Nos quedamos en silencio por un instante con la mirada puesta en donde ya no se veía nada. La noche cayó sobre la enorme masa de agua y desde el balcón de la casa de mi mejor amiga tomando un vino, juntas, compartimos el asombro por esa oscuridad, por la oscuridad. Durante los días siguientes caminando por la playa me pregunté por la duración del atardecer que es largo y sabe anticiparse bien antes de consumarse. Pensé en las dos orillas del mismo sol, una que se asoma de un lado del mundo llevando el amanecer, que es rápido, casi instantáneo como si prendiera la luz del techo en un lugar que estaba completamente oscuro, y la otra orilla, la del atardecer, que se va pausada y parsimoniosa, como quien se despide lentamente de una fiesta de la que no quiere irse. Las puestas de sol son más largas que los amaneceres porque sabe, el luminario, que entrega su corona, que deja su reinado.

Pienso en la oscuridad y en la conversación que tenemos pendiente, ella y yo, desde mi infancia. Pienso en el enorme poder que tiene, es fría, es húmeda y es la condición primera, el verdadero inicio de todas las cosas. Dios creó la luz porque ya existía y lo antecedió —incluso a él— la oscuridad, probablemente ella sea la madre, y negra, que lo parió. En la oscuridad de los úteros de las hembras se inicia la vida por eso al momento del parto se le llama “alumbramiento”. Las semillas se entierran en la oscuridad, los cuerpos sin vida también, inician nuestras vidas en ese espacio sin luz y al término de ellas es a ese mismo lugar al que vamos a parar. Nuestros cuerpos por dentro son oscuros y por eso conocemos la vida a través de sus orificios.

Oscurecemos los espacios, usamos blackout y antifaces para evitar la luz al descansar, sin oscuridad no hay descanso. Los felinos pueden ver en la oscuridad, debe ser, también por eso, su enorme y tremenda dignidad. Pienso en la oscuridad de los párpados que nos protegen de lo que no queremos ver, cerrar los ojos ante lo que duele o vulnera, la oscuridad como refugio. Me pregunto cómo será la oscuridad de los mundos de las personas ciegas y en cómo los alumbran gracias a sus otros sentidos. Reconozco casi como rezando la importancia del cielo nocturno para crear sistemas de creencias y mecanismos eficientes que nos han enseñado a ubicarnos en todos los tiempos en todos los años.

La oscuridad y la curiosidad son primas hermanas no solo porque comparten las mismas letras, sino también la misma pulsión de vida. La oscuridad precede al descubrimiento y al hecho de darse cuenta de algo. Me acompaña hace años la imagen del interior de un avión en medio de un larguísimo viaje sobre la negrura de un océano, en la hora en la que todos dormían. A la oscuridad total del sueño colectivo la rompió la luz de mi asiento en el que al mismo tiempo yo leía uno de los magníficos momentos de la literatura universal, el que ocurre cuando el ser creado por el doctor Victor Frankenstein aprende a hacer fuego después de que su creador lo abandona y rompe, así, una oscuridad de tantas. Me pregunto si la oscuridad es una gran constante o una secuencia de oscuridades que se siguen unas a otras.

La oscuridad tiene mala prensa y desde la exitosa industria de la culpa judeocristiana le han asignado ser el reino de lo femenino y de lo indómito. El día tiene 24 horas incluida la noche pero a ella la han diferenciado porque ocurre cuando el día se oscurece, es un sustantivo femenino, la noche y su oscuridad son sinónimo de mujer. Entonces pienso en el temor que produce la oscuridad y en los acontecimientos de la oscuridad propia, en todo lo que ocurre mientras dormimos y soñamos: fue durante el profundo sueño de Adán que Dios le extrajo una costilla para crear a Eva.

La noche despliega su montón de luces y lucecitas que tienen un poder del cual el sol carece: no encandilan y pueden mirarse de frente, son observadas y admiradas. Me gusta desde la costa, desde cualquier costa chocar de frente con esa oscuridad total, con mi amiga estuvimos mirando y contemplando juntas y de frente a la vida y a la oscuridad desde su balcón, y entendí que sólo siendo consciente de la oscuridad se reconoce la importancia vital que tiene la existencia de los faros y pensé en que justamente eso es la amistad y eso es Catalina, un faro, el mío.