En la Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada entre el 13 y el 15 de febrero de 2026, Washington reafirmó su compromiso con la OTAN y el “orden global”. Pero detrás de las declaraciones diplomáticas se despliega una tensión estructural: la dependencia militar europea, la presión rusa como justificación de rearme y la dificultad de construir una autonomía estratégica real en un continente políticamente fragmentado.
Estados Unidos aseguró en Múnich que no busca desmontar la OTAN ni debilitar el orden internacional. La afirmación, pronunciada como respuesta a inquietudes europeas durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero de 2026, revela más de lo que aparenta. Nadie reafirma aquello que no está en cuestión. El hecho mismo de que la lealtad estadounidense a la arquitectura atlántica deba ser ratificada públicamente indica un momento de fisura, no de estabilidad.
La Conferencia de Seguridad de Múnich volvió a funcionar como termómetro del sistema occidental. Allí convergieron tres debates que atraviesan el continente: la dependencia estructural de Europa respecto del paraguas militar estadounidense, la presión de Rusia como catalizador de rearme, y la fragilidad política interna de varios Estados miembros.
La OTAN como arquitectura de poder
La OTAN no es simplemente una alianza defensiva. Es la columna vertebral del orden atlántico surgido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado durante la Guerra Fría. Su permanencia después de la caída de la Unión Soviética no fue un accidente histórico, sino una decisión estratégica: mantener la primacía estadounidense en la seguridad europea.
Desde una perspectiva crítica, la pregunta central no es si Estados Unidos quiere preservar la OTAN, sino qué significa esa preservación. Mantener la alianza implica mantener la estructura jerárquica que la sustenta. Europa depende de capacidades militares, inteligencia y logística estadounidenses en una magnitud que limita su autonomía real.
Esa dependencia no es abstracta. En los últimos años, Washington ha presionado sistemáticamente a los miembros europeos para aumentar su gasto en defensa hasta el 2% o más del PIB, bajo el argumento de compartir cargas. En la práctica, una parte sustantiva de ese aumento se canaliza hacia la compra de sistemas de armas producidos por la industria militar estadounidense: aviones de combate, sistemas de defensa antimisiles, tecnología de vigilancia y municiones. El rearme europeo se convierte así en motor de la industria armamentística transnacional, con fuerte peso de corporaciones estadounidenses.
Cuando Washington afirma que no pretende debilitar el orden global, está defendiendo un orden cuya arquitectura normativa y militar ha sido diseñada bajo liderazgo estadounidense. La estabilidad que promete es la estabilidad de ese diseño. Y ese diseño incluye un complejo industrial-militar cuya influencia en la toma de decisiones estratégicas occidentales no es marginal, sino estructural.
El espejismo de la autonomía estratégica europea
En Múnich reapareció el viejo debate sobre la “autonomía estratégica” europea. Francia insiste desde hace años en la necesidad de una capacidad militar propia que no dependa exclusivamente de Estados Unidos. Alemania oscila entre pragmatismo económico y compromiso atlántico. Países del este europeo, más expuestos a Rusia, prefieren una OTAN fuerte bajo dirección estadounidense antes que experimentos de independencia.
La guerra en Ucrania reforzó esta contradicción. Por un lado, justificó incrementos presupuestarios históricos en defensa y revitalizó la cohesión atlántica. Por otro, evidenció la incapacidad europea de sostener un conflicto prolongado sin apoyo logístico y armamentístico de Washington.
Al mismo tiempo, la narrativa de una amenaza rusa inminente y expansiva se consolidó como eje central del discurso de seguridad occidental. Sin negar la agresión rusa en Ucrania, es necesario observar cómo esa narrativa opera también como legitimación permanente del aumento del gasto militar y de contratos multimillonarios para fabricantes de armas. La guerra en Ucrania ha significado un negocio excepcional para la industria armamentística, especialmente en Estados Unidos, donde las empresas del sector han visto incrementos sustanciales en pedidos, exportaciones y cotizaciones bursátiles.
La presión rusa funciona como elemento cohesionador, pero también como mecanismo de disciplinamiento. Bajo amenaza externa, las discusiones sobre autonomía tienden a postergarse. La seguridad inmediata desplaza la reflexión estratégica de largo plazo, mientras el flujo de contratos militares consolida intereses económicos que tienden a perpetuar el ciclo de militarización.
Portugal y las fisuras internas
Los debates en Múnich no se limitan al eje Washington-Moscú. Las tensiones internas en varios países europeos, como Portugal, revelan otro problema: la política doméstica condiciona la proyección exterior.
En un contexto de polarización, austeridad económica y ascenso de fuerzas conservadoras o nacionalistas, la política de defensa se convierte en terreno de disputa. El aumento del gasto militar compite con demandas sociales en sociedades marcadas por inflación, crisis energética y fatiga política.
La OTAN exige cohesión presupuestaria y compromiso estratégico. Las democracias europeas enfrentan electorados cada vez más fragmentados y críticos de la militarización prolongada. Esa brecha entre exigencia geopolítica y legitimidad social es un punto vulnerable del proyecto atlántico.
Rusia como antagonista estructural
El discurso occidental presenta a Rusia como amenaza directa al orden europeo. Sin minimizar la gravedad del conflicto ucraniano, es necesario señalar que la expansión progresiva de la OTAN hacia el este fue percibida por Moscú como cerco estratégico. La seguridad europea se construyó sobre un equilibrio asimétrico que ignoró durante años la dimensión de seguridad rusa.
La consecuencia es un ciclo de acción y reacción que refuerza la lógica militar. Cada ampliación, cada despliegue, cada sanción, genera una respuesta. El resultado es una Europa cada vez más armada y menos autónoma.
La construcción de Rusia como amenaza permanente no solo responde a dinámicas de seguridad objetiva, sino también a una matriz discursiva que consolida consensos internos en Occidente y legitima presupuestos crecientes para defensa. En ese marco, la industria armamentística no es un actor pasivo, sino un beneficiario directo de la prolongación de la confrontación.
El costo político del alineamiento
Desde una perspectiva de izquierda crítica, la cuestión de fondo no es solo geopolítica, sino democrática. ¿Puede Europa construir un proyecto político propio mientras su seguridad depende estructuralmente de otro actor? ¿Es posible hablar de soberanía plena cuando las decisiones estratégicas fundamentales se coordinan fuera del continente y, además, están atravesadas por intereses industriales y financieros vinculados al complejo militar?
La subordinación militar no es necesariamente sumisión política automática, pero limita el margen de maniobra. En un mundo multipolar emergente, Europa enfrenta el dilema de seguir siendo pilar del bloque atlántico o intentar una arquitectura más equilibrada que incluya diálogo estructural con el Sur Global y reconfiguración de su relación con Estados Unidos.
En suma, la declaración estadounidense en Múnich no despeja incertidumbres; las confirma. Europa sigue atrapada entre la tutela y la autonomía. La OTAN se fortalece, pero su fortalecimiento profundiza la dependencia económica y militar.
El continente se rearma mientras debate su identidad estratégica. Rusia funciona como amenaza real y, al mismo tiempo, como argumento legitimador de un orden que no admite cuestionamientos profundos y que alimenta un complejo industrial-militar con intereses consolidados.
La pregunta no es si Washington desmontará la OTAN. La pregunta es si Europa puede imaginar una seguridad que no esté estructuralmente subordinada a ella ni capturada por la lógica permanente de la militarización.
En un escenario global donde el Sur Global reclama mayor pluralidad de poder, Europa corre el riesgo de quedar fijada a una arquitectura del pasado. Y un orden que no se transforma termina por endurecerse hasta volverse frágil.













