Cuando alguien presenta todos los síntomas de una enfermedad, lo sensato no es agravarla, sino tratar de curarla. La atención sanitaria en Estados Unidos, desde luego, la podemos ya dar por descarrilada, sin duda, pero pensemos en esa otra dolencia: el gasto militar.
¿Cuáles son algunos de los síntomas que hemos padecido últimamente? Guerras, bombardeos, amenazas de guerra, secuestros de jefes de Estado extranjeros, suministro de armas a genocidios lejanos, intentos de dominar o controlar países, odio, resentimiento, terrorismo, veteranos mutilados, policía militarizada, cultura militarizada, fronteras militarizadas, ocupaciones militarizadas de ciudades estadounidenses por matones encapuchados que pueden dispararte en la cara, erosión del Estado de derecho, degradación moral, devastación ambiental, crisis masivas de sinhogarismo y de refugiados, peligro para la seguridad ciudadana, empobrecimiento, pérdida de libertades civiles, aumento de la intolerancia y la xenofobia, obstáculos insalvables para una cooperación internacional urgente y el riesgo más grave jamás conocido de apocalipsis nuclear.
Y lo que hemos perdido por no destinar siquiera una fracción del billonario presupuesto militar a cosas útiles ha causado más muertes y más daños que los causados directamente por el militarismo y su máquina de guerra. Gastar en guerras significa no gastar en medio ambiente, educación, sanidad, vivienda, transporte, infraestructuras; y eso se traduce en muerte y dolor a gran escala.
El gobierno de Estados Unidos es, con diferencia, el que más dinero del mundo dedica a su ejército. Incluso el ICE, su fuerza paramilitar interna, cuesta más que las fuerzas armadas de la mayoría de los países. Añadir otro medio billón al presupuesto militar anual, que que ya ronda el billón de dólares, es ya una locura indescriptible. Ya de por sí, el gasto por habitante del gobierno estadounidense en su maquinaria de guerra solo es superado por Israel, cuya maquinaria, por cierto, está fuertemente subvencionada por el propio Estados Unidos. Sin embargo, esta última y desquiciada propuesta de Washington disparará tanto el gasto militar total de EE.UU. como su gasto per cápita muy por encima de cualquier escala imaginable en laque pudiera aparecer el resto del mundo. Y esto a pesar de que el gasto militar estadounidense se utiliza para presionar a todo tipo de gobiernos para que también aumenten el suyo. Los productos de los beneficiarios de esta industria suelen encontrarse en ambos bandos de cualquier conflicto.
De hecho, la ridícula moda actual de medir el gasto militar como porcentaje del PIB es un intento de buscar una medida que haga parecer razonable el dispendio bélico de EE.UU. Razonable, eso sí, solo para quien haya aceptado ciegamente la idea de que maximizar el gasto militar sin límite es una suerte de servicio público, una empresa filantrópica, y no una enfermedad.
Si empobrecer a las generaciones futuras, condenarlas a una catástrofe ambiental y educarlas para generar conflictos y ver la violencia exacerbada como solución a los conflictos no es una enfermedad, ¿qué lo es?
Que cualquier miembro del Congreso de Estados Unidos no haga todo lo posible por impedir el gasto de un solo céntimo más en la llamada “seguridad nacional” dirigida contra el propio país, o en el ejército orientado contra el otro 96 % de la humanidad, constituye hoy una de las omisiones más inmorales imaginables.













