, en El Siglo y que trabajó con don Clotario Blest. Fue también un luchador clandestino contra la dictadura en Chile. Lo formaron en el extranjero para esa lucha. Y tanto él como su esposa Flora Martínez, se fueron clandestinos a Chile en 1978 y permanecieron allí hasta 1989, más de 10 años, hasta que terminó la dictadura y pudieron volver a la legalidad.
Casi una década de vida clandestina con pistola al cinto. La praxis del periodismo y la revolución convergieron en su vida, en su coraje y en su pluma, dijo su editor, Juan Jorge Faúndez.
Manuel, como muchos de nosotros, sólo tenía amigos de izquierda, no había quien lo ayudara ni lo cobijara en esos tiempos. Lo recibieron las Urracas de Emaús, que son comunidades de vida y trabajo solidario, que se dedican a la recogida y venta de objetos usados a bajo costo para ayudar a personas desfavorecidas. Allí se pudieron refugiar Manuel y Flora el primer tiempo. ¡Gracias, Urracas de Emaús!
Flora sí que conocía a otra gente, porque había trabajado como enfermera en un consultorio popular, y eso les sirvió mucho.
Él decía que les había ayudado mucho en la clandestinidad, ser una pareja de cierta edad, no jovencitos inexpertos y vulnerables, que la mayoría de ellos cayeron asesinados por la dictadura.
Lo que hicieron Manuel y Flora en todos esos años, no lo explicó en detalle, porque parece que no es conveniente, pero se sabe que ayudaban a sacar el periódico del MIR y muchas cosas más. Que pasaron muchos momentos de gran peligro, por ejemplo cuando les allanaron su vivienda donde tenían muchas armas ocultas, por suerte los policías no las encontraron. Entonces Manuel y Flora tuvieron que cambiar de casa, tomar micros (así se llaman los autobuses en Chile) llevando las armas en vulgares sacos, que los veía todo el mundo.
Yo creo que su valentía y su audacia fue lo que los salvó. Nadie en esos momentos en una micro santiaguina, iba a suponer que esos sacos estaban repletos de armas largas.
Lo que hicieron quizás lo sepan con más detalles sus hijos. Pero en todo caso, demostraron un coraje y una consecuencia revolucionaria inigualables.
COMPAÑERO MANUEL CABIESES, EN CHILE Y EN AMÉRICA LATINA, TU EJEMPLO ES IMBORRABLE













