El 17 de febrero de 2026 se publica Et la joie de vivre, las memorias de Gisèle Pelicot. En español aparece como Un himno a la vida y en inglés como A Hymn to Life: Shame Has to Change Sides. En el centro del lanzamiento no hay marketing ni espectáculo: hay una mujer que se niega a ser reducida a la violencia que sufrió.
La violencia sexual no solo destruye cuerpos; intenta confiscar identidades. Intenta convertir a quien sobrevive en un expediente, en una etiqueta, en un símbolo inmóvil. Contra esa lógica se levanta el libro de Gisèle Pelicot. Publicar Et la joie de vivre no es una estrategia editorial: es una forma de impedir que la historia de su vida quede escrita únicamente por el delito.
Durante el proceso judicial, su nombre fue pronunciado miles de veces. Pero ahora es ella quien pronuncia su nombre. “Durante todo el proceso, me calificaron de víctima. Hoy ya no quiero ese estatus”, ha declarado con motivo del lanzamiento. Esa frase no niega el daño; delimita su alcance. El daño ocurrió. No la define.
Et la joie de vivre, publicado en francés por Flammarion y escrito junto a la novelista Judith Perrignon, reconstruye la biografía completa de Pelicot: la infancia, la vida familiar, los años previos al descubrimiento de los abusos y el momento en que todo se fractura. La edición en inglés, A Hymn to Life: Shame Has to Change Sides, publicada por Penguin Press, explicita el principio ético que la autora defendió durante el juicio: la vergüenza no debe recaer sobre quien sobrevive. En español, Un himno a la vida. Mi historia, editado por Lumen, subraya el gesto central: mi historia, no el relato impuesto por otros.
En entrevistas concedidas a medios europeos el día del lanzamiento, Pelicot ha explicado que no fue ella quien buscó escribir el libro; fueron las editoriales quienes se acercaron a ella. Dudó antes de aceptar. Finalmente comprendió que poner su experiencia en palabras podía ser útil para otras personas que cargan con silencios y culpas que no les pertenecen. También ha insistido en que no desea convertirse en icono ni en símbolo permanente del sufrimiento. Quiere vivir.
La crítica internacional ha leído el libro como algo más que una memoria judicial. Reseñas en la prensa anglosajona subrayan que el texto evita el sensacionalismo y se distancia del guion social que espera de las sobrevivientes una narrativa estandarizada de colapso o superación heroica. The Irish Times destaca que la obra cuestiona la idea de “víctima aceptable”, mientras que Kirkus Reviews la describe como valiente y profundamente conmovedora. No es un libro que busque conmiseración; busca lucidez.
Pero el núcleo de este lanzamiento no está en la crítica ni en el mercado editorial. Está en una decisión íntima: enfrentarse a la propia historia sin negarla y sin quedar atrapada en ella. La resiliencia, en este contexto, no es una palabra vacía ni una consigna optimista. Es un trabajo interior complejo, que exige honestidad radical. No se trata de olvidar, sino de integrar lo ocurrido en una biografía más amplia, donde el trauma no absorbe la totalidad del sentido.
La honestidad frente a la propia vida implica mirar de frente lo insoportable sin convertirlo en identidad absoluta. Implica aceptar la fractura y, al mismo tiempo, negarse a ser definida únicamente por ella. En el caso de Pelicot, esa honestidad se traduce en un gesto público: hablar, escribir, nombrar. No para revivir el horror, sino para situarlo en su lugar exacto.
Et la joie de vivre no es un título ingenuo. Es una afirmación consciente de que la alegría —o al menos la posibilidad de una vida digna— no desaparece para siempre, aunque quede herida. La resiliencia, entendida así, no es resistencia pasiva, sino reconstrucción activa. Es la capacidad de reescribir la propia narrativa cuando otros intentaron fijarla.
En un tiempo donde la exposición mediática suele devorar a quienes atraviesan tragedias públicas, el libro de Gisèle Pelicot representa un acto inverso: recuperar la palabra para que la identidad no sea dictada por el crimen. Ese es el verdadero sentido de este lanzamiento. No la crónica del daño, sino la restitución de la voz.













