por Esteban Medina

El 7 de febrero un intento de encerrona en la comuna de Quilicura abrió un notable debate público sobre la seguridad en el país. El caso adquirió especial notoriedad cuando la víctima, al intentar huir de sus agresores, atropelló a uno de ellos, hecho que quedó registrado en la cámara de vídeo del automóvil y se viralizó en las redes y noticieros. Días después comenzó a circular en la plataforma X una supuesta declaración del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) criticando a la víctima por su actuar. La cita resultó ser falsa, pero ya había sido ampliamente difundida y utilizada para cuestionar a la institución.

Lo ocurrido con esta noticia falsa (fake news) nos invita a preguntarnos: ¿cómo logra instalarse una mentira con tanta facilidad en el debate público? Bastó un titular en el medio Diario del Sur para que una declaración inexistente se transformara en indignación, crítica y juicio político. La rectificación llegó después. Mucho más tarde.

Diversas figuras públicas compartieron la información sin verificarla. Cuando el propio INDH desmintió la supuesta declaración algunos ofrecieron disculpas, otros matizaron sus excusas (Gabriel Alemparte, abogado y político), justificaron (Johannes Kaiser, excandidato presidencial) o guardaron silencio (Leandro Kunstmann, diputado Republicano). El ciclo ya es conocido: viralización inmediata, corrección tardía y memoria colectiva frágil.

Pero el problema no termina en quienes tienen mayor visibilidad. Sería demasiado cómodo reducir el fenómeno a errores individuales de políticos o comunicadores. Lo ocurrido es síntoma de algo más profundo: habitamos una cultura donde la información que confirma nuestras sospechas circula sin resistencia, mientras que aquella que nos obliga a revisar nuestras convicciones despierta incomodidad.

No es la primera vez que videos fuera de contexto, frases incompletas o capturas manipuladas dañan el debate público. Cada cierto tiempo una narrativa falsa se instala con fuerza, especialmente cuando toca fibras sensibles como la seguridad o los derechos humanos. Y aunque luego se desmienta, el daño no desaparece del todo, la duda persiste, la sospecha se sedimenta, la desconfianza crece.

Sin embargo, hay un aspecto del que se habla poco: el silencio cómplice. En redes sociales las correcciones suelen provenir del adversario político. Son pocos quienes dentro de su propio sector se atreven a decir “esto no es verdad”. Si alguien cercano comparte una noticia falsa que perjudica al bando contrario, la reacción habitual no es corregir sino dejar pasar. No incomodar, no exponerse, no quedar como desleal.

Ahí es donde la responsabilidad deja de ser individual y se vuelve colectiva. Las noticias falsas no prosperan solo porque existan creadores de desinformación, sino porque existe un entorno que las tolera cuando resultan funcionales o convenientes. El problema no es únicamente la mentira deliberada, sino la renuncia cotidiana a la honestidad intelectual y al mínimo rigor que exige la convivencia democrática.

Combatir la desinformación no es una tarea exclusiva de periodistas, plataformas digitales o instituciones públicas. Es, ante todo, una práctica cívica. Implica verificar antes de compartir, rectificar sin excusas cuando nos equivocamos y, sobre todo, tener el coraje de contradecir a quienes piensan como nosotros cuando difunden algo falso.

La verdad no puede depender de la conveniencia política. Si solo defendemos la exactitud cuando favorece a nuestro sector, entonces no estamos defendiendo la verdad, sino nuestra pertenencia al grupo. Y una democracia sostenida sobre identidades cerradas y relatos convenientes termina erosionando la confianza que la mantiene viva.

Quizás el desafío no sea únicamente frenar las noticias falsas, sino reconstruir una ética del diálogo y de la responsabilidad compartida. Una en la que corregir al amigo no sea traición, sino coherencia. Porque una sociedad no se degrada solo cuando circula una mentira. Se degrada cuando dejamos de sentirnos obligados a ponerle freno, incluso y especialmente cuando esa mentira nos favorece.